Lamento haber estado ausente tantos días. Debo admitir que me he sentido con culpa, pero por más que lo he intentado, no pude escribir nada. Cuando se acerca fin de año una ansiedad espantosa me envuelve y ese poderoso sentimiento me arrebata cualquier migaja de creatividad. Entonces no voy a forzar nada y sencillamente dejaré que mi musa se tome sus merecidas vacaciones; yo, porque no queda otra, la perseguiré y viajaré de vacaciones hasta entrada la segunda quincena del año que ya comienza a asomarse.
Finaliza un año difícil, pero este final cobija en su interior una luz de esperanza, que brilla cada día con más fuerzas. Y esa luz se desprende de cada uno de ustedes, que día a día visitan este mundo. Y ahora que lo pienso ya no me siento tan solo, ni yo ni mi mundo; porque ahora ya son miles los que conviven conmigo en este planeta de letras, cargado de nostalgia, con ese dejo de tristeza que les transmito, y así y todo me agradecen (¿les gustará sufrir?).
Por eso, dejándole un abrazo enorme a todos, comienzo a armar la valija, donde llevo cada uno de sus comentarios, de sus hermosas palabras, y comienzo a emprender el viaje que me lleva, como siempre, a ninguna parte. En algún lugar, lo prometo, me reencontraré con mi musa y volveré, aunque nunca me haya ido, de nuevo al mundo que juntos construimos, que juntos habitamos y que juntos intentaremos cambiar.

Por último, lo único que me queda por decirles es: ¡¡¡Muy felices fiestas!!!

(Y no me extrañen mucho)

//Próximo Post: Enero de 2007//

Lágrimas que no alejan dolores.

Abrió sus ojos y se encontró convertido en desperdicio; arrojado en el piso, rodeado de mugre y desenfreno. Observó con mirada perdida las botellas vacías a su alrededor y el denso olor a alcohol derramado, a vómito fermentado. Descubrió, de pronto, estar habitando en un mundo de subsuelo, de marginación y soledad. Se puso de pie con movimientos toscos, propios de quién aún no ha despertado totalmente, o aún no está tan muerto como quisiera. Caminó esquivando su propia mugre y al ingresar al baño, y verse reflejado en el espejo, iluminado por una luz tenue y decadente, sintió pena de sí mismo.
Algo no estaba bien y él lo sabía; desde hacía un tiempo la vida se había encargado de atormentarlo cruelmente, con una saña injustificada. Ese martirio había comenzado con la muerte de su gran amigo de la infancia, su hermano del alma. Ese golpe inesperado, causado por una enfermedad impía, fue doloroso y lo suficientemente poderoso para dejar un dolor infinito en él. A duras penas lo superó, o por lo menos siguió viviendo; sabiendo esta vez que la vida es tan finita como pasajera.
Con el tiempo descubrió el significado de la palabra amor; su corazón se rindió a los pies de esa muchacha divertida, de mirada pícara y bondad incondicional. Podía adivinarse su amor con sólo verlos a la distancia y no era difícil imaginarles mil futuros, todos felices. Con el embarazo, felizmente sorpresivo, buscaron hogar, nombres y decoración para la habitación del nuevo integrante de la familia.
Usaron cada centavo que disponían y disfrutaron como niños esos nueve meses de ansiedad, nervios y entusiasmo. El día de nacimiento hubo otra sorpresa; las ecografías estaban equivocadas y quién iba a ser Lucía debió llamarse Lautaro. Fue un parto largo, pero los dos lo vivieron tomados de la mano, a sabiendas de que ese momento era único. Pero otra vez el destino se encargó de tirar abajo el castillo de arena.
Lautaro nació con una malformación en su pequeño corazón. Nada había para hacer. Murió a las veinticuatro horas.
La noticia fue tan dolorosa que las palabras que servirían para describirlo aún no existen. Parecía que, sin embargo, el amor que los unía a ambos era capaz de vencer cualquier cosa, incluso esta. Pero la llegada a la casa desde la clínica fue el principio del fin: la cuna, los juguetes, el cambiador, el rosa de la habitación, los pañales sin usar y los llantos ausentes, el silencio, las risas acalladas, la pena inacabable. Todo funcionaba como un cóctel demasiado fuerte para almas tan limpias.
El amor se convirtió en distancia y la distancia en desamor. La separación fue la única vía de escape.
Él armó maleta liviana y viajó lejos. Intentó hallar en el silencio alguna respuesta, pero no sabía que sobre su espalda se montaba el dolor más grande, incapaz de dejar atrás. A dónde iba lo seguía. Y por momentos, en el silencio se fabricaban llantos desesperados que parecían salir de ningún lado, pero que llegaban de todos. Las lágrimas secas y apagadas eran su único alimento, su única respiración.
Volvió maltrecho. Fue a buscarla a ella. Lloraron abrazados por horas sin decir palabra. Sólo lloraban, sólo se abrazaban. Luego se prometieron volver a intentarlo. Y lo hicieron, se mudaron juntos y unos pocos meses alcanzaron para demostrarles que lo suyo ya estaba terminado. Veían en los ojos del otro el reflejo de ese niño que ya no estaba, y que no volvería.
Luego de la separación, él volvió a armar maleta, pero esta vez, en vez de llevar kilómetros, llevaba adicciones. Intentaba ser una vía de escape a todo, incluso a él mismo. Ni las drogas ni el alcohol, ni las dos juntas, alcanzaban. Y ese día en que se despertó durmiendo en el piso de una sucia habitación de pensión gris y observó su reflejo en el espejo creyó entender, de pronto, que ya todo estaba terminado.
Volvió al cuarto y comenzó a juntar las botellas, a limpiar el piso. Al terminar se sentó en una silla y rompió en llanto. Lloró por horas, esta vez abrazado sólo a sí mismo. Abrazando su alma. Cuando ya no hubo nada por qué derramar lágrimas permaneció quieto, en silencio. Así, sin dormir, sin comer, y sin vivir, se detuvo a esperar la muerte.

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Hace 22 años...

Hoy, 7 de diciembre, es un día especial, no sólo porque es mi cumpleaños, sino porque es un día que pudo no haber llegado. Y eso es lo que se festeja, lo que cada mañana al despertar debe festejarse: un día más, porque de esos pequeños retazos es que la vida se compone. Lo único que poseemos es el día a día. El hoy.

Y por eso, en este hermoso día quiero agradecer a las más de once mil personas (y contando) que hasta el día de hoy han caído; por destino o azar, como siempre; en este blog, este pequeño mundo construido de letras viscerales. De letras que salen indefectiblemente de lo más profundo del alma.
No sé si hace 22 años, cuando nací, sabía a qué había venido al mundo. No sé si lo sepa hoy; pero no importa tanto eso. Porque en este tiempo pude descubrir que las utopías no son tan utópicas, ni los fracasos nunca tan rotundos, y los éxitos no existen, como mucho menos el futuro. Lo que nos queda son los sueños de hacer lo imposible; lo que me queda es escapar de la resignación y el conformismo.Lo que me quedan son las letras, y ustedes, y estos nuevos 22 años que por mucho que se hicieron rogar, por fin llegaron.

Muchas gracias (a ustedes), a mi familia, a mis amigos, a los médicos que me regalaron este día y cada día de mi vida y; por sobre todo, y muy especialmente a Flor, el alma de mi alma.

//Próximo post: Domingo 10 de diciembre//

Las vías de la vida.

