Incongruencias de la razón.

Sueño. Calles desplumadas por el tren que no llegó. Caos. Todo es un inmenso caos; septiembre es devorado del almanaque y octubre hace fuerzas para mantenerse en pie. Triste liviandad de un invierno marchito y una primavera barroca. Traspaso vano de uno a otro. Y la congoja parece alternarse arbitrariamente entre los minutos, plantando banderas de confusas inscripciones, con cierta tendencia al despilfarro de pensamientos y al derroche de interés, pero absolutamente hipnóticas. Y los septiembres se rinden y los octubres perecen. Resignación en un suelo insufrible y un cielo inalcanzable.
Enorme, enorme cielo. Tan amplio y libre en apariencia, tan fronterizo en detalle. Cielo aduanero. Maldito cielo.
Despierto. Y el fuego aguarda hocicudo a la orilla de la chimenea, esperando algún febrero entre tanto septiembre y octubre. Mientras el humo de aquellos sueños se estira como liviano algodón, enhebrando fantasías multicolores de muchas fuerzas y pocas probabilidades -estadísticas, todo se limita a ellas: improbabilidades de probabilidades probables. ¿Cuántas probabilidades convierte a algo en una verdad?-. Y la piel se eriza cuando la última fantasía enhebrada la roza, en ese humo suave que desaparece en el torbellino de la respiración. Como la luz, que se esconde detrás de su invisibilidad y sólo se deja ver en el cuerpo de otro.
Ingresa por la ventana un importante caudal de luz, pero no lo veo. Sé que sucede porque los objetos se iluminan, pero no tengo más prueba que mi estúpida lógica racional. Agudizo mi visión y descubro pequeñas partículas de polvo flotando en el aire que delatan la forma del rayo de luz. Pero sólo veo el disfraz de lo invisible, la coraza de lo inexistente. Resulta familiar ese sentimiento.
Sueño. Las nubes de formas grotescas se pegan unas a otras. Es imposible predecir sus movimientos, parecen ser jaladas de uno y otro lado con la misma fuerza y entusiasmo. Y el tiempo, incapaz de sucederse con cordura, decide aniquilar los meses. Rara vez se resucita a sí mismo en el pasado. Rara vez afronta su incapacidad de detención. Omnipotente él. Imperfecto como la distancia. Inquebrantables los dos, invencibles juntos.
La espera huele a desesperación. Los recuerdos de las palabras comienzan a tener vacíos enormes y silencios atroces. Las imágenes se borronean en la memoria. Las fantasías no suplantan esa forma tan humana de extrañar. La ausencia es hermana del olvido.
Despierto.

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Birmania libre.


(A pesar de que no es normal que en este blog se hagan menciones a este tipo de situación, la realidad y mi condición de blogger me empujan a formar parte de este pedido unánime de todo el mundo blog. Más información aquí.)



Sobre la conciencia aguarda el arrepentimiento, con una rara mezcla de incertidumbre por lo que pudo ser y no fue, y de un olvido plural, que ni siquiera puede consumarse. Ambos habían armado poderosas armaduras para defender al otro sin que el otro pidiera ser defendido, ambos habían impuesto escudos invisibles, más impenetrables que la mismísima roca; porque los dos habían usado la mentira como defensa. Llueve. Llueve torrencialmente.
El frío, mientras aplaca con ímpetu los ánimos, se extiende invisible y feroz. Las calles han comenzado a inundarse como ríos del subdesarrollo, que crecen encerrados por acantilados de hormigón y vidrio. La gente ha desaparecido. Toda. Y en el aire un débil aroma se percibe casi inapreciable, pero que se esmera por llamar la atención de los nadies que estaban antes de la lluvia, y ya no. Dolor. Profundo dolor.
Su ropa se impregna con la nicotina de los suspiros grises, mientras la luz escueta se esfuerza por esquivar los humos del tabaco, con menos vanidad de la necesaria, en la habitación semi oscura. Sus manos aún laten temblorosas, tanto que el cigarrillo que descansa entre el dedo índice y mayor flamea como una bandera enfervorizada. Engañó y fue engañado. Le mintió al igual que ella. No hay amor, se dijeron. No hay nada. Más lluvia. Aún más agua cae del cielo.
La avenida es ahora un manto de agua que corre veloz, apenas cortado por postes equívocos y vehículos que hacen fuerza para amarrarse al piso para el que nacieron. Pero el agua empuja prepotente, llevándose todo consigo, como un gigante que barre de un soplo la suciedad, los pecados. Todo. Cuánta pena. Cuánta tristeza.
Un viejo disco de vinilo gira perezoso, la púa acaricia cada nota de Beethoven y luego la lanza con timidez; pero ellas, encantadas por el silencio total, crecen hasta transformarse en un enorme y pequeño concierto. Él ignora todo, aunque no a ella. Pero había demasiadas cosas qué perder, matrimonio e hijos por ambas partes. Sólo quiso cuidarla, piensa. Y ella a él. La cerveza, en reposo dentro del vaso ignorado, ha empezado a transformar su gusto en orín, y el cigarro se consume por su propia voluntad. Las decisiones pesan. Y el cielo inunda, y la tierra se cubre.
Las hojas del moribundo verano no resisten los atroces y continuos golpes que les propinan las inmensas gotas de lluvia y caen rendidas; algunas llegan al piso líquido, para ser llevadas hasta quién sabe dónde, y otras son empujadas en el aire y estampadas en paredes, automóviles o cualquier otro objeto. Es un diluvio de agua y hojas. De lágrimas y pecados. Llueve afuera. Adentro el tiempo no está mejor.
Los quebrachos enrojecidos de la estufa hogar comienzan a paliar su calor detrás de un incipiente gris ceniza, y la tímida esfera de luz se reduce notablemente acentuando el ambiente penumbroso. Sus ojos perdidos en pensamientos borroneados buscan, de pronto, dónde aquietarse. Hay en sus movimientos una especie de cansancio o pesadez, como si faltara motivación en cada una de sus esporádicas acciones. Es el corazón; siente decir dentro de sí; que duele, que muere. Se va, ella se va. Los caminos se bifurcan, ellos así lo decidieron. No hay vuelta atrás: es la eterna lucha entre el querer y el deber.
El cielo, allá a lo alto, continúa deshidratándose; restan pocos minutos más de lluvia. Muy pocos. Y acá debajo los ríos urbanos parecen haber encontrado con éxito su cauce y lentamente han ido menguando en altura, tal vez favorecidos por el aumento de velocidad de su caudal. A medida que el agua desciende puede observarse una devastación importante; todo ha sido corrido unos metros. Incluso hay cosas que ya no están; como el poste de contramano, o el cartel que prohíbe doblar en U. Ya nadie prohíbe tomar otra ruta, volver sobre sus pasos. El clima está a punto de quebrarse.
El último trozo de quebracho decide, finalmente, apagarse y morir. Beethoven sigue extendiéndose con liviandad, mientras la luz de mala calidad de la lámpara aún no logra traspasar ilesa el ambiente lleno de tabaco. El cigarrillo de su mano ya se ha apagado indiferente, pero no puede dejar de flamear. Sus ojos van y vienen pero con más lentitud que antes; él lo sabe y ya no lo resiste. Duele. Ella no está. Sus ojos se cierran, caen como pesados telones. Y el clima termina de quebrarse. Los párpados cerrados se hinchan y tratan de esforzarse para contener el derramamiento de penas. El cuerpo se enfría y suda a la vez. Hay una decisión que tomar, el cartel de contramano ya no está, tampoco el que prohíbe doblar en U. El cigarrillo es soltado, sus ojos se abren y se derriten sobre sus mejillas. De un salto se pone de pie y sale.
Hacía unos segundos que la lluvia había mermado.

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Así.



Rendido sobre la cubierta de mis propios sueños, y sin poder dejar de vacilar entre la línea que lo separa todo; jugando y perdiendo a la vez, corriendo detrás de los instantes, escapando y volviendo; oyendo las voces que dicen lo que deben callar, diciendo sinsentidos, callando lo que debería decir; aparcando en rincones abstractos, rozándole el hombro a la dama de negro, riendo sin razón; congeniando con lo que soy, ahuyentado por lo que debería ser, feliz por lo que no seré; perdido, encontrado, allá y acá; redimido durante las noches de luces parpadeantes, completamente seguro en los días binarios, indeciso en amaneceres y ocasos; débil cuando golpea la nostalgia, invencible cuando todo está perdido, fracasado cuando acecha el éxito; pensante de los segundos banales, preocupado por los tiempos que aún no corren, visceral y equivocado casi siempre; sobrevivido desde hace tiempo, muriendo desde hace poco, y viviendo durante cada segundo; olfateando el aroma del invisible destino, hallando explicaciones que no existen, aceptando la presencia del misterio de lo inevitable; despertando por contrariedad, durmiendo porque no queda otra, soñando en cada parpadear; distante con los silencios, lejano con las palabras, irreal en la mente de otros; mentira, engaño, y algo más; valiente en la derrota, perdido en el triunfo, auténtico en la mediocridad; desapareciendo, ya extinto, volviendo; contigo, sin ti, conmigo; así, sólo así... y nada más.

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Pudo haber sido yo.

Hoy, sin ninguna razón en particular y en un segundo de absoluta tranquilidad, recordé un acontecimiento que hacía mucho no recordaba y que, sin embargo, siempre se mantiene latente, indeleble a lo largo de los años; tal vez porque ese suceso estuvo cargado de misterio y preguntas o, tal vez, porque lo que pasó esa noche fue un quiebre para que el destino se abra paso hasta el hoy.
Hacía poco que había cumplido los treinta años, lo recuerdo porque no hubo festejos para ese aniversario; estaba atravesando una profunda crisis, sentía que los años se estaban acumulando sobre mis espaldas mientras se comenzaba a percibir el aroma del envejecimiento. Y todo ese pesar me encontraba absolutamente solo, habitando una vida desabrida y de tonos más bien grises que se habían esculpido en mi rostro incesantemente, colocando gestos lastimosos en mi cara. Y aunque nunca fui de esos tipos que acumulan amigos a cada paso, mi mirada de perro abandonado causaba cierta piedad y la gente se me acercaba invitándome a fiestas y acontecimientos sociales a los que rara vez asistía. Así fue como logré la invitación para la fiesta que organizaría el matrimonio Floria en su casa.
No planeaba ir al festejo, pero sufrí un imprevisto; esa mañana había olvidado pagar la tarifa de la luz y me habían cortado la electricidad, por lo que me parecía muy poco tentador quedarme en mi casa a oscuras. Como suele sucederme aún hoy, esa noche llegué temprano, casi media hora antes del horario pautado y, como era de esperar, aún había muy pocos asistentes en la fiesta.
Entré al inmenso y lujoso caserón y recorrí el espacio con una mirada rápida notando que no conocía a nadie y, para colmo, ni siquiera el matrimonio Floria me caía lo suficientemente bien como para entablar una conversación con ellos. Entre excusas, escapé al cuarto de baño, en el primer piso de la casa, donde maté el tiempo haciendo nada, esperando encontrar, al bajar, más invitados que se llevaran toda la atención para que mi presencia pasara inadvertida. Haber aspirado mis últimos gramos de cocaína en el baño pudo haber sido, tal vez, el principio del después. Aunque nunca lo sabré con certeza.
Recién había comenzado a descender la escalera encorvada cuando tuve el primer escalofrío; sentí el reflejo de un perfume dulce y delicado como la miel que, indudablemente, provenía del cuerpo de una mujer que debía ser tan dulce y delicada como el aroma que desprendía su piel. Escapé del último escalón guiado por mi olfato, y recorrí el salón tratando de adivinar el aroma de la miel entre tantos perfumes ordinarios que se mezclaban en el gentío que, ahora sí, había colmado el lugar. Pero mi olfato no estaba tan entrenado y me rendí velozmente atraído por la barra de licores.
Después del sexto o séptimo tequila tuve el segundo escalofrío; mis ojos se elevaron controlados por la miel que llegaba a mi nariz, y entonces pude descubrir el origen de todo cuando quedé absolutamente maravillado por la imagen corpórea de ese aroma. Ella tenía alrededor de veinticinco años, y la suavidad y la belleza del terciopelo. De tez clara, una nariz tímidamente esculpida y ojos almendrados, tan negros como la noche, encuadrados en largas pestañas que hacían de su mirada un sinfín de misterios por resolver. Sus labios eran finos pero bien marcados y su pelo encantador; negro y lacio, caía sedoso y danzante por sobre sus hombros. Pero tal vez lo más increíble era su forma de bailar, su misticismo; esa alegría desbordada y totalmente despreocupada, esa forma asimétrica de encajar entre el mundillo de la clase alta. Parecía estar rodeada de un velo mágico que le daba luz propia, tanto que alrededor de ella se hizo un hueco, como si su luminiscencia fuera tan fuerte que nadie podía acercarse. Era perfecta, incluso para ignorar su perfección. Con ese gesto despreocupado continuaba bailando sola, en medio de todos, soltando sonrisas pintorescas al aire, dejando que sus cabellos flotaran ingrávidos y que sus ojos descuartizaran la luz en millones de brillos. Y con ese vestido blanco de delicado corte la imaginé como un jazmín en medio de la oscuridad, y sus piernas como pétalos distraídos, y cada sonrisa como una lágrima absorta.
Y yo allí, a tres metros, a mil kilómetros, tan cerca y tan lejos, contemplándola, absorbido por su encanto, perdido en esos movimientos ralentizados por el capricho del tiempo y la magia. Algo debía hacer y nada podía hacer. Sentía en mis espaldas una fuerza invisible que me empujaba hacia ella y, a la vez, otra opuesta sobre mi pecho, que me impedía moverme. Y la oposición de ambas fuerzas ejercía una inmensa presión sobre mi cuerpo endeble, a tal punto que pude percibir como cada una de las células de mi humanidad se comprimía y comenzaba a astillarse, preparándose para una explosión interna. Y esa presión también se transformó en intolerable para mi corazón, que había quedado pasmado, sin sístole ni diástole; exhalando apenas débiles vómitos de sangre efervescente.
Hasta ese momento ella no había notado mi presencia; incluso pensé, con razón, que nadie había tenido la dicha de ser observado por tan encantadora mujer. Sus sonrisas no tenían destinatario, y su mirada parecía hacer fuerza para no fijarse en nadie. Simplemente se aseguraba de que todos los invitados de la fiesta advirtieran que ella era la mujer más feliz y alegre del mundo, tan poderosa que no necesitaba de nadie para trascender. Quedaba claro en su baile solitario e incansable, en la comisura de sus labios apuntando al cielo, en el remolino de sus piernas, en la gestualidad de sus manos vivaces y en el silencio absoluto de su boca. Pero, tal vez por accidente, fui yo quién tuvo la suerte de ser el primero en el que sus ojos se posaran. En un giro repentino sobre su eje, su mirada rozó la mía y luego volvió para descansar, por varios segundos, en mi rostro. Permaneció quieta, observándome, mientras yo podía sentir el calor abrasivo que la erupción de mis células desprendía.
Ignoro qué fue lo que le llamó la atención de mí, porque tengo un rostro ordinario, lo suficiente como para no ser recordado por nadie, y mi personalidad es más bien aburrida. Pero esa noche puedo afirmar que llamé la atención de la mujer más hermosa que he conocido jamás.
Luego de mirarme sonrió y continuó su baile despreocupado e indiferente a todos. Su sonrisa me había dejado absolutamente atónito y no tuve la capacidad corporal ni intelectual de responderle el gesto. Supuse en ese momento que no volvería a fijarse en mí, pero no me preocupó; toda la noche había cobrado sentido por esos pocos segundos, por esa mirada y esa sonrisa.
Luego, y para aliviar mi exaltación, bebí varios tragos más y por algunos minutos quité mi atención de ella. Me concentré en el sabor del gin y en el excelente vodka, me pregunté cómo habían hecho los Floria para amasar semejante fortuna y no dudé en escuchar la recomendación que un don nadie me hizo respecto del exquisito sabor del whisky escocés. A esa altura deduje que el nivel de alcohol en mi sangre ya estaría superando con creces el permitido por la ley para conducir. Pero la desinhibición que había conseguido no alcanzaba para juntar el coraje de acercarme a la bella joven e invitarla a bailar. Aunque ya era un progreso el sólo hecho de haber considerado la opción.
Otro sujeto simpaticón se me acercó y ofreció hacerme compañía en el arduo trabajo del beber, según dijo. No recuerdo su nombre porque estaba concentrado observando su apariencia; pensé que estaría rozando los cincuenta años pero que los llevaba bien, era bajo de estatura, un tanto excedido de peso, y su cabeza hacía fuerza para sostener los últimos cabellos bien firmes. Tenía el típico aspecto del bonachón, y su personalidad acentuaba esa imagen. Me cayó bien de entrada, porque no trataba de ser más de lo que era, y su sonrisa parecía muy auténtica. Bebimos juntos todo tipo de líquidos etílicos, mientras él contaba con entusiasmo retazos de su vida, cuidándose de ser humilde o sincero, como cuando admitió haber tenido suerte, y no talento, en los negocios empresariales. Pero luego la charla comenzó a resultarme monótona y recordé el perfume de miel, la sonrisa, los ojos negros y toda la magia de ella. Giré apresurado buscando encontrarla todavía allí, bailando con desinterés; pero grande fue la sorpresa cuando hallé su espacio vacío, su ausencia.
Es difícil explicar con claridad el bullicio de mis sentimientos, la desesperación mezclada con la ridícula sensación de abandono; el no entender por qué alguien con quién ni siquiera había hablado podía causarme semejante dolor, cómo era posible que pudiera extrañar a una mujer de la que nada sabía. Pero eso y muchas cosas más eran las que forzaban mi vil existencia. Corrí entre la gente buscándola, sin detenerme a pedir disculpas por los golpes involuntarios que propiné en mi loca carrera. Corrí con ganas de llorar, corrí solo, sabiendo que corría para dejar de estarlo, corrí para buscar una sonrisa, para hallar cariño, para olvidar mi rostro olvidable, para desaparecer, para reencarnar. Corrí tal vez porque no había otra cosa que pudiera hacer. Simplemente corrí. Las miradas confundidas de extraños se posaban sobre mí, no con lástima, sino con vergüenza; pero no importaba, yo buscaba una sola mirada, la de ella, la que no encontraba.
Cuando finalmente me rendí, después de lanzar un enorme alarido, caí desmayado en medio de la sala ante todos los presentes. Luego desperté; me encontraba acostado en una cama, y el matrimonio Floria me observaba confundido. Entre lágrimas atiné a preguntar por la mujer de vestido blanco, la que bailaba sola, la veinteañera hermosa, de tez clara y ojos penumbrosos. Pero la respuesta que recibí es tal vez la respuesta que nunca hubiera querido recibir: no hay en la fiesta ninguna mujer de vestido blanco ni nunca la hubo, dijo Floria hombre convencido. Discutí esa respuesta, la negué, la odié, y volví a preguntar esperando que mis reproches hubieran logrado alterar la incomprensible contestación. Pero no. Nadie, además de mí, la había visto. Cómo podía ser.
El tiempo pasó y la vergüenza por aquel episodio nunca se fue. Jamás volví a ver a los Floria ni a nadie de la alta sociedad. Me alejé para siempre de aquel que era, de aquel que no existía; me alejé tan rápido como si aún continuara corriendo en el salón buscándola. Me siguen diciendo que ella no existió, que pudo haber sido un sueño, o el efecto de tanto alcohol y drogas; pero aún no lo creo.
Pudo haber sido realidad, o pudo haber sido... ¿yo?


Y los ganadores son...

Intel acaba de anunciar a los ganadores del concurso de blogs. En la categoría Arte y Cultura, en la que `Sólo el mundo y yo´ participaba, el ganador fue, como yo esperaba, Bestiaria: lo tiene muy bien merecido. Mis más sinceras felicitaciones a todos los ganadores. Fue un placer participar en este concurso, ser uno de los finalistas y competir con tan excelentes blogs.
Otra vez les agradezco a todos los que depositaron su confianza y votaron para que este blog sea uno de los finalistas. La fuerza y el cariño de los lectores es, sin dudas, el mejor de los premios.

GRACIAS A TODOS.

PD: La semana entrante, cuando retorne del viaje, volveré al ritmo habitual de publicación.

Quebrarse.