Sus vidas corren como rieles; paralelos, muy cercanos, siempre a la par, pero sin tocarse jamás. Son sólo viajeros en una vida que no conduce nunca a alguna parte, y en ese viaje se buscan, sin saberlo; sienten en su interior que algo les falta, como si un trozo de su corazón estuviera ausente o marchito. Desconocen la causa, sólo cargan con resignación esa tristeza indeleble que cada mañana azota, que por las noches desvela y que con cada segundo se hace más grande.
Son hijos de la injusticia, producto de la prepotencia; pagan los platos rotos de épocas oscuras, demasiado oscuras, dónde las sombras cobraron vida y le arrancaron la luz de la vida a demasiadas personas. Son hijos de sótanos de padres que ya no están, son hermanos, son testigos anónimos de un trozo de historia y buscadores de algo que no saben qué es.
Fede tenía cuatro años esa noche; cuando un fuerte estruendo lo despertó. Luego oyó gritos y, por instinto, se resguardó debajo de la cama. Escuchó a su madre gritar, escuchó voces crueles insultar a su padre, vio los pies de alguien que entró a la habitación a mirar, le vio un arma colgando; luego los pasos que se alejaban, los gritos que se marchaban, un auto acelerando y el aterrador silencio que lo gobernó todo. El silencio de la soledad, el silencio de los desaparecidos.
Corrían los años de la dictadura argentina; pero Fede poco entendía de esas cosas. Lo único que entendió es que debía permanecer toda la noche escondido esperando el amanecer. Y eso hizo. Luego, cuando tomó coraje salió de su casa y golpeó la puerta de Selva, una adorable vecina que lo cuidó y crió como si fuera un hijo propio.
Quién entiende menos es Álvaro; él recuerda una niñez medianamente feliz, en familia acomodada, madre ama de casa y padre militar. Con el pasar de los años descubrió ciertos vacíos en su vida, piezas que faltan en su rompecabezas. Pero ese descubrimiento se vio relegado detrás de uno peor; cuando su supuesto padre le confesó haber participado en las misiones secretas de los años oscuros. Álvaro no lo dudó, y siendo un adolescente abandonó la casa, no soportaba vivir con un asesino. Pero se marchó antes de saber que esos no eran sus padres biológicos; antes de conocer que su madre lo parió dentro de un calabozo húmedo y oscuro, que a ella la asesinaron poco después y que a él le robaron su identidad, y su vida.
Fede creció extrañando a sus padres y agradeciendo a la vecina y queriéndola como a una madre. Ahora entiende lo que pasó, lo que no sabe es que su madre, cuando fue secuestrada, tenía un embarazo de un mes.
Álvaro se las arregla para subsistir trabajando y estudiando. Recibe cada mes, de mala gana, un sobre con dinero que le envía su supuesto padre. Eso le dio la posibilidad de mantener sus estudios universitarios que ahora, luego de mucha lucha, está por terminar.
De niños, vivían a tres cuadras y asistían al mismo colegio, jamás intercambiaron palabra y su diferencia de edad nunca les dio la posibilidad de compartir, por azar o destino, una actividad juntos. Una vez se cruzaron y miraron a los ojos. Ambos pensaron algo, mientras su corazón lanzaba gritos sordos, fue de esas miradas que se extiende en el tiempo, que dice mucho sin saber qué. Pero sus pasos no se detuvieron y los dos siguieron caminos separados; paralelos, pero sin tocarse.
Sus vidas se empeñan en ir siempre cercanas; los dos estudiaron trabajo social en la misma facultad y ahora, a los treinta y dos años de Fede y veintiocho de Álvaro, vuelven a vivir tan cerca y tan lejos; una cuadra, sólo una, hay de uno a otro.
Ambos apoyan su cabeza en la almohada a horas similares y los dos se detienen a pensar qué es eso que sumerge su vida en una tristeza despampanante y una ausencia que cada vez duele más. Así pasan las horas, antes de que puedan dormirse. Se extrañan sin conocerse, se necesitan sin saberlo.
El tiempo les construirá destinos similares y seguirán avanzando a la par pero nunca de la mano. Son las huellas del pasado las que aún hoy azotan, son las heridas que no sanan, los milagros que no siempre suceden.
Tal vez en algún momento vuelvan a cruzarse y a uno se le caiga algo y el otro se lo alcance, tal vez crucen miradas y siguiendo su instinto alguno invite al otro a tomar un café. Tal vez puedan hacerse amigos y las casualidades le muestren la verdadera identidad de cada uno. Y así, solo así, podrán enlazarse en un abrazo fraternal, infinito, como las vías de la vida.

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El fin de la búsqueda imperfecta.

Anita despierta cada mañana en una gran cama vacía; pero no se queja, de alguna manera, ya a sus cuarenta y tantos, ha aprendido a convivir con el silencio de un hogar que nunca le pregunta cómo anda o qué necesita, que nunca la abraza ofreciéndole consuelo. Hoy alberga en su corazón tan sólo resignación y una docena de nombres de parejas que no funcionaron.
En toda su vida ella ha depositado infinidad de veces muchísimo amor y esperanzas al comienzo de una nueva relación, pero nunca funcionó. Anita sembraba sueños románticos y cosechaba despedidas dolorosas. Podría pensarse de ella que es una mujer complicada, pero no es cierto; posee un corazón y una bondad tan gigante como su anhelo por encontrar felicidad, es una persona íntegra, de esas que nunca fallan. Anita es vulnerable, pero fuerte a la vez, posee un gran carácter; y porque ella jamás traicionaría es que jamás perdona una traición.
Tampoco lo perdonó a Marco, su última pareja, cuando le conoció amante. Estuvieron cuatro años, la pareja funcionaba bien aunque nunca de manera maravillosa. Anita coqueteó durante ese tiempo con un prototipo de felicidad, pero en su interior sabía que algo, no sabía qué, no alcanzaba a llenarla. Igualmente planearon futuro; la boda y los hijos eran proyectos sobre base concreta. Porque ella siempre soñó con ser mamá, y se nota; es de esas mujeres que se desviven al ver a un niño, se las puede ver babear, se puede comprender al instante que sería una buena madre, posiblemente excelente.
Pero Marco, hastiado de rutina hogareña y sexual, encontró compañera de aventuras. Anita se enteró cuando un día, por eso del azar, debió volver antes a casa: los encontró en pleno desenfreno, en su propia cama. Anita no levantó la voz, ni siquiera habló; se acercó a ambos, la tomo del brazo a la susodicha y la acompañó hasta la salida, luego volvió y ante la atenta mirada de un Marco aún desnudo armó una valija, la colocó en la mano de él y lo acompañó hasta la puerta. Anita no le dijo ni adiós, tampoco lo insultó, sólo calló. Sabía que era el fin de una relación y la conclusión de un nuevo fiasco amoroso. Cuando cerró la puerta se sentó en el suelo, así permaneció varias horas, en soledad, sin llorar y sin soñar, como si fuera un preámbulo de su nuevo futuro. A él no lo volvió a ver; de alguna manera lo entiende, ella también era conciente de que cuando estaban juntos a las sábanas le hacía falta un poco de sal, y mucha pimienta. Sabía que, sin saber el motivo, nunca pudo entregarse sexualmente a ninguna pareja. Marco no fue la excepción, pero si fue el último hombre con el que Anita ha estado, hace ya casi seis años.
Desde entonces Anita ha hecho de la soltería una religión, cuyo dios es impío y cruel. Pero no le queda otra. Aunque ya está cansada de asistir a bodas ajenas, de ver a todas sus amigas construir grandes familias, de ser la organizadora indiscutida de cada despedida de soltera, de ser la amiga perfecta, la que siempre atiende el teléfono, la que escucha y no tiene nada que contar. De lo único que no reniega es de sus ahijados; tiene cinco, todos hijos de amigas. Son la luz de sus ojos, se vuelve loca por cada uno de ellos, es la madrina soñada: amante de los niños pero sin hijos propios.
Pero no cabe duda; todos los que la conocen la miran con cierta lástima. Es que Anita se hace querer, y su soledad y tristeza causa empatía. Y por más que le presentan, en el trabajo o en la familia, un candidato nuevo cada semana, Anita ya no hace ni el intento, está gobernada por la experiencia y el miedo. Pero por sobre todo, por una sabiduría aún inculta, que le dice que jamás hallará a un hombre que la haga feliz.
Hay quienes dicen que la vida guarda siempre un as en la manga, una segunda oportunidad. Pero es mentira, en la vida de Anita lo que no hacía falta es una segunda oportunidad, sino una primera. La realidad señala que la vida lo que sí cultiva son aprendizajes, y aunque algunos llevan muchos años, demasiados tal vez, a sus cuarenta y dos, Anita aprendió algo.
Por trabajo debió viajar a ciudad con vista al mar; allí hizo un curso acompañada por compañera de trabajo con la que nunca había entablado conversación. Resultó que Silvi, así le dicen a ella, también es soltera. Y en sus treinta y ocho años tampoco ha encontrado una pareja que le de felicidad. Compartieron habitación y en la segunda noche, tras horas y horas de conversación y risas a carcajadas, descubrieron entre ellas una fuerte química. Luego de entender y aprender que sus búsquedas estaban mal orientadas dieron paso a la física; ambas se entregaron al amor pasional y las estrellas brillaron esa noche más de lo normal. Anita descubrió qué es un orgasmo y el placer verdadero.
Están felices, ambas, y preparadas para dar la noticia en sociedad. Anita siempre soñó con ser mamá, y aunque no va a ser de la manera que pensaba, cree que podrán adoptar. Al fin y al cabo, tal vez la vida sí posea ases en su manga. Y está bien que así sea.

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Entre real y onírico.

La ruta se extiende aparentemente eterna hacia delante, sus manos transpiran mientras sujetan el volante con fuerzas. Tiene miedo, mucho miedo.

Abandonó la ducha sumergido en algún pensamiento banal efímero, y mientras se vestía oyó los pasos y gritos apresurados de una mujer alterada. Luis salió del baño rabioso; al pasar al lado de un armario le llamó la atención un papel entre muchos papeles. Pero siguió su ruta y se encontró en la puerta, casi chocándola, a su ex cuñada; profundamente sacada de sí y soltando gritos que carecían de pudor y ubicación, por encontrarse en casa ajena. Luis la tomó del brazo con fuerzas y le dijo calmadamente pero con autoridad que se marchara, que su hermano no estaba allí.

- Ya lo sé, dile que no quiero que se meta más en mi vida y menos en la de mi novio. – Dijo ella conteniendo su voz para no elevarla, pero guardando en su tono una furia incomprensible.
- Está bien, ¿Por qué no te vas?
Ella le arrojó una mirada asesina a Luis, y luego le tiró en la cara un papel arrugado.

- Y que no le mande más cartitas estúpidas a mi novio.
Luis sintió algo inmediatamente; algo no estaba bien. Su hermano no era así.

- ¿De qué carta hablas?
- De esa –dijo ella señalando el papel que le acababa de arrojar-, se la mandó a mi novio diciéndole cómo supuestamente debe tratarme y no sé cuantas estupideces más.