Gregorio era de esos tipos rústicos, que cualquiera evitaría tener como amigo y nadie quisiera tenerlo como enemigo. En sus ojos no podía encontrarse nada que no fuera absolutamente opaco, y todo su rostro estaba cuarteado por la sequedad, que se había apretujado en sus pómulos y había trazado surcos en su frente. Cada arruga era la síntesis de tantos años agrios, de una vida sólo pintada con matices ocres. Y su imagen, formada por su cara quebradiza y mirada muerta; se completaba con una actitud agreste, de simpatía ausente y voz tosca.
De joven, Gregorio fue una persona normal, que podía reír o llorar como cualquiera; pero con el paso de los años, sin un motivo aparente, comenzó a convertirse en ese hombre de corazón ermitaño. La transformación fue tan paulatina que ni siquiera pudo notarla; un día se levantó y descubrió, simplemente, que no recordaba la última vez que había reído. Pero, lejos de molestarle el cambio, se adaptó con complacencia. Luego aligeró su vida de cualquier afecto para convivir en soledad con sus propias miserias.
Gregorio nunca tuvo trabajo formal; pero tuvo astucia para invertir, en sus inicios, algún dinero. Así fue como se hizo dueño de una docena de propiedades, y pudo comenzar a vivir cómodamente de las rentas que los inmuebles ofrecían. Durante la primera semana de cada mes pasaba a cobrar el alquiler puerta por puerta. Su aspecto intimidaba, y nadie se hubiera animado a decirle que no tenía fondos para pagar. Sólo en una ocasión un inquilino ofreció justificaciones en vez de dinero, pero en la conciencia agreste de Gregorio no existía la capacidad de oír y comprender. Inmediatamente inició los trámites de desalojo y no se inmutó cuando le dijeron, en el juzgado, que había dejado en la calle a un padre que creía en las prioridades, y que había gastado todo su capital para atender la enfermedad de su único hijo.
El resto del mes vagabundeaba por la ciudad sin rumbo fijo, inventando para sí mismo quehaceres y trámites que no eran necesarios. Simulaba tener una vida ocupada, se convencía de que su existencia tenía algún sentido; cuando, en realidad, todo indicaba que su mundo no era más que una vida de tapas duras.
El tiempo profundizó sus rasgos, sus arrugas y sus desencantos. También acentuó su dureza, que a esa altura era absolutamente rocosa, y barnizó la opacidad de su mirada. Pudo haberlo alcanzado la muerte en cualquier momento para coronar el fin de esa vida sin penas ni glorias; pero Gregorio se sentía seguro, porque sabía que la hierba mala nunca muere. Lo que él no comprendía era que la muerte es más piadosa que la vida y que, en realidad, al darle tiempo sólo estaba ofreciéndole espacio temporal para retractarse. No es que la hierba mala sea eterna, sino que la muerte ofrece amaneceres extras para darle oportunidad de florecer.
Como una roca, cuyos encantos caen rendidos ante la magia de la naturaleza y se quiebra, Gregorio tenía una dureza extremadamente fuerte, y a la vez vulnerable. En los días previos a su cumpleaños setenta y cinco, mientras ocupaba su mañana con excusas, colisionó con sus propias miserias. Se encontró observando a aquel sujeto que había desalojado: lo vio mientras caminaba quince metros delante de él, llevando a su hijo en sillas de ruedas. Ambos sonreían, eran felices. Había pasado más de una década del desalojo, pero recién en ese momento hubo lugar para la culpa. Gregorio vislumbró en ese padre una pelea incesante, una lucha que habían ganado y les regalaba la felicidad del sacrificio y el posterior triunfo. Vio, en ese padre y su hijo, un sentido que él no tenía.
Tal vez haya sido demasiado tarde, pero Gregorio comenzó a ocupar sus días con quehaceres reales; y sus visitas a orfanatos y hogares de niños se hicieron asiduas. Ahora comparte sus rentas con las necesidades de otros, ofreciendo, además, el afecto que nunca antes había podido dar. Tal vez así pueda estar reservando un lugar en el purgatorio, o unas disculpas para con él mismo.
Porque, para que una roca se quiebre, lo único que hace falta es tiempo.

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Fascinaciones: La amistad.

Hay algo mágico en la amistad que la hace fascinante; tal vez sea ese lazo de hermandad absolutamente desinteresado, que carece de egoísmos a la hora de ofrecer consuelo, compañía o afecto. Que regala, además, esa extraña seguridad inalterable de saber que, aún en la ausencia, los amigos están presentes, siempre dispuestos a abrazarnos el corazón en viajes imaginarios de charlas sin principio ni fin.
Lo mágico también puede ser su quietud en el tiempo, esa habilidad de permanecer como siempre a lo largo de los años y de la vida; como si el encuentro de dos almas amigas tuviera tantas fuerzas que es capaz de hacer añicos la distancia o la lejanía. Y entonces sucede el milagro inexplicable, cuando dos verdaderos amigos se reencuentran después de meses o años sin verse, y pueden jugar a quererse en un espacio atemporal, donde los relojes caen en el sonambulismo y la rendición.
El valor de la amistad tal vez se encuentre en el contrato, etéreo e inquebrantable, que se firma con el primer abrazo, y que se renueva cada día con cada gesto de cariño. O, tal vez, el valor radique en ese algo inexplicable que hace a la amistad un bien absolutamente imprescindible, y que convierte a los amigos en hermanos del alma.

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El artista del café.

Entre medio del fuego y el insoportable calor, intenta con desesperación estirar su brazo para alcanzarlo. Pero cada vez parece más lejano e imposible. Se siente gobernado por la impotencia y se estira más y más pero el fuego lo quema. Teme claudicar, no quiere hacerlo; pero no lo logrará y lo sabe. La resignación lo alcanza.

Se despertó violentamente, con su cuerpo empapado en sudor y llorando como un niño. Aún con la pesadilla en su memoria, pudiendo sentir la abrasión de las llamas; se levantó para comenzar la rutina diaria; el proceso de alistarse y emprender la marcha hacia el café donde trabaja de mozo es, por sobre todo, su única manera de abandonar la cama que, desde hace seis años, lo lleva de retorno al lugar del que nunca ha podido escapar.
Fermín había estudiado Bellas Artes para desarrollar su capacidad como pintor. Su talento llamaba la atención de cualquiera, y muchos eran los que le auguraban un futuro exitoso. En su mano derecha el pincel podía hacer magia; por ejemplo, podía plasmar el aroma de los besos con amor, y su viaje de ida al olvido; o darle forma al silencio que queda cuando el fin comienza.
Pero cuando la carrera de Fermín parecía estar acercándose a la genialidad, el destino se interpuso. Viajaba camino a una ciudad cercana, donde se exhibirían algunos de sus cuadros, cuando al costado de la ruta observó un accidente: un pequeño colectivo, ruedas hacia arriba, ardía en llamas. El alrededor, de golpe, parecía querer conspirar dejándolo solo en medio de la nada, y lo único que quedaba era intentar hacer todo. Fermín salvó ese día a doce personas, de las trece que el vehículo transportaba.
Los medios de comunicación se hicieron una fiesta narrando los hechos una y otra vez para reflejar su valentía y, de pronto, todo el mundo lo reconocía como un héroe. Pero el título que le habían asignado carecía de valor para Fermín, que no podía dejar de pensar en ese niño, el único menor que viajaba y al único que no había podido salvar.
Se hundió en una enorme depresión después de eso, y abandonó el pincel para no tener que ver las cicatrices que había dejado el fuego en su mano derecha. Pero las heridas que más dolían eran las que no podían verse, las que surgían cada vez que la conciencia preguntaba si ese día se había hecho todo lo posible. Fermín, porque sabía que la existencia tiene sentido cuando la razón para vivir y para morir es la misma, pensaba que hubiera sido más heroico haber muerto ese día. Pero estaba vivo y el peso de esa circunstancia era más inmenso de lo que él podía soportar.
Después del accidente, intentó retomar su pasión, pero su pintura había girado hacia un solo momento; su pincel no podía contar otra cosa que no fuera ese suceso, porque su arte estaba inundado por la culpa y el dolor. Cuando dejó definitivamente la pintura, comenzó a trabajar como mozo en un café céntrico. Resignó palabras y se sumergió en sus propios silencios y cuestionamientos internos. Ningún discurso de poética barata podía complacerlo, porque nadie lograba ayudarlo a borrar de su memoria el instante en que vio un par de ojos inocentes apagarse en medio del infierno. Y cada mañana, con el despertar, era un martirio; un volver a vivir, un volver a ver y un volver a sufrir. Por ende, Fermín acuñó una vida modesta carente de expectativas, con días marcados por la resignación, asimilando el dolor casi como única alternativa, y sin poder sobreponerse.
Pero un día, hace un tiempo, cuando en el trabajo le alcanzó el café a una señora, ésta le abrazó la mano. Sorprendido, Fermín la miró y observó un rostro de ojos llorosos y voz quebradiza. Ella alcanzó a decir pocas palabras comprensibles, pero él pudo escucharla cuando dijo que era la madre del niño. El corazón de Fermín se detuvo, tenía ganas de llorar y de pedir perdón, pero sólo pudo permanecer atónito. Ella apretó con fuerzas y calidez su mano.
- Hiciste todo lo que podías hacer y más de lo que cualquiera hubiera hecho. Tengo que decirte gracias por haberlo intentado. Eres una gran persona.- dijo ella y soltó lentamente la mano de Fermín. Luego dibujó una sonrisa y bajó la vista.
Ese día, la voz no encontró la boca de Fermín y nada pudo decir. Pero las palabras de ella alcanzaron para que el perdón a sí mismo comenzara a tomar forma.
Aunque no ha dejado el café, por estos días ha vuelto a la pintura: antes de atender a cualquier cliente, pinta sobre un platillo y luego se lo entrega. Sus pequeñas obras han tomado fama y muchas personas van especialmente a ese lugar para recibir el obsequio del artista. Ya ha pintado la desolación, la felicidad, las sonrisas y los milagros. Pero se siente especialmente orgulloso de uno que no pudo obsequiar, y que espera colgado en la pared, en donde pudo plasmar para siempre un sentimiento que no abunda, pese a que cura heridas del alma: la gratitud.

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Fascinaciones: La nieve.

El frío se había extendido toda la mañana con gran intensidad. Era un frío seco y mudo que, de alguna manera, presagiaba un acontecimiento extraordinario. Poco después del mediodía ocurrió el milagro que se había hecho esperar casi un siglo: sobre la ciudad comenzó a llover fino algodón. La nieve empezó a caer tímida primero, con copos delicados y esporádicos que eran observados con atención por la gente que se agolpaba en las ventanas. Tan frágiles eran que, al primer impacto con el pavimento, se descomponían en millones de gotas invisibles y desaparecían en la desintegración, como sueños imposibles que no pueden tocarse y sólo pueden apreciarse a la distancia. Pero luego, el cielo se animó a soplar con fuerza el algodón que recubre las nubes y los copos crecieron y se multiplicaron. La ciudad comenzaba a vestirse de blanco con la nieve que se precipitaba dubitativa hacia la tierra, sin la convicción de la lluvia; sino con un recorrido zigzagueante que dibujaba extensas coreografías en el cielo. La nieve sólo aterrizaba cuando se cansaba de danzar con el viento.
Y entonces; a mitad de la tarde, cuando la naturaleza ofrecía un paisaje insólito por estas geografías; nadie pudo resistirlo, y toda la ciudad se llenó de gente eufórica. Niños, padres y abuelos vencieron al frío y se animaron a jugar con la nieve y a fotografiarse en ese escenario atípico. De pronto, todos tuvieron la habilidad de olvidar problemas y pudieron dibujar sin culpas miles de sonrisas en rostros propios y ajenos.
Fascinada con la nieve, la ciudad, al menos por un día, fue inmensamente feliz.

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¡`Sólo el mundo y yo´ es finalista!