Ahora, ese papel que sobresalía en el armario, cobraba, por razones aún desconocidas, una trascendencia mayor. Luis pensó muchas cosas de manera veloz, lo primero que hizo fue empujarla del brazo hasta sacarla de la casa y luego corrió hasta el armario. Mientras se acercaba los pensamientos se cruzaban de manera aleatoria y confusa. El hermano se había separado hacía algunos meses de su novia, y Luis lo había encontrado extrañamente afectado, más de lo usual. Llegó al armario oyendo sólo los latidos de su corazón apresurado, el papel seguía sobresaliendo de los demás, casi como contuviera un brillo extraño, un brillo de grito desesperado. Luis lo tomó y todos sus miedos se construyeron sobre las acertadas suposiciones previas. La carta era un escueto adiós, con letra manuscrita, de alguien que está pensando en quitarse la vida.
Los pensamientos se instauraron, esta vez, con mayor orden en la cabeza de Luis. Recordó que anoche su hermano, Ale, se había acostado más temprano que de costumbre, aludiendo un cansancio supremo; también le vino a su mente, no sabe por qué, la pregunta que Ale hizo hace unos días: quería saber exactamente a qué distancia quedaba el lago de la ciudad. Y Luis, ahora que hacía fuerzas para que ningún detalle pasara desapercibido recordó, o creyó recordar, cerca de las seis de la mañana la puerta que se cerraba.
Luis corrió hacia el garaje y encontró el automóvil de su hermano aún estacionado, tal como lo preveía. Así era su hermano, no sabía por qué, pero Luis tenía la certeza que Ale había caminado hasta el lago, y eso lleva un par de horas como mínimo. Sin dudarlo Luis subió al automóvil y aceleró al compás de su corazón alborotado.

La ruta se extiende aparentemente eterna hacia delante, sus manos transpiran mientras sujetan el volante con fuerzas. Tiene miedo, mucho miedo. Y bronca, no entiende como no pudo darse cuenta; como no pudo ayudarlo. La llovizna cae de manera copiosa, de lado por el fuerte viento; el día está muy gris, con nubes muy espesas y oscuras, no parece la hora del día que es, todo el ambiente oculta un espectro algo siniestro, y un olor a desgracia gira en torno a Luis que siente que, a pesar de dejar al motor rugir en las seis mil revoluciones, la ruta pasa en cámara lenta por debajo del automóvil y no importa cuánto acelere, nunca es suficiente. No se imagina la vida sin su hermano, no; no entra en ninguna cabeza, no es posible, no, no sería humano vivir así, no.
Llega al lago que sólo puede reflejar el gris del cielo pero con menos luminosidad, por lo tanto no es más que una mancha negra en el medio de la nada, una mancha que sólo cobra vida por la lluvia que recibe y por el oleaje que el viento forma en su superficie. Luis estaciona el automóvil y corre; vió en el extremo del espigón, que ingresa unos doscientos metros hacia el corazón del lago, una figura, casi inconfundible. Ese lugar, que ahora está desértico, en realidad es un lugar turístico por naturaleza y los fines de semana se puebla de gente, familias enteras con hijos y mascotas. Pero ahora sólo alberga el silencio y la desolación, el miedo y la muerte, el pasado el futuro que se desvanece.
Luis corre tan rápido como puede y la silueta comienza a tomar forma, mientras la lluvia sigue cayendo incesante y todo el entorno cobra cierto aire misterioso, como si las gotas de lluvia fueran arrojadas por el cielo pero como si, también, se desprendieran del agua del lago, y el viento hace un gran remolino alrededor de ellos haciendo danzar al agua.
Sí, es su hermano. Luis se detiene unos cinco metros por detrás, Ale está de espalda, sosteniéndose de la barandilla pero del lado del agua, apoyando medio pie en el cemento del espigón y el restante en el aire gris. Como si hubiera podido sentirlo, Ale se da vuelta y lo mira a Luis. No hablan, ninguno de los dos lo hace, pero con sus miradas se leen los pensamientos. Luis adivina lágrimas en los ojos de Ale, disimuladas por la lluvia, pero están ahí, él lo sabe.

- Vine en cuanto pude- Piensa Luis; le piensa, sin decirle.
- Te necesitaba- Piensa esta vez Ale.
- Lo sé, lo sé.
- Casi hago…
- Vamos a casa.

Ambos bajan la vista. Luis se acerca lentamente mientras la lluvia cesa y el día se hace más oscuro aún. Ale pasa por sobre la barandilla, de su muñeca sale sangre, pero aún posee fuerzas para rendirse en los brazos de Luis: que lo cobijan, que lo sostienen con fuerzas. Como siempre.
Ambos caminan lentamente, abrazados. Algo detrás de todo eso parece un sueño cruel, pero sea como sea, es el fin de una tragedia que no pasó, es el fin de una pesadilla, el fin de lo onírico.
//Próximo post: Jueves 30 de noviembre//


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Pequeños inocentes.

Lo he visto, parado como un gran hombre, en ese pequeño cuerpecito, abstraído, maravillándose con un pájaro levantando vuelo, o sorprendiéndose al sentir su primer escalofrío. Sí, juro haberlo visto hacer de cada día un gran descubrimiento, un mapamundi de secretos revelados, de misterios por resolver. Pude verlo, también, concentrado por extensos minutos en extraer pequeños trozos de piel de los costados de sus uñas minúsculas, en esos deditos traviesos y exploradores.
Pude observarlo por horas, extensas horas, y aún no logro comprender la vida tan bien como él, continúo sin explicarme como esos ojos pueden albergar tanta inocencia, tanta paz. Parece rodeado por un aura que aniquila cualquier retazo de maldad que intente acercarse, que lo protege y es alimentado por esa voz rebalsada de dulzura.

- Vení tiíto.

Y el mundo se derrumba, automáticamente los problemas se hacen trizas, cualquier pesimismo desaparece. Y allí está él, ofreciendo todas sus fuerzas a un solo objetivo; hacer girar la calesita. Y me acerco mientras me observa y se sonríe; él sabe lo que está a punto de pedirme y yo también. Nos entendemos, una picardía es dueña de todo el ambiente.

- Subí tiíto.

Otra vez esa voz, ternura por doquier. Obedezco, y ya estoy sumergido en su mundo; en un mundo donde no hay temores estúpidos, donde el concepto del ridículo no se comprende, y está bien que así sea. Estoy, entonces, parado en una calesita en medio de la plaza, dando vueltas como un niño en un cuerpo adulto, siendo impulsado por él. Tiene inocente poder, lo sabe y le gusta; cambió los roles, ahora es él el que manda, el que decide la velocidad, el que decide todo.

- ¿Querés que te haga girar yo ahora? – Le pregunto un poco inundado por mi incomprensible incomodidad de racionalidad adulta.
- No, tiíto, vos reíte.

Claro, que estúpido fui; está enseñándome a vivir, está mostrándome nuevas sensaciones. Me abrió la puerta de su universo y me empujó por el umbral. Y entonces me percato que no somos distintos, que no todo lo sé. Quiere gritarme que aún queda mil cosas por explorar, que el valor de todo está en el descubrimiento, en la exploración de las nuevas sensaciones.
Y entonces caigo rendido; y no puedo detener una carcajada mientas sigo dando vueltas de pie en una calesita, en medio de una plaza llena de gente que me mira, y me envidia. Y una mirada cómplice nos une, y nada más importa, nada más existe.

(Una tarde con Alain; mi sobrino)

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Ecos solitarios.

Noches sobre cenizas.


Merodea por las calles oscuras desde hace años; ocultándose rabiosamente de las multitudes; evitando el ruido excesivo, las palabras sin sentido de los huéspedes de la urbanidad. Noctámbulo por naturaleza, él es habitué de antros capaces de dar cobijo a cualquiera que quiera divorciarse de la soledad y el desamparo por un rato. Conoce estrictamente como la noche se mueve, a qué lugar ir cada día, para así terminar en un bar con dos o tres desconocidos más que, como él, hallarán en el oído anónimo al mejor amigo se sus vidas, con la virtud de que esa amistad caduca, inevitablemente, con el amanecer.
Así es como, entre gris y negro, Gaspar construye sus días, habitando mesas en recovecos, arrinconadas al desprecio, envueltas en un cono decrépito de luz amarga y pálida; luz que baila coqueteando con el humo que se escabulle por entre los labios de Gaspar, una y otra vez, logrando hacer de su atmósfera un basural intangible de tabaco nauseabundo. Allí, con movimientos cuya lentitud es su principal fuente de vida, observa, callado, el vacilar de las agujas del reloj, con su gesto maltrecho de odio indefenso, mientras los cubos de hielo se empequeñecen hasta terminar siendo parte del whisky aguachento de origen dudoso; y Gaspar le da otra pitada a su cigarro, y luego separa en cámara lenta sus gruesos labios dejando escapar el pesado y gris humo que se desliza indeciso hasta que, a medio metro, su columna se quiebra y sus rumbos se separan hasta disolverse en viajas pitadas, en antiguas columnas de distintos dueños.
Tiene la habilidad de convertir cada movimiento en un ritual, en una larga ceremonia de rígido protocolo, la habilidad de convertir su vida en una sucesión de días cuya finalidad nunca está del todo clara. Gaspar ha guardado ambiciones para usarlas nunca jamás; creció hace mucho como chico bien de una sociedad elitista, fue abogado, licenciado en letras y pecador asiduo. Luego de la muerte de sus padres se encargó de hacer de la herencia un sueldo modesto cada mes, eternamente. Y entre vida sencilla, siempre noctámbula, creyó poder ensamblar palabras con cierta habilidad en manuscritos que nunca llegaron a ser arte. Sin embargo, en esas confesiones con murciélagos como él, siempre menciona que es escritor, y cuando está de suerte y halla a alguien que comparte gustos literarios su rostro se transforma y un tímido brillo aparece en sus ojos. Allí permanecen, entonces, por horas debatiendo y buscando analogías entre autores de todas las latitudes y épocas.
Pero un sinsabor empalaga su paladar cada amanecer al retornar a casa. Será, por caso, el sinsabor del fracaso; rotundo, atroz. Gaspar pudo, no una, no dos, sino millones de veces lograr algo, dar algún sentido a semejante existencia pasajera; pero siempre se quedó parado en el umbral, temeroso, débil, fabricando excusas. Ha tenido tanto miedo a arriesgar que nunca pudo, ni por poco, acercarse al éxito; convertir en algo que valgan la pena esas letras que se almacenan juntando polvo en infinitos cuadernos manuscritos. Tal vez es por eso que disfruta de la noche, que se siente cómodo entre las sombras; porque en escenario de cadáveres vivientes el fracaso se disimula mejor.
Mientras los años se apiñan en sus hombros y el tabaco en sus pulmones, mientras las noches se suceden inútilmente y los días se marchitan ignorados, mientras Gaspar silencia en mesas pétreas sus anhelos y la vida va dando paso al deterioro; todo comienza a denotar que en su afán de no equivocarse en las apuestas, se ha equivocado enormemente en permanecer con las fichas en las manos, fichas que comienzan a escabullirse por entre los dedos, desintegrándose mientras piensan en lo que pudieron ser y no fueron.
La obviedad señala que a veces sí es demasiado tarde para intentarlo, y sobre los cimientos de ese nuevo aprendizaje, Gaspar construye el principio del fin de una vida sin demasiadas anécdotas, una vida de noche, nublada por el humo, por el silencio, el fracaso y la soledad. Una vida prescindible de quién dejó sueños truncos debajo de un colchón de temores.Technorati Profile