Acabo de enterarme (gracias Dami) que este blog es uno de los finalistas del Concurso de Blogs de Intel dentro de la categoría "Arte y Cultura".
Realmente estoy muy feliz, nunca lo hubiera esperado y esto se lo debo a todos y cada uno de los lectores que votaron, que se hicieron habitantes y partícipes de este mundo, que son los que le dan vida a este espacio que construí con más humildad que conocimientos, con más sacrificio que talento.
Soy conciente que este espacio, tan personal, puede llegar a ser un poco extraterrestre dentro del mundo de los blogs; porque tiene actualizaciones esporádicas (alrededor de dos por semana), porque tiene textos largos, relatos que a no todos les resulta entretenido leer. Por eso sé que esto ya es un premio.
De alguna manera siento que ser uno de los finalistas justifica el sacrificio y el tiempo (que es mucho) que uno coloca en la creación del blog, en el cuidado del diseño y en la lucha por lograr textos de calidad, aún cuando la musa se revela. Algunos no entienden por qué lo hago, por qué dedico tanto tiempo al cuidado de este mundo e, incluso, muchas veces yo mismo me lo he cuestionado. Pero ahora todo cobra sentido y lo único que puedo decir es GRACIAS a todos y cada uno de los lectores.
Mañana 7 de julio se cumple un año de la operación que me devolvió la vida. Para mi es un día muy especial y esta noticia es el mejor regalo que podía recibir. Ser finalista es un envión que necesitaba y que me da más fuerzas para seguir escribiendo y dedicando mi tiempo y esfuerzo. También es una responsabilidad; siento que `Sólo el mundo yo´debe ahora estar a la altura de las circunstancias.

Por otra parte, ahora hay que esperar que los jurados elijan a los ganadores. Aunque, sin importar cuál sea su elección, para mí `Sólo el mundo y yo´ ya es ganador. Todos los demás finalistas son excelentes blogs y cualquiera merecería ganar. Por mi parte yo ya tengo el favorito: Bestiaria, es un blog que recomiendo; lo descubrí hace tiempo y ahora veo que es uno de los finalistas. No duden en visitarlo.

Por último, quiero desearles mucha suerte a todos los participantes y, una vez más, quiero decirles GRACIAS a ustedes por haber hecho de este mundo un lugar con sentido. Pero, además y si me lo permiten, quiero enviarle un especial agradecimiento a: Evissima (por apostar), a Liliana, a Juampi, a Akire, a Ivana y a tantos otros que nunca se animaron a comentar, pero que me hicieron llegar hermosos e-mails que nunca olvidaré.

¡Saludos a todos!

Ausente con aviso.

Puede suceder, lo sé, que a esta altura alguien se esté preguntando qué es lo pasa con este mundo. Puede suceder, también lo sé, que nadie se haya percatado de que han pasado ocho días y ninguna nueva historia ha sido publicada.
Me encantaría decir que estoy tomándome un descanso, pero no es cierto. En realidad estoy atravesando el mes con más obligaciones personales del año. Y entre tanto deberes y responsabilidades pareciera que escribir se torna sumamente complejo, y que mi capacidad creativa está ahogada en un inmenso abismo.
Por ese motivo es que les pido paciencia y tolerancia. No puedo decir cuánto tiempo estaré sin escribir porque no lo sé. Tal vez sean días, semanas, o sólo horas. Pero ni bien logre escribir algún relato que me satisfaga lo publicaré inmediatamente.
Les mando un cálido abrazo a todos. Gracias por aguantarme.

ACTUALIZACIÓN: Para que en este tiempo sin nuevas historias no me extrañen tanto, les dejo tres cuentos, del archivo, que son de mi agrado.

- Fabricante de peceras.
- El Proceso.
- El reloj que fabrica segundas oportunidades.

Puzzle mental.

El fuego arde y quema todo a su paso, devora y convierte en cenizas el presente. Las agujas del reloj de pared marcan el tiempo en que comienzan a derretirse.
El estruendo del disparo llegó cuando el aroma del algarrobo ardiendo en la salamandra intentaba alcanzarlo, y el ruido quebradizo y lleno de hollín de la madera no consiguió disipar la explosión de la pólvora.
El manchón rojo impetuoso comenzó a esparcirse alrededor de su cabeza muerta, cuando las llamas ya habían logrado escapar de la estufa y empezaban a ganar territorio sobre los muebles. Pero antes que nada, el fuego trepó la pared del ventanal y atacó con furia la máscara de la comedia que pendía del muro; el rostro de la tragedia, en cambio, se consumió lentamente, como si fundirse fuera un acto agónico y perezoso. Luego el fuego se empecinó con el reloj, como si devorara el símbolo de la vida.
Sus manos temblorosas envolvieron la fotografía en sudor y papel, mientras por su mente desfilaban los pensamientos tormentosos, que se enhebraban en un orden caótico, casi esquizofrénico. Lo inundó un pavoroso aborrecimiento hacia esa mujer, porque podía sentir el ardor que producía el puñal que con sus ingratitudes le había clavado en la espalda. Arrojó con furia la fotografía dentro de la salamandra y cerró sus ojos para no verla arder; luego, su locura lo llevó hasta el arma. La apoyó en su sien, volvió a mirar las máscaras teatrales y otra vez las odió. Pensó en ella, en su traición, en lo que estaría haciendo en ese momento. Pensó en la muerte y no pensó. Su índice hizo sobre el gatillo suficiente presión y el estruendo del disparo se desató de manera rabiosa e impía.
Al tomar la agenda comenzó a buscar algo que justificara todo lo que vendría, alguna prueba falsa que ratificara lo que su inconciencia decía. Halló, en la tercera página un número de teléfono sin nombre ni identidad, que estaba recuadrado varias veces con lapicera. Otra vez su mente fabricó con facilidad los hechos que conseguían impresionante verosimilitud: ese número anónimo era el teléfono del amante que, inteligentemente, ella había anotado sin más identificación que un recuadro que denotaba su importancia. Con la fotografía en la mano volvió a la sala de estar, encendió la salamandra y volvió a pensar en las últimas palabras que ella había pronunciado. El dolor era atroz. Se arrodilló frente a la estufa, que ardía salvajemente por el exceso de combustible, y envolvió la fotografía con sus manos sudorosas.
Ingresó a la casa, luego de despedirla, absolutamente atormentado por la ausencia total de cordura. Se detuvo en la sala de estar, miró por el inmenso ventanal y la imaginó yendo en busca de algún amante. No podía creerle a ella, pensó; sus dotes de actriz le permitían mentir descaradamente, si así quisiera. De pronto, todos los momentos junto a su mujer, aún los más dichosos, parecían convertirse en ficciones, en obras teatrales dónde ella practicaba el arte del engaño. Alzó la vista hacia las máscaras de la tragedia y la comedia que decoraban la sala. Su esposa las había elegido, y ahora, al verlas, parecía que ambas reían en su cara. Obnubilado por la necedad que le indicaba que pronto sería abandonado, construyó en su imaginario ese paisaje imposible, y supuso que no podría soportarlo. Corrió, desesperado, a buscar la agenda de ella.
La vio subir al vehículo y corrió sonriente; logró alcanzarla antes de que su mujer pudiera partir y la besó con pasión. Ella era todo para él. Luego observó que la fotografía que se habían sacado en la playa el año anterior no estaba colgando del espejo retrovisor, dónde siempre lo llevaba. No pudo contener su furia pero la disimuló y le preguntó con aparente calma qué había hecho con esa imagen. Ella sonrió, lo besó y de su cartera extrajo la foto plegada..
- ¿Por qué la sacaste? ¿No querés que sepan que estás casada conmigo?
- No seas tonto.-dijo ella riendo, despontánea-. La saqué porque no quedaba bien, pero siempre la llevo conmigo. No te vas a poner celoso de nuevo por tan poca cosa, ¿o sí?
- No -dijo él ocultando su enfado-, para nada. ¿Me la das? La voy a poner en un lugar de la casa que quede bien. No me gusta que esté doblada en tu cartera.
Ella, sonriente, amable, le entregó la fotografía.
- Bueno, hasta luego, no te olvides de prender la salamandra. Y no seas tonto, no te enojes por eso. No puedo creer que me haya casado con un hombre tan celoso...

Las palabras de ella lo enceguecieron tanto que ni siquiera pudo ver cuando le guiñó el ojo antes de partir, ni tampoco oyó cuando ella le dijo que lo amaba. La furia cargada de celos y fantasías lo envolvió. Era el principio de la tragedia.

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Fascinaciones: Las miradas.

Si las huellas dactilares le dan unicidad a nuestro cuerpo, entonces las miradas son las encargadas de representar el alma de las personas. Ellas funcionan como vía directa, y sin escalas, a la esencia de cada uno; nunca dicen lo que deben decir, siempre dicen lo único que pueden decir, que es, ni más ni menos, que la verdad del corazón.
En la mirada se imprime lo más personal de cada uno, con reflejos o matices que funcionan como letras y sílabas del lenguaje del alma. Son representaciones pictóricas impresionistas de un todo abstracto, invisible y que alberga tanta magia como misterio. No por nada se las considera ventanas a nuestro espíritu, mirillas por donde uno puede espiar los sentimientos de las personas. En ellas se hace corpóreo lo intangible, cuando se cristalizan; cuando una alegría o una tristeza es tan grande que nuestra alma explota dentro de nosotros, y la fuerza de tal hecatombe es irresistible para nuestro cuerpo, entonces comienza a derretirse nuestra mirada en forma de llanto.
Las miradas fascinan por su encanto, por su transparencia, por su poder de enamorar en segundos, de cautivar en milésimas, y de pedir perdón en un tiempo que los relojes aún no pueden medir.

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Ojos bien cerrados.

Sus manos, añejas y temblorosas, abrieron inundadas de pavor el sobre. El tiempo y la humedad le habían dado al papel un color dorado mate, con un fuerte aroma a reliquia y pasado. Descubrir su propia caligrafía de antaño provocó un escalofrío que recorrió toda su espina dorsal, hasta dejarlo sumido en un profundo estremecimiento. Eligió azarosamente un renglón de la carta y comenzó a leer.

Hace un tiempo que esta especie de inconformismo se ha apoderado de mí; me despierto habitando una realidad demasiado ficticia y vacía, tanto que varias veces al día me provoca náuseas. Sin saberlo de manera conciente, espero acezante una señal, un guiño del destino que embarre toda la pulcritud de este mundo tan perfecto.
De vez en cuando, en la oficina, me descubro autista, enajenado del entorno, con mi mente absolutamente en blanco, perdida en abismos poco crepusculares. Hasta este momento las causas no son comprensibles; porque mi razón me informa, con coherente lógica, que mi estado de ánimo no tiene razón de ser; mi doctorado, mi empresa exitosa o, incluso, mis cinco comidas diarias son privilegios a los que el noventa por ciento de los mortales jamás podrá acceder. Pero la imponencia que esos artificios producen en ojos inexpertos, se transforma en un callejón putrefacto bajo mi mirada.
Todo el círculo defectuoso en el que me muevo parece estar regido por esas leyes tradicionalistas, en las que los sujetos se comportan como marionetas sin alma, haciendo de la ostentación y la frialdad sus cualidades primarias. Y en el medio yo; comportándome de igual manera, sonriendo mecánicamente, mientras mi interior anhela gritar para romper el sistema tan bien aceitado de los que suplantan sus miserias internas con ridiculeces hedonistas.
Pero lo peor es vislumbrar que, lentamente, me voy convirtiendo en eso que aborrezco, noto como surgen sentimientos despreciables desde dentro de mí. No puedo evitar aborrecer a las parejas que se besan en las plazas y sonríen con tanta sinceridad, como si escupieran en mi rostro la verdadera existencia de una autenticidad a la que cada vez me cuesta más llegar. Y la envidia se entremezcla con el odio hacia mí, hacia todo lo que me rodea.
El otoño pasado asistí al velorio de mi suegro. Su muerte me había afectado especialmente, porque era una persona que siempre había admirado; por haber construido desde la nada un majestuoso imperio. Pero la ceremonia fue vomitiva; todos y cada uno de los presentes vestían igual, de impecable luto –posiblemente sea la misma vestimenta con la que asisten al teatro- y las infaltables gafas oscuras. Me detuve un instante a observar y pude notar que esconderse detrás de vidrios oscuros sólo puede atribuirse a una cosa: la necesidad de ocultar un par de ojos que no lloran. Todo parecía tan irreal, tan lleno de artilugios. Como si llorar fuera considerado una falta a la buena conducta, o atentara contra la hipocresía protocolar. Mi estómago se retorcía y las náuseas aumentaban. Intenté buscar ayuda en la mirada de mi esposa, pero atónito me quedé al descubrir sus ojos secos, y con la única preocupación de su peinado. El entierro fue largo, ceremonioso y con esa típica liturgia que no posee ni el más mínimo resabio de humanidad; porque el único llanto que tocó el suelo fue el mío.
Ya no lo resisto, y pese a que aún no poseo el valor, espero ansioso el momento en el que pueda escapar de toda esta irrealidad y construir mi vida en un mundo en el que haya, por lo menos, un dejo de sosiego y libertad. Por eso escribo esta carta, para abrirla dentro de cincuenta años y saber si logré huir, o si sólo atiné a traicionar mi alma.


Se detuvo, no podía seguir leyendo. Al temblequeo que los años le habían dado a sus manos se le sumó uno nuevo, irrefrenable, capaz de desintegrar cualquier segundo de solemne vitalidad. Arrugó la carta con furia, y con el puro le dio inicio a una combustión rápida que transformó la hoja en un montón de cenizas grises, inertes sobre el escritorio de cedro. Permaneció quieto, con los ojos secos. No quería pensar en nada, ni en las decisiones que nunca se tomaron , ni en ese matrimonio teatral, ni en los hijos que hacía tanto no veía, ni mucho menos en la empresa, que era la causa de todas las peleas familiares y la consecuencia de su profundo vacío. No valía la pena pensar, había demasiados porqué y un solo cómo.

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Fascinaciones: Los reflejos.

El mundo no es más que ilusiones, de reflejos procedentes de infinitas realidades que se amalgaman delante de nuestros ojos, para darle forma a un nuevo escenario, más irreal y arcaico que los anteriores. Y uno debe transitar por ese amplio espectro de fachadas con inteligencia; aparentando creer que el suelo que pisa efectivamente existe, pero siendo concienzudo que eso es sólo la corteza ilusoria de un universo mucho más grande e inabarcable.
Y lo interesante de esa marcha, de ese transitar que es la vida; es comprender que nada se puede comprender, porque nada es lo que parece. Simple resulta la confusión; sumergirse en el mundo de los reflejos pretendiendo habitar en la realidad; pero esos son simples espejismos que se vislumbran como tales cuando entendemos que nuestra propia existencia es una fachada de una intrascendencia mayúscula.
Y esas sutiles diferencias que los reflejos provocan, un poco en nuestros ojos y más en nuestras mentes, funcionan como acertijos permanentes, cuyo descubrimiento descascara de falsedades la única verdad; que el universo es absolutamente simple y son nuestros ojos inexpertos los que dificultan su comprensión.

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Flotando entre geografías lejanas.

Pocos saben como ella cuánto duele el no pertenecer a ningún sitio; cuando la tristeza sin razón aparente se aloja en su conciencia y, arrojada sobre su cama, se acurruca con la cabeza entre sus piernas, y llora nostalgia, mientras la tierra de la que fue transplantada sigue albergando sus raíces allá tan lejos. Y ningún lugar, de pronto, parece ofrecerle cobijo, porque los mundos se separan justo frente a ella creando galaxias a las que no puede llegar, y queda varada dónde sólo el vacío la acompaña. Se siente sola, con el corazón partido en geografías lejanas; se siente distante de todo, hasta de ella misma; flotando desnuda en una angustia fría y envolvente.
Emigró hace tiempo por causas que hoy parecen perder valor. Al principio parecía fácil habitar otra cultura, otro piso. Pero el paso de los años trajo consigo el destierro y la melancolía de un lugar que con el tiempo parece estar más lejos. Con su tallo herido le dio vida, a duras penas, a nuevas raíces que debieron aprender a crecer en un suelo que desconocían.
A veces, cuando camina por las calles de la ciudad que no la vio nacer pero hoy la observa madurar, lleva la mirada a todo su alrededor y busca signos incipientes que le informen dónde está, que la traigan de regreso a su lugar del que tal vez no debería haberse ido. Puede ser que, en algunas de esas caminatas, un olor, un simple aroma de origen misterioso, la alcance y traiga consigo todos los recuerdos de su infancia en aquel barrio tranquilo. Luego, haciendo fuerzas para no pestañear y así evitar que las lágrimas caigan, camina con rapidez hasta llegar a su casa; y allí se encierra en la privacidad que le regala el cuarto de baño. Después se desploma en el suelo y entre los sollozos mudos comienzan a pasar por su mente, como diapositivas, las imágenes apolilladas del pasado. Una tras otra: su familia, su escuela, su gente, su todo y su nada.
Anhela volver, pero sabe que es imposible. Cada vez que retornó de visita a su país se sintió una extranjera, como si el mundo que antes había habitado hubiera ido mutando con los años que no la tuvieron, para transformarse en una realidad que estructuralmente era la misma, pero estaba totalmente teñida con colores que ella desconocía. Y los contrastes que descubría al comparar el sitio real con el que su mente recordaba, le provocaban un profundo desconcierto, como si su tiempo hubiera estado desfasado y ahora habitara en un mundo paralelo.
Otro problema le impide el retorno; las raíces que crecieron en el nuevo suelo son ahora muy pequeñas para provocar el olvido, pero demasiado grandes para soportar otro transplante. Allí, su vida creció y tomó forma de familia. Ella lo sabe, no hay solución aparente, como si las alternativas convergieran en una sola; la de aceptar que debe aprender a vivir con el corazón partido en dos, sintiéndose una inmigrante en su nueva tierra, y una extranjera en su país natal.
Se siente flotando en medio del océano, con un hogar a cada uno de sus lados, pero sin encontrar la llave de entrada de ninguno; sintiendo como el tiempo transcurre distorsionado desde hace semanas, tal vez porque no encuentra un espacio en donde alojarse; y la supervivencia en ese estado se torna compleja, porque el peso de la nostalgia abruma la cotidianeidad de su vida diaria. Necesita descargar su angustia y por eso busca, con inconciente desesperación, hallar reflejada en algún sitio su propia realidad, para poder llorar en tercera persona el monólogo de su vida. Sólo después de haber vaciado su alma de toda la tristeza acumulada, podrá salir y sobrevivir en el medio mundo que su medio corazón habita.

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Fotografía: Zena Holloway

Fascinaciones: Los instantes.

Un instante de felicidad posee dos vidas; una escasa, como el presente; y otra eterna como el universo. La felicidad que otorga dicho instante está íntimamente ligada a su duración, y esta relación es inversamente proporcional; mientras menos tiempo perdura, más felicidad regala. Luego, el instante concluye y muere, para después nacer en nuestra memoria donde se quedará por siempre.
Es paradójico entender que lo eterno está construido por lo efímero, o que lo efímero es eterno. Como si el ser humano tuviera una incapacidad para experimentar la felicidad por un tiempo prolongado, y prefiriera, entonces, evocarla a través de la memoria, armándola de a retazos pequeños, con instantes ya muertos. Como una melancolía sin fin que hace del tiempo ya transcurrido, una felicidad presente con ausencia del ahora.
Tal vez me fascinan por su cualidad de efímeros, que hace que con el tiempo uno dude si realmente sucedieron; o por saber que jamás volverán a repetirse y la única prueba de su acontecer habita en nuestra memoria. Pero sin dudas me fascinan, porque la felicidad no es más que la suma de los instantes y, por suerte, algunos somos dichosos y guardamos en nuestra memoria una larga lista de instantes irrepetibles.

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`Sólo el mundo y yo´ en carrera.

Acabo de enterarme que `Sólo el mundo y yo´ está entre los diez blogs más votados del concurso de Intel. La votación sigue hasta el 27 de junio; luego, los más apoyados por la gente quedarán como finalistas del concurso y finalmente, un jurado de notables, elegirá a los ganadores de cada categoría.
Aunque aún no finalizó la votación, esta noticia me ha llenado de alegría, porque nunca pensé que este blog pudiera estar entre los diez más votados. Y para mí esto ya es un premio. Aunque, por supuesto, ahora que falta menos y el blog está tan cerca de ser finalista, les pido más que nunca que voten como lo han hecho hasta ahora, haciendo click en el botón del concurso.

Más allá de como termine el concurso, ya siento que este mundo que habitamos, es ganador. Por eso les quiero decir: ¡Gracias! El mérito es todo de ustedes.

El sujeto sin nombre.