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Simetrías.


Vagabundos reflejos se alojan sutilmente en el borde de la minúscula ventana; algunos se apoyan allí y mueren y otros se reflejan por doquier. Es una habitación hueca, como todas, pero esta carece de vida; lanzas fugaces e inmateriales la atraviesan, producto de los rayos de luz desviados, inquilinos de un afuera lejano, cruelmente partido, difícilmente recuperable. Allí la imaginación flota, por caso lo único que posee vida, lo único que aún crece con libertad. Todo lo demás es nada; vacío, inexistencia, abandono por apatía, presidiario del olvido. Es silencio, rutina, reproches, resignación, desánimo; es todo, y no es nada. Es bronca, muerte en vida. Es Ariel.
Ariel tiene cuarenta y cinco años, tal vez algunos inviernos más; pero tiene, por sobre todo, veinte años de vida y los restantes de condena. Esa celda de dos por tres, oscura, más pequeña cada día, ha sido su hogar más de la mitad de su vida. Fue condenado por un doble homicidio simple agravado por el vínculo, pero resulta inútil a esta altura pensar en eso, como tampoco tiene sentido recordar que Ariel es inocente del asesinato de sus padres. Es tan sólo un detalle ya, que pierde total valor con cada segundo que se vive detrás de las rejas.
Lo que jamás podrá borrar de su mente es la primera noche que pasó en este sitio, sin dudas la noche más eterna en un universo cargado de eternidades. Cuando la puerta de rejas se cerró a sus espaldas y las luces se apagaron, lo único que permaneció respirando fue el eco metálico de una libertad que se moría. Luego Ariel se sentó en la cama y entendió enseguida qué es la soledad. El silencio abrumador, en conjunción con el frío metafórico y literal que se desprende de esas paredes fue la combinación para el llanto más extenso, callado y reprimido que alguien puede tener. Le fue imposible a Ariel cerrar los ojos ese día, permaneció cada segundo de esa noche sentado, llorando, temiendo y rogando por que amanezca pronto.
Lo que no sabía Ariel es que cuando se está preso los amaneceres no existen, acaso porque siempre es un profundo ocaso, o peor; una oscura noche sin luna. Allí adentro se extrañan las cosas más simples, las más cotidianas y prescindibles, en apariencia, para cualquiera que no esté preso. Ariel, en los días que sale al patio, permanece por horas mirando el cielo de un azul hermoso, realmente hermoso. Y el sol. El sol. Fantástica perfección, increíble amo y señor de las alturas.
Ariel no intercambia palabras con nadie, todos lo respetan, él jamás buscó conflictos con otros y nadie piensa crearle problemas. Por un tiempo, los primeros años, algunos amigos lo visitaban; pero en el afuera el tiempo sigue corriendo desfasado con respecto al tiempo cargado de vida y muerte de la cárcel. Ariel no culpa a nadie por no seguir visitándolo, lo entiende, lo comprende y, por sobre todo, lo sufre. Al igual que sufre esos días de invierno, donde el frío penetra por cualquier sitio y lo envuelve, se apropia de todo, incluso de su alma; en esos días los cuerpos se convierten es estatuas bizarras, patética imagen del desamparo.
Pero ya ha pasado tanto tiempo, tantos días y años, que Ariel ha llegado a sentirse seguro dentro de esas paredes. Y esos muros que antes lo privaban de la libertad ahora lo protegen del exterior. Es ridículo incluso para él admitirlo, pero su vida y su libertad ya fueron robadas para siempre; ahora sólo queda ese cuerpo muerto cargado de tristeza. Cuerpo que extrañaría la cárcel si no la tuviera.
Su condena era de treinta años y han pasado poco más de veinticinco; pero por buena conducta, intachable de hecho, fue reducida. Esa es la peor noticia que Ariel podía recibir, sin dudas. Ahora Ariel se siente como un niño desprotegido, que teme salir al mundo, que teme cruzar la calle, y sabe que ya está viejo para aprender.
La noche previa a su liberación, su última noche, vaya metáfora, fue tan larga como aquella primera vez. Eterna entre eternidades. Hubo llantos, también, y demasiada desolación. Cuando era la hora, y aún no había amanecido, como nunca en estos años, tomó su pequeño bolso y acompañado por un guardia atravesó el pabellón. En el camino recogía felicitaciones de sus compañeros, felicitaciones que a Ariel le hacía recordar a esa primera caminata en sentido inverso llena de insultos. Eran distintas e iguales. Al atravesar el patio miró como siempre el azul glorioso del cielo y el sol; lágrimas caían por sus ojos. Atravesó la puerta, el guardia lo saludó y el enrejado se cerró tras sus espaldas, dándole vida sólo a un eco metálico y muerto.
Ariel es libre sólo en un sentido de la palabra, que en este caso semeja a una condena. Porque él sabe que lo que la cárcel te quita, el exterior no lo devuelve. Ahora irá a visitar la tumba de sus padres, el único deseo que lo mantuvo respirando. Luego, habrá tiempo para considerar el suicidio como fin de la agonía. Como el fin de las simetrías.

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El triste escultor de mentiras.


Hernán ha sido un gran jugador de fútbol que por culpa de una lesión severa ha visto el retiro antes que la fama; luego fue empresario, donde hizo fortunas; se ha acostado con las mujeres más bellas y ha recorrido cada rincón del mundo. Dice conocer Europa como la palma de su mano, cuenta que la Torre Eiffel no logró impactarlo tanto como las bellezas naturales de Tailandia. Cuenta que en su viaje de vuelta conoció a un sujeto relacionado con el mundo del arte, que se asociaron y fueron reyes en tierra de reyes. Hernán ha sido todo, pero lo que ha hecho mejor es mentir; mentir cada día de su vida.
Todas las tardes, desde hace veinticinco años, Hernán se sienta en mesa estratégicamente ubicada en el medio de café irlandés céntrico y allí, en soledad, con su café a medio tomar, alza sus orejas y comienza a escuchar atentamente conversaciones ajenas. Cada día recopila datos, historias, anécdotas y sentimientos que no le pertenecen. Luego se junta a jugar al póquer con los amigos y comienza a desparramar su repertorio de nuevas vivencias nunca antes vividas. Y lo hace con pasión; sus amigos lo conocen y saben que tres de cada dos palabras que dice son mentiras, pero nunca se lo dijeron, temen que deje de contarlas; porque sienten placer escuchándolo. Y es así porque Hernán se apropia del personaje de turno, se ubica con maestría en espacio y tiempo y, mientras relata, se zambulle en el escenario de su personaje y siente y sufre con increíble sinceridad sus penurias o desventuras, mientras su imaginación va y viene agregándole adornos barrocos a la anécdota que nunca jamás volverá a repetirse.
Él nunca toma conciencia que está mintiendo, sino que ha aprendido a habitar en vidas prestadas o robadas, cazadas al pasar, adueñadas con imaginación sorprendente. Y la realidad deja de ser absoluta cuando entra en su mente, todo cobra relatividad y los recuerdos se entremezclan con los inventos. No podría diferenciar bien hoy uno de otro, porque además de no querer hacerlo le sería realmente imposible lograrlo.
Hasta sus amigos olvidan, de vez en cuando, la historia real de Hernán. Según recuerdan nació en pueblo chico en el interior del interior del país. Allí donde ni la radio llegaba. Se mudó a la ciudad, creen que por trabajo, o siguiendo a una mujer. Allí se asentó, y trabajó un poco en todo, la mitad de esos trabajos jamás existieron o incluso puede pasar que aún no hayan sido inventados; como el que hizo, según ha contado, rediseñando esculturas públicas para adecuarlas en el tiempo; un día, contó, a una réplica de El David, allá por épocas del proceso, le ordenaron taparle sus partes íntimas; todos esperaban que le colocara la típica hoja que se sostiene por arte de magia, pero el fue más allá, hizo un rediseño general y lo vistió de pies a cabeza, dejando al descubierto su torso, único sector donde la anatomía le salió realmente perfecta al artista; según Hernán.
Hernán superó los cincuenta y tantos años llevándolos muy bien, es una persona sana, bastante apuesto que porta con orgullo su calvicie prolijamente desordenada. No tiene dificultades para ser un buen tipo, y lo que mejor le sale es levantarle el ánimo hasta al suicida más decidido. Ha sabido sembrar y cultivar enorme cultura en historia y geografía, materias que le permiten cosechar datos para convertir sus mentiras en verosímiles narraciones en primera persona. Tal vez nunca haya sido amado, pero nunca pareció importarle; Hernán es de las personas que están dispuestos a dar todo sin recibir nada a cambio. Sus amigos se han beneficiado enormemente con su infinita generosidad. Y Hernán, siempre con una sonrisa en su cara, se ha sentido muy feliz por eso.
Todos sabían que Hernán mentía, todos menos él mismo. La semana pasada al despertar por la mañana no encontró el castillo que con los años había construido, ni las sábanas de algodón egipcio; en vez de eso se encontró solo, en una cama de una plaza, de hierro y sin restauración, acostado sobre sábanas de algodón, ordinarias y gastadas. Se encontró en habitación claustrofóbica, con manchas de humedad, pintura resquebrajada y realidad abominable. Ese día no apareció en el café irlandés, tampoco fue a jugar póquer a la noche. Algunos, que se hacen llamar amigos, lo imaginaron muerto, suicidado, colgado de un árbol, y continuaron jugando cartas como si nada hubiera pasado.
Hernán, porque no era su estilo, no buscó la muerte. Tomó una valija, recogió sus pocas ropas y con una sonrisa emprendió viaje al interior del interior del país. Allí donde aún no llega la Internet. Esta vez construye una vida sin soledad y sin mentiras. El año próximo va a casarse, aunque están grandes para ser papás, piensan adoptar.

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Flor nostálgica.

Horizontes.


Al llegar a la playa miró a su alrededor y se encontró rodeado por sí mismo; supo de inmediato que no habría esa noche ni azar ni casualidad. Todo lo que sucediera esa noche estaba destinado a pasar. La extrañaba, la extrañaba tanto.
Pedro había sido siempre una persona callada, de carácter tranquilo. Sociabilizar era un trabajo arduo para él; prefería, en las reuniones de amigos, permanecer en silencio, a un costado, escuchando atentamente. Rara vez opinaba y sólo si consideraba que era imprescindible dar su punto de vista; si desconocía el tema, directamente jamás abría la boca, sólo aprendía. Todos sabían que poseía un corazón enorme, sin embargo nunca nadie esperaba de Pedro una muestra de cariño. Era tan callado para opinar como para decir te quiero.
Creció y maduró en soledad, en ese término medio del alma que no se sufre pero tampoco se goza. Posición cómoda le resultaba, aunque él anhelaba algo distinto, sin saber exactamente qué. Pedro jamás daba un paso sin confiar en dónde pisaba y eso lo estaba aburriendo, pero carecía del carácter para remediarlo, sentía casi una resignación por esa forma de ser. Pensaba que él era como era precisamente por como era.
Un sorprendente e improvisto llamado desde Madrid le dio, hace cuatro otoños, la posibilidad de viajar a España en viaje de negocios. Pese a que lo dudó, finalmente accedió y Pedro, que nunca se había alejado demasiado de su ciudad natal, logró cruzar el océano. Apenas la vio le llamó la atención esa española de rulos colorados como la llama. Fue frente al museo del Prado, ella estaba sola, sonriente, observando todo como una niña sorprendida y feliz. Ese gesto de goce a Pedro lo maravilló. Usó su cámara fotográfica como excusa para acercarse a ella. Al principio sólo le pidió un favor; que le tome una fotografía con el museo de fondo, y luego la invitó a un café.
Él jamás olvidará esa charla; el tiempo voló, los cafés se enfriaron, se tomaron, se volvieron a pedir y a enfriar y a tomar una y otra vez, los clientes cambiaban de rostro y sin embargo la conversación y el magnetismo entre sus miradas no perdía intensidad. Eva, la española, era un poco más joven, poseía todo el desparpajo y la espontaneidad que Pedro nunca había podido tener. A ella le fascinaba caminar sobre arenas movedizas, fabricar su día sobre la marcha, vivir sin saber exactamente hacia dónde se iba. Ella no era de las que sueñan con llegar a un sitio, sino las que disfrutan del viaje.
En Pedro; y también en Eva; el enamoramiento tomó forma rápido. A esa charla de café le siguió cena romántica y prolongada sesión de amor en cuarto de hotel con hermosa vista a Madrid.
Eran tan opuestos que debieron complementarse, y lo hicieron de manera fantástica; él hizo que ella sepa con más seguridad dónde pisar y él se permitió desechar su agenda y, de vez en cuando, improvisar. Aunque Pedro jamás logró romper esa gruesa barrera que le impedía decirle a Eva cuánto la amaba, por más que lo deseara con su alma nunca pudo hacerlo.
Ambos armaron casa en Argentina y juntos fabricaron futuro. Por esos días a Pedro se lo veía feliz, realmente, como nunca antes y, tal vez, como nunca después. La sonrisa fácil de ella se le había contagiado y juntos bromeaban y filosofaban por horas, ella era la dueña de cada regocijo de él. A Eva le pertenecía el alma de Pedro.
Fue una noche, un martes, después de cenar hicieron el amor y luego, agotada, Eva fue por un vaso de agua. A pedro le llamó la atención que tardara y ese ruido que había oído. Al llegar a la cocina la vio en el piso. Luego; sirenas, desesperación, silencio en sala de espera, el aviso que una aneurisma cerebral había dado por terminado el sueño y un llanto desconsolado.
Pedro estuvo por días callado, su sonrisa se había borrado y su mirada brillante, cargada de pena, comenzó a ser su marca indeleble. Sentía que todo le faltaba y tal vez mucha razón tenía; un cuerpo sin alma es sólo una piedra inerte.
Al mes de la partida de Eva, cansado de esa cárcel que era su casa, caminó hasta la playa. Al llegar miró a su alrededor y se encontró rodeado por sí mismo; supo de inmediato que no habría esa noche ni azar ni casualidad. Todo lo que sucediera esa noche estaba destinado a pasar. La extrañaba, la extrañaba tanto. Ni el alcohol ni la marihuana que había fumado podían ayudarlo a olvidar.
Muchos dicen que por el efecto de los narcóticos se lanzó al mar olvidándose que no sabía nadar. Otros, sus amigos, que lo adivinaban de memoria, saben que Pedro mató en el mar sus pasos seguros, su pena, su incapacidad de decir te amo.

Fue rescatado por alguien que nadie sabe cómo llegó allí ni como hizo para sacarlo. Pero Pedro logró salir y de pronto, aunque sin olvidar a Eva ni por un instante, logró encontrar motivos para seguir. Ahora está a cargo de comedor comunitario que él mismo armó y en donde más de sesenta chicos comen cada día. Ya contrató a una psicóloga y a un par de docentes que ayudan a los niños con los deberes de la escuela. Tiene pensado convertir el simple comedor en un hogar para aquellos que no tienen nada. Lo más fácil fue elegir el nombre: Eva.