Pocos son, tal vez nadie, los que pueden decir desde cuándo ese sujeto sin nombre y sin historia estuvo allí. Algunos memoriosos afirman que por largas décadas lo vieron, aunque no pueden precisar cuántas. Claro que la cualidad de memoriosos bien podría confundirse con la de exagerados, o con esa manía de agregarle adornos a una historia cada vez que se vuelve a contar. Pero; por la manera en que los memoriosos –o exagerados- inclinan levemente su cabeza al intentar recordar, y llevan sus ojos hacia arriba y hacia el costado opuesto al de la cabeza; me da la sensación de que no mienten, porque es como si buscaran dentro de su mente el recuerdo.
Aunque nunca se sabrá a ciencia cierta durante cuánto tiempo, lo cierto es que el sujeto sin nombre estuvo parado en el medio de la Avenida Destino más tiempo del que cualquiera podría estar en cualquier sitio. Por años y décadas estuvo allí; parado, las veinticuatro horas del día, quieto, sin hacer nada; en el medio de la avenida. Y cabe señalar que la Avenida Destino es la arteria principal de la ciudad, por ella transitan millares de vehículos cada día, su equivalente en la ciudad de Buenos Aires sería la Avenida 9 de Julio, y la 5ta Avenida en Nueva York.
Su acción consistía en estar de pie, nada más -aunque se puede suponer que también respiraba; pero nunca se lo vio, por ejemplo, comer o salir del centro de la avenida para ir al baño-. Su presencia sólo llamaba la atención de los que jamás lo habían visto antes. Ellos solían codearse con sutileza y luego guiar la mirada del otro con sus propios ojos, para indicarle el lugar dónde acontecía el hecho tan extraño y tan olvidable. Luego cruzaban la avenida y jamás volvían a observarlo.
El sujeto sin nombre se había convertido en parte de la avenida y era prácticamente invisible para todos; los vehículos, por ejemplo, lo esquivaban con el mismo desdén que se esquiva un bache, y los peatones sólo lo miraban si el semáforo los obligaba a esperar para cruzar. Entonces, en esos segundos escasos, sus ojos tal vez se posaban con indiferencia sobre él. Pero no cabe dudas que, mientras tuvo vida, la principal característica del sujeto sin nombre fue la de la invisibilidad. Su existencia dentro de la avenida no trascendía más que un poste que algún empleado municipal podría haber colocado erróneamente en medio de la calzada, y que la burocracia gubernamental habría olvidado quitar. Como era tan olvidable para cualquiera y a nadie molestaba, el sujeto sin nombre fue dejado allí, en el medio de la avenida; no por aceptación sino por omisión.
Hace cuatro años su existencia tomó valor para mí. Fue un domingo, yo estaba de guardia en la clínica y trajeron a un sujeto moribundo y decrépito; su cuerpo parecía un acordeón en ruinas. Pregunté a los camilleros su nombre, pero nadie lo sabía y me respondieron que era el sujeto que siempre estaba de pie en la Avenida Destino. Tras revisar sus signos vitales concluí que nada se podía hacer más que esperar el fin; ese cuerpo estaba dejando de funcionar. Como mi curiosidad había crecido de golpe -e inesperadamente- y él estaba conciente, me acerqué a su oído y le pregunté si sabía que iba a morir. El sujeto sin nombre no respondió, pero en su rostro percibí una sonrisa que aceptaba lo inevitable.
- ¿Puedo preguntarle algo? –dije acercándome confidente y sabiendo que sin importar lo que me respondiera yo igual se lo iba a preguntar, porque ya no toleraba la curiosidad- ¿Qué es lo que usted hacía allí, por qué lo hacía?
- Porque eso es lo que soy, eso es lo que hago.- Dijo él con esfuerzo.
- ¿Pero para qué, con qué finalidad? – Interrogué algo aturdido.
- ¿Usted conoce a otros que hagan lo que yo hago?- Me respondió con una pregunta a la que no me dio tiempo de responder.- Soy el mejor en lo que hago y eso me hace único.
- Pero eso también lo mató.- Dije yo, pensando en los días de lluvia que debió soportar, en los crudos inviernos o en aquellos veranos donde el sol se multiplicaba en el asfalto de la avenida.
Pero el sujeto sin nombre otra vez no respondió y, en cambio, volvió a dibujar esa sonrisa de antes que decía, con tranquilidad, que mis palabras estaban equivocadas.
Murió a los pocos minutos y, con él, también pereció la invisibilidad y el olvido que solía portar. Su historia hoy es muy oída en la ciudad; con todos los condimentos que suelen tener las historias urbanas. Pero entre tantas exageraciones, mentiras y adornos, yo sólo me pregunto cuál habrá sido su nombre.

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Fascinaciones: La montaña.

Puede ser por la lejanía, o por la manera en que el aire silba alegre mientras corretea libre, o por la inmensidad de la naturaleza estéril, o por todas esas cosas y algunas más. Pero lo cierto es que en la montaña habita una paz que es difícil de encontrar en otro sitio. Paz que espera, algo ansiosa, el día en que yo le vaya a hacer compañía.
Ya nos hemos encontrado, en algunas oportunidades; ella solía esperarme siempre al final de una caminata sin rumbo. Eran caminatas que solía hacer por las mañanas, mientras el frío nocturno comenzaba a disiparse con los primeros rayos de sol, y los colores resurgían joviales. Salía temprano, con la mente dispersa en cualquier sitio y dejando que las piernas marcaran el destino que siempre, invariablemente, terminaba en la cima de algún cerro. Al llegar a esa cima, que nunca se repetía y siempre desconocía, sólo podía sentarme o quedarme de pie, pero quieto, absolutamente quieto. Y desde allí contemplaba la inmensidad, oyendo los silencios de la naturaleza, sintiendo una relajación absoluta de mi cuerpo y llevando a mis pensamientos a una abstracción total, en la que lo onírico y lo imposible se convertían en palpable.
No es sólo la paz lo que me atrae de la montaña, sino también esa magia que la envuelve y hace de esta descripción un texto inocuo, incapaz de albergar en sus letras a tanta realidad majestuosa y bella. Pero eso está bien, porque siempre he sentido que los mejores sitios son aquellos que no se pueden describir.

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Aplazado en semiótica.

Tenía una elocuente incapacidad para comprender los signos que la vida le mostraba, incluso los que venían entre bofetadas. Gaspar siempre había sido incapaz de interpretar la simbología que posee el lenguaje humano; desde pequeño, cuando creía que era normal que una madre llorara cada día, por horas, en su habitación; o cuando no buscaba respuestas –tal vez porque nunca buscaba preguntas- para explicar de dónde obtenía dinero su padre para alimentar las borracheras cotidianas, si en la casa lo que sobraba era la escasez.
Ese desentendimiento que hacía de la realidad, esa ceguera monstruosa, le impedía adelantarse a cualquier hecho. La previsión no podía contra su poca aptitud para la observación y su inteligencia de apariencia mediocre.
Pero lo cierto es que la habilidad más obvia de Gaspar era la de permanecer enigmático incluso para los que más lo conocían. El gesto muerto que cargaba cada día, era inalterable, de una absoluta inexpresión. Como si la felicidad o la tristeza no existieran y le resbalaran sin mayores problemas, a pesar de que la vida le había regalado sucesos de todas las características.
El primer golpe lo sufrió a los trece años, cuando su madre, de un día para el otro, dejó de estar. Gaspar jamás tuvo respuesta para eso, jamás tuvo preguntas. Ese abandono tampoco pareció haberlo afectado, siguió portando el gesto híbrido de los que no gesticulan. Igual cada día; completamente inerte, como cuando se recibió en la Facultad de Economía, o cuando estuvo en el velorio de su padre.
A su mujer la vio por primera vez, o le dio trascendencia a su existencia, a los veintiocho años; aunque ella hacía tres que lo seguía, que buscaba excusas para acercarse, para cruzar palabra o para mirarlo fijamente. Pero la seducción era un arte que Gaspar desconocía, y los signos que demostraban el coqueteo eran invisibles para sus ojos. Fue ella quién se le declaró; de él lo atraía exactamente lo que años después comenzaría a detestar.
Se casaron tras cinco años de noviazgo, cuando ella consideró que ya era hora de formalizar para crear una familia. Como pareja eran desparejos; porque ella era su antítesis: extremadamente sincera, demostrativa y cariñosa, alegre y optimista. Él, como siempre, con su gesto rocoso imperturbable. Al principio se complementaban de manera eficaz, y la relación funcionaba porque el amor de ella era el combustible que alimentaba la hoguera. Pero el oxígeno que él debía brindar, era escaso, o cruelmente nulo, y era cuestión de tiempo para que la llama comenzara a flaquear.
La hija que tuvieron creció en un hogar donde la felicidad se fue muriendo con el correr de los años, a medida que la sonrisa de su madre se iba apagando. Cuando llegó a la adolescencia, la rebeldía le trajo un sentimiento de lástima para con su madre y de creciente desprecio por su padre, del que nunca había recibido un abrazo o una muestra de cariño.
Pero todos esos síntomas visibles para cualquiera, en los ojos de Gaspar se desteñían hasta convertirse en normalidad. No interpretó que era un signo de alerta, de que algo estaba mal, el hecho de que su esposa a veces no volviera para dormir, o que no lo buscara para tener relaciones. Tampoco fue un signo el hecho de que su hija se levantara de la mesa, no menos de tres veces por comida, para ir al baño, y que su cuerpo se hubiera convertido en un montón de huesos envueltos en piel.
Cuando ella tuvo una descompensación en la escuela y debió permanecer internada durante tres meses, la conclusión del final anunciado había llegado. Su mujer, junto a su hija, lo dejaron sin mayores explicaciones. Gaspar aceptó la realidad como siempre, con normalidad, con inexpresión; sin hacerse preguntas, sin buscar respuestas.
Sigue viviendo sus días, en la actualidad, alienado en una sociedad que habla un idioma distinto al de él, que posee códigos que no comprende y sucesos a los que no le encuentra explicación. Pero lo tolera, no porque quiera, sino porque aún no se dio cuenta de nada.

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Fascinaciones: El otoño.

Cargando sobre sus espaldas la fama, injustamente impuesta, de ser portador de tristeza, el otoño suele sorprender. Él, astuto, se rehúsa a los prejuicios y llena de pinceladas amarillas los árboles. Y éstos, con picardía, arrojan luego, paulatinamente, esas pinceladas al suelo. Y todo el paisaje se transforma en un cuadro pictórico de sutil exquisitez.
Claro que no todos los otoños son iguales; yo conozco dos –pero me han dicho que hay más-. Están los ocres y crujientes, que deben ser los responsables de la fama que asocia el otoño con la tristeza; y están los amarillos, vivos y suaves. En este último me quiero detener.
No hay nada más bello que un día de otoño –amarillo, vivo y suave- con un cielo soleado. Pero si además, en él, la mañana se erige con una temperatura que acaricia, y la ciudad se muestra dormilona; como cualquier domingo por la mañana; y los pájaros revolotean juguetones y a los gritos, entonces se está en presencia de un espectáculo natural único. Y uno se acuerda, al verlo, al sentirlo, lo bueno que es tener todavía, y pese a todo, la vida para vivirla.
Si alguien me dice que el otoño es triste, entonces sé que esa persona nunca vio lo que yo pude ver ayer.

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Proyecto Manhattan.

Por alguna razón Eiko se levantó temprano esa mañana del seis de agosto. La noche se había prolongado entre desvelos y pesadillas, provocando el extrañar más intenso que alguien pudiera alguna vez sentir. Algunas alarmas antiaéreas habían sonado, pero ese sonido aterrador ya era rutina en Hiroshima y no alcanzaba para atormentar el sueño de ella. Fue otra cosa lo que provocó el levantarse de la cama, un presentimiento cargado de poder. Se dirigió directamente a la puerta del hogar y encontró, tal como esperaba, la carta que había anhelado con ansias los últimos meses.

Amada Eiko:
Lamento no haber escrito más, pero aquí las cosas han girado hacia la catástrofe; cada día es una seguidilla de supervivencia entre la muerte y la desesperación. No puedes imaginar lo mucho que deseo estar a tu lado, en paz conmigo mismo. No puedo dejar de preguntarme qué sentido tiene todo esto, ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué debo matar a otros como yo? ¿Cuál es la razón?
Segundo a segundo el pasado vuelve y, por sobre todo, el arrepentimiento. Tal vez hayas tenido razón, no lo sé, es tan difícil pensar con claridad en este contexto… Podría haber desertado, lo sé. ¿Pero cómo seguir viviendo luego, sabiendo que he defraudado a mi patria, a mi tierra? El camino a elegir cada día se hace más nebuloso, y los caminos ya elegidos se borronean detrás de mí. ¿Dios quiere que esté aquí? ¿Nuestra tierra necesita de mi valentía? ¿Con qué fin?
Desde hace algunas semanas se vislumbra el final; algunos lo adelantan persiguiendo el suicidio, otros como yo, por ti o por la esperanza o por ambas, nos mantenemos con vida mientras los generales nos prometen que así seremos héroes. Pero ya no estoy tan seguro de nada; sólo que la muerte, y tu también lo sabes mi amada Eiko, me espera inexorable.