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(Des)Encuentro


El sol, cada vez más, se acerca al horizonte tiñéndolo de un anaranjado suave, mientras el tren quiebra la llanura con su incesante marcha. Todo posee un movimiento mágico e, incluso, una increíble quietud; al mirar hacia el exterior puedo ver el sol, el horizonte lejano e inalcanzable y al tren mismo perfectamente detenidos mientras que todo lo demás pasa sin hartazgo de derecha a izquierda en esta ventanilla. Soy, tan sólo, un voyeur que mira atentamente el mundo pasar, un testigo de lo fugaz del presente, un alma en búsqueda, un sujeto con destino pero sin rumbo. Siento como mi corazón comienza a latir más despacio, susurrándome profundas conversaciones, silenciosos recuerdos, y no puedo dejar de pensar que encontraré cuando comience a buscarte.
Estoy lleno de preguntas que carecen de respuestas. No entiendo qué fue lo que sucedió, por qué nuestros caminos tomaron rumbos distintos, y cómo es que ya hace tanto tiempo que no sé nada de ti. Hacía días, tal vez meses, que no me detenía a pensar, ni por un segundo, en tu persona; pero algo, no sé qué, te trajo a mi mente de una manera insoluble. Los primeros días traté de dibujar de memoria tu rostro, pero el tiempo había hecho estragos y mi lápiz no logró completar los baches infinitos de la imagen borroneada por la corrosión. Pero anteanoche te soñé, fue uno de esos sueños tan reales que se pueden palpar: me encontraba caminando en uno de esos otoños de veredas frondosas y cielo gris, iba a ninguna parte, como siempre, y en una esquina (la esquina que nos pertenece, ¿la recuerdas?) te vi venir, tu imagen estaba completa esta vez, hasta mi sueño logró crear de manera fiel ese brillo casual que la luz dejaba en tus mejillas y que tanto placer me daba observar. Yo me detenía, secuestrado por la sorpresa y apresado por la emoción, a esperarte; tú te acercabas con esa sonrisa a medio dibujar y tu mirada llena de picardía. Pero al momento de estrecharte en un fuerte abrazo tu cuerpo se convertía en aire, en pequeñas partículas brillantes que la gravedad y la brisa me robaba para siempre. Y de pronto me encontraba solo, caído de rodillas en nuestra esquina, llorando y preguntándome dónde estás.
Fue tan solo un sueño. Creo.
Aquel día después de aquella noche fue lluvioso. Me sentía abatido, con una gran depresión, sumergido en una enorme soledad. Caminé bajo la lluvia por horas, entre adoquines y charcos, sin poder dejar de pensar en ti, en esos días maravillosos de besos eternos y abrazos cargados de afecto. Mientras caminaba las calles estaban vacías, como si una gran burbuja invisible me envolviera y me transportara a otro tiempo, dejándome solo en una ciudad congelada, donde hasta las gotas de la lluvia permanecían quietas esperando que mi cuerpo y mis ropas las impacte. Te extraño, pensé.
Y me subí a este tren que tal vez debería haber tomado antes, con la esperanza que al regresar a mi ciudad pueda encontrarme contigo, en cualquier sitio, por cualquier casualidad. Y mientras miro al sol terminar de desaparecer detrás del horizonte, siento entremezclarse mis recuerdos con mi imaginación y no logro distinguir qué fue real en aquellos tiempos; ¿existieron esas largas tardes en que descargabas tu bronca hacia el mundo mientras llorabas en mi hombro? ¿Fue real esa noche, nuestra última noche, en aquel campamento en esa fría primavera?
El tren comienza a aminorar su marcha. Y la vieja estación estilo inglés se hace visible. Todo está como antes, tal vez un poco más deteriorado. Descubro lágrimas en mis ojos mientras aferro con fuerzas la maleta cargada de sueños y utopías y un dibujo fidedigno de tu rostro realizado después de una tarde lluviosa. El tren finalmente se detiene y su bocina lanza su último alarido. He llegado, otra vez, después de tanto. ¿Caminarán, tus pasos, estas calles todavía? Al avanzar un miedo me invade, es el temor de oír tu voz, dulce, delicada y tierna, en mis espaldas y al voltearme descubrirte feliz con una vida ya armada. O tal vez es el temor de que tu nariz, gruesa y respingada, no vuelva a untarse en mis mejillas. O quizás el problema es que sé que podré no encontrarte y convertir mi vida en un gran reproche.
Tal vez no debería haberme marchado nunca, lo sé; tal vez nunca deberías haberme dejado ir...


(¿Continuará?)

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¡Hasta pronto!


Como festejo por haberse cumplido las 5.000 visitas esta semana (¿Quién lo hubiera dicho?) y porque necesito reencontrarme con mi musa es que voy a tomarme una semana de vacaciones. Sólo una, siete días. Volveré el próximo viernes 20 con nuevas historias que haya recogido al pasar. Tal vez, en mi viaje en tren me siente detrás o delante de alguien; quizás ese alguien le comente a la persona sentada a su lado que su vida fue dura, regida por el pretérito imperfecto. A lo mejor le contará que tuvo sueños, esperanzas y deseos que el tiempo, o tal vez el sistema o sencillamente el azar, los convirtieron en anhelos truncos y que hoy vive encerrado en su propia miseria, de vida laberíntica. Puede ser que la persona que lo escucha atentamente se sienta cómoda con su interlocutor y abra su corazón: le dirá, supongo, que ella va de viaje a la montaña a reencontrarse con el amor de su vida, que estuvieron separados un tiempo, porque así es la vida, ¿vió? Pero recibió una carta que sólo decía: "Te espero en una cabaña a orillas del lago, amor." Supongo que conversarán largo rato, y al separarse se estrecharán en un abrazo de amigos. Son esos amigos, al pasar, los que nos regalan su anonimato y su oído, son esas historias fugaces, esas barreras, esas vías paralelas, ese traqueteo, ese silencio, las miradas, el paisaje, la nada misma; son esos pequeños mundos los que iré a buscar, porque el azar y el destino nos regala en cada esquina algo que vale la pena escuchar.

¡Hasta pronto!

Corazones en vida de maqueta.


Hay corazones que vagan por allí, aún fríos, congelados, esperando el calor o el resurgir de lo que nunca nació. Se mantienen estáticos, no desparraman pasiones por el cuerpo, sólo cobijan en la oscuridad el reír y el llorar. Son almas muertas, piedras cargadas de demasiados sinsentidos. Han sido descoloridas por la razón extrema, ese pensar tan cruelmente meticuloso que no deja espacios para las casualidades, para la equivocación o el sabroso gusto del azar. Pero a Alma la necesidad de vivir le está despertando el corazón, con lánguidos pero constantes latidos.
Desde pequeña, la portación de apellido le exigió ser perfecta; y fue la mejor en eso de ser la mejor. Siendo adolescente se obsesionó por cultivarse y su carrera apurada la hizo saltear a La Cenicienta y la llevó directo a Kafka y Nietzsche. Egresada con honores pudo hacer gala de sus cinco idiomas y sus tres títulos universitarios. En ninguno bajó de promedio nueve.
A Alma el éxito profesional la llenó de artilugios; hermosa casa en barrio cerrado, autos importados acordes al vestuario del día y un esposo, tan perfecto como ella e igual de insulso. La perfecta carrera resultó tal como ella lo había planeado. Pero por alguna razón, Alma sentía cada mañana, luego de cerrar la ducha del baño, un enorme vacío y un sentimiento de soledad absoluta. Duraba poco, dos o tres segundos; hasta que la agenda del día giraba la atención. Pero eran los primeros síntomas de un despertar inevitable, porque hasta el éxito se torna aburrido sin pasión.
Esos años pasaron sin mayores novedades, sólo el triunfo cotidiano de la mente. Pero el día en que Alma cumplía sus primeros treinta y ocho años el destino se cansó de ser un simple observador. Volviendo a casa, entre medio de una copiosa lluvia, perdió el control de su automóvil e impactó contra un árbol. Simón fue el primero en asistirla, la extrajo del vehículo, y la acostó sobre la vereda. A Alma se le olvidó el dolor de cabeza al ver a Simón; de alguna manera experimentó algo muy extraño y desconocido para la racionalidad; en ese instante, bajo la lluvia y algo golpeada, conoció la magia y el encantamiento. Él sólo pudo darle su tarjeta y ofrecer sus servicios de abogado para luego marchar seguido por la prisa. Alma se subió a un taxi y viendo el sol caer entre las nubes grises, observando el río de luces naranja que los automovilistas dibujan sobre la autopista y sin saber por qué, comenzó a llorar. En su llanto había vacío y remordimientos, la razón fue callada por un fuerte latido y las penas comenzaron a desparramarse; era el día de su cumpleaños y sin embargo Alma sabía que, al girar la llave en la puerta de su casa, iba a encontrarse con oscuridad y silencio, conocía la agenda de su marido; mantener una carrera prominente lleva tiempo.
Como lo había predicho se lanzó abatida al sofá entre el silencio y la oscuridad. Buscó paz en un vaso de whisky pero encontró la tarjeta de Simón. Aún no sabe por qué, tal vez porque quiso seguir por primera vez en la vida su instinto, pero lo cierto es que esa noche lo llamó y la cita improvisada resultó fantástica. Simón, sujeto apasionado; abogado por conveniencia, sólo para solventar el hobby de vivir la vida; la hizo recorrer cada rincón de su corazón y la llenó de placer y desenfreno irracional. El nacimiento del amor fue prematuro. Alma dejaba en su olvido aquella relación de besos impares con su esposo.
Los encuentros ocasionales con Simón se sucedieron todo ese año, y entre primavera y otoño fantasearon con dejar todo e irse juntos a ninguna parte, crear una familia lejos de la ciudad, olvidarse de placeres hedonistas y perder la conciencia entre las sábanas. Pero el comienzo del invierno la encontró cargada de miedos a Alma y de nuevo comenzó a pensar.
Alma cambió teléfono, despidió para siempre a Simón y tapó su recuerdo bajo un colchón de cordura impía. Continuó su vida triunfalista creyendo poder saciar la adicción a los besos sabrosos con rutinas laborales. Pero los segundos de soledad en la ducha comenzaron a ocupar toda la mañana primero, y cada segundo del día después. Alma era una esclava de su propia vida perfecta en hogar de frío minimalismo. Pero, por más que lo quería, no tenía el valor de alzar el teléfono como aquella noche y llamar de nuevo a Simón.
La vida parca comenzó a azotarla cada vez con más fuerzas pero no hallaba puertas en ese laberinto, y cuando los caminos se cierran el suicidio comienza a ser un pensamiento constante. Al único año de su vida que valió la pena, ella misma le había cortado las alas. Y eso causaba dolor.
En su cumpleaños cuarenta y dos Alma fue rumbo a una pequeña plaza, de paz floreciente, donde los lectores se arrojan horas a sus sombras para perderse en la fantasía de los relatos. Allí pensó por última vez con seriedad en quitarse la vida. Y el destino, harto de que le den la espalda volvió a hacerse presente.
- Vámonos.
Alma sintió una mano que acariciaba con suavidad sus cabellos.
- ¿Dónde? - Le respondió llorando ella.
- A ninguna parte – Susurró Simón.