Sus ojos inundados le impedían continuar con la lectura. Sentía su garganta anudándose y un enorme vacío. El reloj marcaba las ocho en punto de la mañana y hacía varios minutos que las sirenas habían vuelto a sonar.

Me reconforta saber que mi sufrimiento y mi esfuerzo tal vez sirven para cuidarte a ti. Que mi muerte puede ser el motivo de tu vida. Esa es la fuerza que me impulsa, aunque a veces flaquea en el miedo, cuando tengo que ver a compañeros caer abatidos, o esperar por horas y a veces días encerrado en estas cuevas mientras las explosiones se suceden una tras otra, y el polvillo del temblor de la tierra cae sobre mí, y comienzo a desear que alguna bomba escupa su muerte lo suficientemente cerca como para terminar con mi vida; aunque por suerte o desgracia eso aún no ha sucedido.

Eiko, intentando salirse del dolor que la carta le provoca, alza la vista y mira hacia el exterior de la casa. Es un día soleado, realmente hermoso. La gente camina tranquila, inmutable pese a las sirenas. Son las ocho y diez de la mañana.

Cada día sueño contigo, con volverte a ver, con estar juntos. Sueño con los hijos que aún no hemos tenido, con llevarte a pasear a la rivera del río Ota, con tu piel, tus ojos. Sueño con esa mirada que me despidió hace dos años, que en su silencio decía miles de cosas. Sueño, sobre todo, con esa mirada arrebatándome de este infierno, llevándome lejos, a la paz del hogar, abrazándome y diciéndome que me perdonas por abandonarte, que me perdonas por cargar en mis hombros a tantas víctimas; prometiéndome esperanza mientras me susurras que el ser humano alberga aún algo más que mera muerte.
Pero son sólo sueños. La realidad es atroz. El amor, el nuestro, sólo es insignificancia ante la perversidad del odio que emana la humanidad. Quisiera, amada Eiko, ser mensajero de esperanza, pero he visto lo suficiente como para comprender que en la vida terrenal nuestro amor no tendrá espacio. Si existe la eternidad después de todo esto, entonces deberás saber que allí estaremos, juntos e inseparables. Mientras tanto, lo único que puedo decirte es que te esperaré en el otro mundo, tal como tú me esperas ahora, entre dolor y esperanza, durante cada suspiro, cada segundo y cada día. Gracias por llenarme de gloria, perdón por haber elegido el camino que nos separó.
Te amo eternamente, Iwao.

El reloj marca las ocho y cuarto apenas pasadas. Eiko, mientras dobla la carta y la aprieta contra su pecho, oye un silbido macabro. Sólo alcanza a levantar otra vez la vista; comprende poco, entiende menos; pero sabe que ese niño con el que cruza la mirada llora en su alma. El tiempo se detiene, las palabras de Iwao vuelven una tras otra. La eternidad, la eternidad. En el otro mundo. Te amo. La luz más brillante lo cubre todo, de pronto el infierno se hace terrenal. Calor, mucho, demasiado calor. Y al segundo siguiente todo lo que estaba ya no está, y sólo queda el silencio de la muerte evaporándose. Sólo queda la desolación que construye la destrucción de la mente humana.
Hiroshima, mon amour.

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La Plata era una fiesta.

Otra vez, como todos los años, el otoño llegó a la ciudad cargado de humedad. Hace días que el sol no se asoma, en cambio una atmósfera grisácea lo cubre todo como un manto nebuloso. Camino por la Avenida 51 mientras la noche comienza a esparcir un frío que atosiga. Atravieso la plaza San Martín y me veo sumergido en una especie de llovizna estática; que no es más que una niebla devenida en lluvia impalpable, tan fina que resulta imperceptible para la gravedad. Entonces se mantiene en quietud, flotando en el aire. Es extraño, pienso; porque sus miles de millones de diminutas gotas no llueven sobre mí, sino que yo lo hago sobre ellas. Podría, si pudiera, permanecer parado, quieto, y entonces esta niebla excesivamente gruesa o lluvia extremadamente fina no me mojaría, seguiría flotando estática alrededor mío. Pero al atravesarla, mientras camino, provoco el impacto con el agua ingrávida que se pega a mi ropa y mi rostro, humedeciéndome más de lo que quisiera.
Mientras cruzo calle 8, que ya es peatonal aunque la única que se dio por enterada es la soledad, apuro el paso. Sé que así no voy a mojarme menos, porque sigo siendo yo el que llueve sobre la lluvia; si quisiera dejar de mojarme, analizo otra vez, sólo debería detenerme, pero entonces no me escaparía del frío ni de la humedad que ya poseo. Apurar el paso sigue siendo la única alternativa, así llegaría más rápido a destino, donde estaré protegido de la lluvia que no llueve pero, por sobre todo, del frío que sí enfría.
Me sorprendo cuando descubro que en mi rostro –aunque no lo vea lo presiento- hay dibujada una sonrisa, como si las condiciones meteorológicas no fueran un obstáculo o una molestia; sino que funcionan para construir un espacio surrealista, donde las lámparas de mercurio de la calle se rodean de una aureola anaranjada, algo espectral, al igual que las luces de los vehículos. Y entonces, toda esa realidad fuera de foco, se tiñe de matices y vida, con reflejos que saltan desde los adoquines mojados hasta los vidrios de las tiendas, que se derriten incansables.
Al llegar a calle 11 y luego de pasar al lado del Teatro Argentino –que escondía toda su majestuosidad detrás de la lluvia inerte- giro y abandono la Avenida. Luego de caminar una cuadra llego a destino: el bar me recibe acogedor y cálido. Al entrar, primero hago una recorrida visual; pocas mesas están ocupadas, entonces selecciono rápidamente una sobre la pared. No conozco la razón psicológica de tal elección –que la debe haber-, pero lo cierto es que amo las mesas que están arrinconadas, como si así pudiera dejar que las paredes me abracen mientras yo, desde una esquina, observo todo el espacio.
Por un instante permanezco petrificado, viendo cada detalle del lugar. Es un típico café irlandés -esto lo presupongo porque jamás visité Irlanda, mucho menos un café de allí-, sus altas paredes están cubiertas, hasta una altura de un metro y medio desde el piso, por una madera oscura y muy bella, luego el verde característico alcanza el techo.
- Un café americano y dos medialunas, por favor.- Digo sorprendido al notar que la moza estaba esperando que yo vuelva a la realidad.
Mientras espero el café extraigo de mi bolso a Hemingway y otra vez me pierdo, aunque esta vez no en mi mundo, sino en el suyo; en esa París que parecía ser una fiesta -¿lo seguirá siendo?-, dónde artistas de todo el mundo convergían y desarrollaban, posiblemente, sus mejores obras. Entonces mi mente comienza a caminar por la estrecha rue Férou hasta la place Saint-Sulpice para luego girar hasta llegar a la rue de l´Odéon.
Debo haber viajado mucho, porque en un breve período de lucidez descubrí que, sobre mi mesa, ya estaba esperando el café desde hacía rato –supuse que hacía rato porque estaba frío, aunque cabe la posibilidad de que me lo hayan traído sin calentar, pero es muy improbable-.
Fue en ese momento, creo, que me di cuenta. Mientras afuera la lluvia seguía sin llover y el frío no dejaba de enfriar, y mientras yo viajaba mentalmente por allí noté que hacía mucho que no leía. No recuerdo exactamente cuánto, pero posiblemente un mes, tal vez un mes y medio. Y eso era imperdonable.
Debía, me dije –debo, me digo-, hacer una pausa, detenerme. Es hora –siempre lo es, pero a veces resulta imprescindible, como en este momento- de tomarme unas vacaciones para sumergirme mentalmente en otros mundos: cuando salga de la fiesta de París me iré a otro sitio, de la mano de Hemingway o de cualquier otro.
Y otra vez sobre mi rostro se dibuja una sonrisa y salgo del café a seguir lloviendo sobre la lluvia y a enfriarme con el frío; con apuro, para llegar a casa y comenzar a armar las maletas.

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Retorno a tus brazos. (*)

Luces blancas se aplastan contra el techo y el mundo entero se convierte en planicie, en absoluta chatura. Un miedo irracional se apodera de mí, su inmensidad es tal que ni siquiera puedo notarlo; como si la enormidad fuera inabarcable por mi insignificante existencia. Y alrededor de esa quietud, esa nada que mis ojos ven, hay un mundo desfilando que no quiero observar. Sé que están allí, sé que me miran, que sienten lástima, dolor o indiferencia; pero no puedo verlos. Mi universo se ha convertido en horizontalidad, en planicie, en nada.
De pronto todo se mueve; un traqueteo se desprende de las ruedas de la camilla y el techo, de inmaculada blancura, comienza a deslizarse desde mis pies hasta la cabeza; y continúa, superándola hasta que se pierde en la lejanía, dónde mis ojos no llegan. De vez en cuando, siempre en intervalos iguales, un tubo fluorescente es lo que se desliza sobre mí, pasando lentamente, con la pereza de los moribundos. Y cada vez que sucede, siento que a mis ojos llega más luz de la debida y mi mirada se reduce automáticamente, furtiva y herida.
¿Volveré a verte?
El pasillo parece eterno, repetitivo; con un patrón monocorde que podría continuar infinitamente; como el traqueteo de las ruedas de la camilla, fluyendo en un piso liso; o la presencia ausente del alrededor, invisible pero perceptible; y el miedo, el majestuoso miedo de saberme atravesando la relativa y finita extensión de la vida. Y lo noto; mis manos están humedecidas por un sudor helado, mi corazón late lanzando sangre a borbotones por mi cuerpo inmóvil y mis ojos tienen ganas de cristalizarse, de fundirse en agua salada, mientras mi mente da vueltas por el cajón de los recuerdos trayendo consigo imágenes aleatorias de una vida escasa que tiende a la desintegración.
Mientras descubro mi boca reseca, el techo se detiene al igual que el sonido de las ruedas. Mi cuerpo se paraliza; está por desatarse la guerra que decidirá mi destino, y será una guerra que viviré sin pelear. Pasos mudos se acercan a mí, los percibo. Por ambos costados aparecen personas con barbijos, parecen gigantes que me miran desde lo alto, imprimiendo su silueta en un techo gobernado por un potente sol artificial. Un líquido frío fluye por mi brazo. Me siento más pequeño, mucho más; con mi mente en blanco y una pesadez insospechada de los párpados que tienden a caer sin importar cuánta fuerza haga para sostenerlos.
Luego negrura. Absoluto silencio. Inconciencia. Rigidez. Destierro. No hay sonidos, no hay luz, no hay pensamiento, no hay razón ni recuerdos. La nada, sólo la nada. Un rayo de acero está atravesando mi cabeza intentando salvarme, pero yo no lo sé, no lo siento; no hay manera, mi alma no está, no existe. Todo es nada. Tampoco hay sueño, fantasía, dolor, o alegría; ni hay espacio para la vida o para la muerte, ni siquiera hay ausencia. Estoy y no estoy; como si un limbo oscuro hubiera absorbido cualquier despojo de todo. Negrura, nada más. Muerte y vida, librando una batalla ciega, una guerra muda, en el mundo dónde habitan los que no habitan ningún mundo.

El rayo de acero se sumerge en su enemigo purulento. La aniquilación es total.
De pronto, entre tanta nada, tanto silencio e inexistencia, surge un despertar tímido. Lo siento, a pesar de que mis ojos sólo quieran seguir mostrándome la oscuridad. Ya hay deseo, y por lo tanto hay vida. No sé dónde estoy, ni cuánto tardaré en terminar de volver; tampoco sé dónde estás, amor; pero sé que estás, porque te siento como siempre; aún cuando nada sentía, aún cuando no existía. Y te juro, amor mío, que lo único que quiero es regresar a tus brazos, para siempre; porque, al fin y al cabo, ese es el único lugar dónde mi existencia tiene sentido.


(*) Para la comprensión total del relato es necesaria la lectura del post `He vuelto... (con vida y viviendo)´

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Una huella voluble.

Afuera, el cielo era quebrado por relámpagos que lanzaban destellos fugaces, e iluminaban las gotas de la lluvia sutil que caía sobre la ciudad durmiente, llenando de destellos un cielo de infinita negrura. Mientras dentro de la sala, la pulcra ambivalencia del silencio, que no decía nada y a la vez denotaba todo, se refugiaba en los labios deseosos de otros labios deseosos. Como armas desafiantes, dispuestas a combatir, con pasión, eternas batallas ardientes. Y esos húmedos combates se dibujaban en su mente como traviesos pensamientos que correteaban vivaces y llenos de adrenalina, disfrazados de fantasías pudorosas, pero dispuestos a concretarse.
Había algo, en ese quedarse callado, que a él lo seducía enormemente; como si la ausencia de palabras pronunciadas pudiera ser suplantada por el juego de intentar ahondar en la mente del otro, con adivinanzas telepáticas sin firme concreción. Eran conversaciones con miradas, charlas que se desvanecían antes de erigirse, fugaces como el presente, que solían terminar con una sonrisa de ella, atiborrada de malicia actuada, o con un salto sorpresivo para colgarse del cuello de Ramiro y así poder lograr que sus besos chocaran de frente con los de él.
Pero todo ese conjuro que crecía alrededor de esos dos cuerpos desnudos, hipnóticos para la mirada del otro, tenía la mágica condición de ser cruelmente efímero, o tal vez más efímero de lo que él deseaba. Cada vez que Ramiro perdía su instinto en el cuerpo de Martina, la convicción de que ella era el amor de su vida crecía irremediablemente. Era una seguridad que lo hacía volar entre auroras boreales cuando estaba con ella, pero que la brevedad de los encuentros; y sobre todo la soledad, que es lo que le sigue a la brevedad; dejaba un fatídico dolor sumergido en sus entrañas.
Ramiro sabía que ella tenía dos habilidades que se perfeccionaban más y más con el tiempo; Martina hablaba únicamente a través del silencio y el silencio nunca decía lo que su corazón sentía. Ella era, para él, un inmenso interrogante que se formaba con implacable prolijidad, sin dejar nunca al descubierto una verdad. Y ese misterio fascinante que la envolvía era parte de lo que Ramiro amaba, pero también complotaba para que el adiós sirviera para afilar la soledad, el abandono.
Los encuentros eran esporádicos y jamás premeditados; siempre, y como la primera vez, ocurrían porque antes la casualidad los cruzaba en la universidad. Y las miradas, cuando se miraban, los atraía como poderosos e infalibles imanes. Inmediatamente, los dos resignaban cualquier plan que la agenda les tenía preparado y se escapaban juntos. Las palabras audibles escaseaban, tal vez decían un “hola”, o un “vamos”; pero no mucho más. Lo que seguía eran las largas conversaciones silenciosas, las adivinanzas telepáticas, los besos y lo efímero.
Para Ramiro la casualidad se presentaba muy ocasionalmente, entonces, controlado por su amor, pasaba más tiempo en la universidad del requerido, buscándola, desesperado por verla, intentando forzar la causalidad. Y siempre, en cada búsqueda, hallaba alguna huella de Martina, como migajas o retazos de ella, tal vez un detalle perdido que sólo él podía adivinar. No eran más que huellas volubles, insignificancias por separado que juntas cobraban sentido en la mente de él. Y así Ramiro apaciguaba la ansiedad y las ganas de verla, y podía sobrevivir los largos tiempos intermedios.
En eso pensaba cuando la miraba, allí desnuda, preguntándose si ella le estaría leyendo la mente, si podría comprender cuánta falta le hacía oír de sus labios lo que su corazón sentía. Mientras afuera la lluvia y los relámpagos continuaban, Ramiro sabía, adentro, que la cuenta regresiva estaba en marcha y que acabaría como siempre; ella partiendo y él esperando una nueva casualidad mientras buscaba huellas volubles. Como si verdaderamente le hubiera descubierto la adivinanza telepática, Martina se levantó y comenzó a vestirse.
Al mirarla partir, Ramiro comprendió que amaba hasta sus defectos, pensó que por lo menos Martina firmaba su partida con el abandono, mientras otras se excusaban con mil argumentos más o menos ciertos, pero que nunca antes habían dicho. Luego sintió que eso era sólo un intento por complacerse. El ruido de la puerta cerrándose retumbó en el vacío, conjugado con el tronar del cielo que lloraba su furia.
Se recostó abatido en la cama, tratando de convencer a su amor para que busque otro cuerpo donde refugiarse. Cerró los ojos, pensando en qué huellas o migajas encontraría en la búsqueda del día siguiente, preguntándose cuándo será el nuevo encuentro, por cuánto tiempo más podría resistir estas sucesivas despedidas, que ya llevaban dos años, y odiándola y amándola de la misma manera. A lo lejos perdido, en su mente casi dormida, oyó un golpeteo. Abrió los ojos, permaneció inmóvil, casi sin respirar por varios segundos y el golpeteo volvió a oírse. Ramiro saltó de la cama, supo enseguida que alguien golpeaba la puerta.
- ¿Por qué me dejas ir? – dijo Martina cuando la puerta se abrió. Estaba totalmente empapada, temblando de frío y con los ojos llorosos. Cobijaba la mirada más sincera que Ramiro hubiera visto jamás.
- ¿Y por qué te vas?
- Porque jamás me detienes.
Miles de adivinanzas irresueltas de pronto obtuvieron sus respuestas, como si la palabra audible se hubiera hartado de tantos misterios sin resolver y, entonces, lanzó sobre ellos un sin número de verdades que vencieron a tanta telepatía absurda, a tantas migajas, a tanta huella voluble.

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Inevitables vueltas de la vida.

Se despertó abrazado a la soledad, mientras la tarde ingresaba empequeñecida por la claraboya y el frío invernal brotaba desde cada espacio vacío, helando los suspiros exhalados y cubriendo de un tono opaco cada brillo de luz. Su rostro corrugado; que había sido testigo de miles de noches largas que morían inconcientes y etílicas, cuando comenzaban a saber a locura, a violencia y vómito; permanecía desdeñoso frente a su propio reflejo molido, que el espejo devolvía sin atenuantes. Nunca se había llevado bien con el entorno real que la sobriedad le ponía frente a sus ojos y, entonces, se escabullía ofuscado a recovecos oscuros, en donde las miradas juiciosas no podían tocarlo y dónde podía tomar sus amadas bebidas. Allí, por horas, se quedaba besando a la adicción, que fue siempre su única compañera fiel.
Semidesnudo, con su enfado habitual, permaneció en absoluta quietud frente al espejo, intentado matar las ganas desenfrenadas de ir a la alacena en busca de algún whisky barato, que le ahogue la sed y las penas. Trató de comprender cómo la vida había correteado sin rumbo a lo largo de los años, y cómo ahora la verdad se desvanecía, cuando tomaba conciencia de que el tiempo no transcurría; sino que permanecía impávido, absolutamente estático, y que por el contrario, él fue quién atravesó al tiempo.
Era sólo un adolescente cuando empezó a disfrutar de la bebida y a perder lenta, pero inexorablemente, sus rasgos aniñados, su expresión de carilindo. Y florecieron paulatinamente miles de gestos toscos, acompañados por una voz reseca y tronante que alimentó un lenguaje callejero, algo bruto pero, por sobre todo, extremadamente escueto.
La infinidad de cicatrices que ahora el espejo le dibujaba en todo su cuerpo; algunas apenas visibles, perdidas en medio de profundas arrugas añejas, y otras latentes; eran la prueba cabal de que no había sido un niño bueno, mucho menos alguien pacífico. Jamás respondió a un insulto o un agravio con la boca; siempre el primer paso fue un golpe. Y el alcohol le ayudaba a encontrar insultos y agravios incluso dónde no los había. Noche tras noche, por años, salía de su casa con el único fin de emborracharse y encontrarse, a la vuelta de cualquier esquina, con alguien que le recordara a él mismo en estado de sobriedad; y luego lanzaba su repertorio de trompadas.
En el camino hubo varios amores fugaces, que dejaron más o menos dolor, pero ninguno tan fuerte como para soportar la subsistencia dentro de su cuerpo embriagado, a excepción de la última mujer con la que durmió. Con ella tuvo una hija y un motivo para vivir; pero no lo supo ver; los vicios y su carrera a través del tiempo provocaron la separación inevitable, hace ya tres décadas. Y en la actualidad, las neuronas que el alcohol no venció, no alcanzan para permitirle recordar su nombre, ni siquiera puede completar mentalmente el rostro de la beba que alguna vez tuvo en brazos. Como si fuera un sueño incompleto, o un hecho de la realidad del que no tiene pruebas, y por lo tanto se desvanece cargado de inexistencia.
La inconciencia, que durante tanto tiempo lo gobernó, comenzó a extinguirse la semana pasada, cuando despertó en una sala hospitalaria y los médicos le informaron que no podría seguir atravesando el tiempo mucho más, que su carrera estaba acabando, con amplia derrota.
Era eso, exactamente lo que la sobriedad le permitía ver en el espejo, la indeclinable imagen de la derrota absoluta. Entonces, al comprenderlo, su rostro perdió cierta tosquedad, y un gesto misericordioso hacia él mismo lo apoderó. La fatalidad se vislumbraba cercana y el único color verdadero; el negro, el color que ven los muertos; cobró vida en sus ojos. No pudo, por más que quiso, completar el rostro de su hija, darle existencia al recuerdo, pero supo cuánto la extrañaba y cuánta falta le hacía. Inevitables vueltas de la vida.

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