Aún no sabe por qué, tal vez porque quiso seguir por segunda vez en la vida su instinto, pero lo cierto es que ese día Alma le dijo adiós a su vida de maqueta y halló en el mar un lindo refugio para la pasión irracional.

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Cicatrices eternas.


En cada paso, el presente se mezcla con el pasado, como gajos de realidad imperfecta, trozos entremezclados de dos mundos que coexisten sin saberlo. La última vez que había estado allí no había el silencio calmo de ahora, sino silbidos, oscuros silbidos cargados de muerte que a lo lejos se escuchaban. Y luego explosiones; como truenos. Y muerte, mucha, demasiada muerte.
Luca era tan sólo un adolescente en los cuarenta, durante la guerra. Aún hoy puede recrear en su mente aquellos días de miedo, pánico e incertidumbre; el sonido de las sirenas que lo arrojaban a cualquier refugio en cualquier lugar y momento, las columnas de humo a la distancia, el olor a pólvora quemada que el viento traía, el olor ocre, intenso, de los muertos y, por sobre todo, el grito y el llanto de los sobrevivientes, arrojados en el piso, lanzando su bronca y dolor en forma de lágrimas sobre sus seres queridos mutilados o irreconocibles. Los días eran muy largos y las noches infinitas. Eran épocas en las que se dormía de a ratos, con los ojos a medio abrir y el corazón palpitando con velocidad. Cualquier momento podía ser el último, cualquier explosión, que cada vez eran más cercanas, podía ser la que apagara todo.
Luca vivía en una gran casa, sobre la colina, a la que se accedía por un camino de adoquines; de perfectos adoquines, prolijamente ordenados; bordeado por un pequeño muro de piedra. Ese camino desembocaba en una gran puerta enrejada que una vez traspasada, y subiendo otros pocos metros, se llegaba a un hermoso parque verde, coronado con el caserón en el medio. Allí vivía con sus padres y sus dos hermanos menores. Su padre era una persona muy trabajadora que estaba mucho tiempo fuera de casa, su madre un ama de casa formidable, de una bondad absoluta y entregada al amor de sus hijos. Luca posee imágenes imborrables de su infancia; jamás olvidará las duchas que la madre les daba durante el invierno. Calentaba mucha agua y la colocaba dentro de un gran tacho, allí se metían de a uno y la madre los bañaba ayudándose con un pequeño recipiente. Para la salida tenía enormes toallones, previamente calentados en la estufa a leña, esperándolos para envolverlos. A eso le seguía un afectuoso abrazo.
Pero el contexto era salvaje y Luca recuerda cómo, lentamente, la guerra comenzó a golpear la puerta hasta que llegó el día en que ellos estaban en el medio. Sus padres no esperaban que eso sucediera. Pero así fue y la vida cambió; la escuela se mantuvo cerrada porque las sirenas no dejaban de hacerse oír, las explosiones se sucedían una tras otra y durante la noche se multiplicaban; desde la colina podía verse a la ciudad humeando e iluminada por el fuego, por la destrucción, por la muerte. Fue durante la madrugada del doce de abril el día en que el mundo se derrumbó para siempre en la vida de Luca; no había habido tantas bombas ese día, por lo que dormir fue posible. Pero un silbido, demasiado cercano esta vez, lo despertó. Duró menos que otros, tan sólo le dio tiempo de abrir los ojos, y lo que le siguió luego fue el caos; el trueno majestuoso, un rugido diabólico y áspero que lo rodeaba, e instantes después Luca se recuerda arrojado en el piso, entre escombros y polvo. El silencio que le siguió al rugido es el silencio que anuncia el desamparo y la tristeza infinita.
Hoy Luca transita ese camino por primera vez en más de sesenta años. Todo está muy parecido y muy diferente. Como si el tiempo se hubiera detenido en ese sitio pero asegurándose de dejar muestras de su presencia. Al llegar a la puerta de rejas Luca se detiene, observa la ciudad desde lo alto y no puede evitar que lágrimas se derramen sobre su tierra. Al apoyar la mano sobre la puerta y transitar los primeros pasos le parece sentir el olor de la comida casera de su madre. Pero sabe que es imposible. Cruelmente imposible. Aquella noche de abril toda su familia falleció, aún no sabe ni entiende cómo él sobrevivió. Son las travesuras del destino. Ese día se levantó entre los escombros y atónito y perdido caminó toda la noche. No podía quitarse de su mente la imagen de su familia muerta. Los siguientes dos meses se guardan de manera confusa en su memoria, lo cierto es que sin saber exactamente cómo, logró subirse a un barco con rumbo a la Argentina; donde fabricó una nueva vida pero jamás olvidó su tierra ni mató su deseo de volver.
Al traspasar la reja y caminar logra ver lo que era su casa, su hogar. El parque se mantiene con el mismo verde de antaño, pero el caserón es, ahora, una pila de piedras desordenada. Hay segmentos de pared que aún se mantienen en pie, pero no poseen más de un metro de altura. Luca puede ver, incluso, objetos, trozos de su infancia. Esperó mucho tiempo para esto creyendo que allí terminaría de cerrar un capítulo, pero lo que siente es un vacío enorme. Está allí, pero está llorando y no oye los pasos de su madre acercándose para abrazarlo y preguntarle como está, no escucha a sus hermanos jugar o pelear. Sólo hay silencio, el mismo silencio de aquella noche, el mismo vacío, igual, sólo que sesenta años después.

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Ventana a una noche.


Álvaro entregó esa noche todo el amor, la pasión y el deseo que durante treinta y tres años había alimentado. Ni su sutil belleza ni su buena posición económica pudieron nunca antes conquistar algún corazón, y la soledad había sido moneda corriente en vida desabrida de sábanas frías. Pero semanas antes a esa noche, cuando el azar o el destino; o ambos; lo encontró en el camino de Lía todo cambió, y así Álvaro se vio sumergido en un frenesí de locura e insomnio. Locura por llegar a sus labios, insomnio de espera desesperada.
Lía no era una belleza extraordinaria, sino una suma de detalles y actitud que la convertían en atractiva e intrigante. Él, tal vez con su mirada inocua de tipo apasionado, la conquistó lentamente y se dejó conquistar perdidamente. Por primera vez podía sentirse pleno y cargado de felicidad, la sola presencia de Lía lo regocijaba de alegría y esperanza; y podía permanecer por horas escuchándola y acariciando sutilmente su mano.
Álvaro planificó la noche mágica con mucho cuidado. Primero la llevó a pasear por la Avenida Olimpia; tomados de la mano caminaron por sus largos bulevares cargados de frondosos tilos y disfrutaron de las casas estilo art decó. Rieron, se abrazaron y hasta un par de besos tibios pasaron de una boca a otra. Luego entraron a un fino restaurant y bajo la luz de las velas cenaron sin poder quitarse los ojos de encima. Irradiaban amor y ternura en todo el ambiente, lo que allí estaba naciendo era imposible de ser ignorado por ningún cupido. Luego, Álvaro la llevó hasta su casa majestuosa donde interpretó a Bach en el piano de negro impecable y al terminar, incentivados por el deseo y algunos besos, fueron juntos a la habitación. Allí Lía abrió el enorme ventanal con vista al mar y le pidió a Álvaro que apague la luz. La Luna llena hacía rebotar su luz en el mar multiplicándose para luego entrar por esa habitación y desparramarse sobre el parqué que, conjugada con el sonido del mar intratable, hacían de ese lugar la cuna del romanticismo. Los besos más apasionados nacieron en el umbral de esa ventana. Álvaro abrazó a lía con fuerzas y derritió sus labios en los de ellas, se sintió soluble, etéreo. No había pensamientos, ni conciencia, sólo el latir de su corazón y el calor de su alma. Entrelazados y desnudándose mutuamente caminaron hacia la cama, se lanzaron hacia ella y dejaron que la pasión los envolviera. Sobre ella, desnudo, ardiendo, Álvaro supo lo que era la felicidad; en ese momento, viéndola sentir su placer, él entendió que ese momento era sublime y sonrió mientras Lía soltaba un profundo gemido y lo abrazaba con fuerzas y clavaba suavemente las uñas en su espalda. Él se desplomó, extasiado sobre ella y no pudo contener su gran sentimiento.

- Te amo.

Lía calló en un silencio ensordecedor que Álvaro no pudo escuchar cegado por la felicidad. Abrazado al cuerpo desnudo de ella se durmió tan profundamente como nunca antes lo había hecho, sintiendo una enorme paz y sin entender el concepto del tiempo.
Lo peor de los sueños es el despertar, que acarrea realidad.
Álvaro despertó, por la mañana, iluminado por un sol gigante que, como la Luna antes, ingresaba por el enorme ventanal acompañado por el susurro del mar. Miró a sus costados y se encontró solo, aún desnudo, en el vacío de las sábanas de seda blanca. Por más que buscó en toda la casa, no encontró ni huellas ni retazos de Lía. Se había marchado, tal vez para siempre. Durante los días posteriores Álvaro buscó en los lugares que Lía solía frecuentar algún despojo que le confirme que esa noche había existido, que no había sido un sueño cruel. Aunque nada encontró, Álvaro supo que había sido real y eso fue lo que más le dolía; el único amor de su vida, a quién él todo había entregado se marchó sin más ni más en el amanecer de la noche más fantástica, en el comienzo de un para siempre. Lloró durante meses su partida e incluso aprendió a odiarla.
Lía jamás volvió a aparecer y Álvaro nunca dejó de buscarla. Los años pasaron y en su corazón no halló un lugar para otra mujer. Aún su mirada se mantiene inocua, pero las arrugas han convertido su cara en la de un anciano. Jamás olvidará esa noche de enero, cuando él tenía treinta y tres años, que significaron el sufrimiento de los cuarenta y cinco años posteriores. Porque si su vida, antes de Lía, era desabrida el después fue mucho peor, con el sabor del abandono y el dolor del corazón roto. Álvaro está ya en su lecho de muerte, en su habitación, como siempre solo. Hace dos días que no puede levantarse de la cama, pero esta mañana usó todas sus fuerzas para ir hasta el ventanal y abrirlo. Quería que su último suspiro sea con aire de mar. Lía significó demasiados años de sufrimiento, pero Álvaro sabe que esa noche fue lo único que valió la pena en su vida.
Iluminado por el sol naciente, con una sonrisa en su cara, él volvió a vivir en su imaginación esa noche y se dejó llevar en paz a cualquier lugar.

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Fabricante de peceras.


Es difícil saber en qué mundo se habita, cuando se está rodeado de tantos; cuando para protegernos nos fabricamos un nuevo universo, y luego otro, cada vez más pequeño, que nos cobija y nos convierte en seres invisibles. Eso era lo que a Lucas le sucedía. Con tan sólo seis años debió aprender a convertirse en el mayor fabricante de mundos, uno más pequeño que el otro.
Es un niño de rostro angelical, de pelo castaño, tez clara y ojos de mirada penetrante; de sinceridad inmutable y transparencia absoluta, con un dejo de nostalgia en cada uno de sus movimientos, en cada pestañear. Muy pocas veces se lo vio sonreír a Lucas; vive retraído en esa habitación, de grandes ventanales que dan a un enorme parque lleno de pinos y flores, con el césped cuidadosamente prolijo. Sale poco de allí, ese tal vez, sea su primer mundo. Su mejor compañero, además de su alma, es ese pececito, solitario y abstracto como él, que nada en una pequeña pecera sobre un mueble de madera y aluminio.
Lucas pasa horas mirándolo y cuidando de él. Tal vez haya algo que los une; incluso a veces ambos parecieran estar petrificados en la mirada del otro y estar hablando sin hablar, entendiéndose, atrapados cada uno en su pecera, en su mundo. Lucas no tiene hermanos, es único hijo de familia acomodada, con padres jóvenes que deben trabajar demasiadas horas al día para mantener peceras felices a la vista, cargadas de tristeza en lo profundo. Pero eso, tal vez no sea lo que a Lucas le moleste, sino que pocas son las veces que sus padres no pelean cuando están en casa.
Al oír los gritos, Lucas agarra la pecera, se esconde debajo de un escritorio, y con una sábana termina de fabricar su mundo más pequeño. Allí llora, mientras mira su amigo parece entenderlo. Nadie, más que el pez, sabe que demasiadas lágrimas se han vertido debajo de ese escritorio; que, con seis años, Lucas sufre tanto que pareciera que su sonrisa se extingue cada día y desaparece escondiéndose en esa mirada que desborda de suplicios acallados y lágrimas secretas. Allí, con los oídos tapados permanece un largo rato, hasta que está seguro que la discusión terminó. Luego sale, acomoda a su amigo en su lugar y se quedan charlando, absortos ambos.
Hace poco, las típicas discusiones se hicieron más acaloradas. Lucas, por más que lo evitó escondiéndose bajo el escritorio, escuchó el portazo que marcó un final y un principio. El matrimonio de sus padres había terminado y, con suerte, también las discusiones. Lucas enseguida comprendió. Secó sus lágrimas y, en puntas de pie, salió de la habitación. Caminó lentamente hacia el living y allí, sin dejar verse, vio a su madre llorar sentada en el sillón como nunca antes lo había visto. Lucas la miró un largo rato, pudo observar que ella ya no llevaba su alianza y notó que bajo sus pies había una foto arrugada y rota.
Lucas se acostó esa noche pero poco pudo dormir. Esta vez había llevado la pecera a la cama y pasó la mitad del tiempo mirando a su amigo.
Al día siguiente, Lucas se levantó y alistó rápidamente. Colocó algo dentro de una mochila y salió de la casa aprovechando que su mamá ya estaba en el trabajo y la señora de la limpieza estaba en el parque. Caminó mucho, tomó un colectivo, volvió a caminar hasta una estación de trenes y allí se subió a un tren. En el mundo real, penosamente real, Lucas parecía moverse como un pequeño hombrecillo. Cargando siempre su mochila, observó a través de la ventanilla del tren el ir y venir incesante de la gente, y volvió a sentirse dentro de una pecera.
Se bajó en una estación y camino dos cuadras hasta llegar a un sitio que muchas veces lo había hecho feliz; la playa. Allí solía ir con sus padres hacía tiempo. Caminó por la arena y al llegar a la orilla sacó de la mochila la pecera con su amigo. La colocó en el agua de costado. No obligó al pez a salir, esperó que él decida. Allí estuvo un largo rato, mirando como su único amigo llegaba hasta el límite de su refugio y volvía a entrar, hasta que en un momento tomó valentía y marchó a la inmensidad del mar. Lucas lloró.
Tuvo cuidado de entrar a la casa sin que nadie note que no había estado y se fue a su habitación. Allí se sintió solo y preso. Al anochecer caminó lentamente otra vez hacia el living donde vio a su madre otra vez sentada en el mismo sillón, con la mirada perdida. Lucas se acercó, y con los ojos humedecidos la abrazó. Ambos permanecieron largo rato abrazados sin decir palabra. Hasta que Lucas, se acercó al oído de su madre y en un susurro dijo sus primeras palabras en días.

- Ahora yo te voy a cuidar a vos.

Las peceras y los mundos se hicieron añicos en un segundo. Y Lucas salió a la inmensidad del mar.

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La roca que la vio morir y renacer.


Había algo más que ese espejo de agua teñida por el musgo; algo invisible, fantásticamente atrapante, tan puro que vencía el olor destilado de las fábricas, tan abstracto que provocaba el silencio en medio del bullicio. Sí, allí morían los colores, se desteñían lentamente hasta desvanecerse en las ondulaciones del agua y los rayos del sol comenzaban a apagarse al entrar en esa atmósfera, y uno podía ver como su brillo comenzaba a desaparecer lentamente hasta convertirse en una luz muerta, de un gris decrépito, que convertía a las rocas en dibujos sepulcrales y al agua en un mar de nostalgia infinitamente calma. En aquel sitio el horizonte, para cerrar el cuadro, se escondía detrás del espeso humo de las chimeneas que nunca dejaban de escupir su dolor.
Y, sin saber por qué, allí Luz podía encontrar paz. Cada día caminaba, con la cabeza gacha, decenas de cuadras, atravesando multitudes desdeñosas, hasta llegar a su lugar en el mundo. Se sentaba sobre una roca, cerraba los ojos unos instantes y al abrirlos toda la basura de la ciudad se había marchado, sólo quedaba ese universo gris que la cobijaba con su frialdad y su ausencia, la abrazaba y le daba volumen a sus pensamientos. Luz podía permanecer por horas, en silencio, acompañada por su meditación, viajando con sus fantasías. Era, tal vez, la única manera de olvidar los fantasmas.
Luz nació hace poco más de tres décadas; tuvo una infancia feliz y sin más cualidad que la normalidad. Estudió y con esfuerzo logró convertirse en contadora. Inmediatamente después conoció a Nacho, abogado, de rostro rústico y personalidad despreciable. Al principio fue dulce y romántico, pero luego del casamiento comenzó a imprimir sus decisiones y su machismo en cada elección de Luz; la obligó a dejar el trabajo y resignar sueños, su hosquedad tomó un tinte más violento y las negativas de su esposa comenzaron a ser respondidas con golpes. Luz no recuerda por qué permitió la primera trompada, tal vez porque él volvió llorando y pidiéndole perdón de mil maneras. Luego hubo otros acontecimientos así pero muy esporádicos. Luz siempre perdía la bronca con la primera lágrima de él.
Desde hace tres años, Luz vive un calvario; las palizas son cosa de todos los días y cada una es peor que la anterior. Ella sabe lo que es el terror, sabe lo que es permanecer encerrada tras la puerta del baño, llorando y temblando, semidesnuda, ensangrentada y con el alma rota en mil pedazos. Sus moretones ya son imposibles de ocultar; su dolor y tristeza también. Pero no puede dejarlo, la invade el miedo, porque las amenazas de él son continuas y reales.
Luz vive cuidándose de no enfadar a Nacho, pero él tiene la habilidad de encontrar siempre una buena excusa. Difícilmente esta situación mejore y ella lo sabe. Cada día, mientras él trabaja, Luz camina hacia su roca, hacia su lago, hacia su universo; dónde es intocable. Pero siempre tiene que volver. Siempre. Y eso la hace odiarse; se menosprecia tanto que cree que su esposo tiene razón en golpearla. Pero anoche el vaso se rebalsó. Él llegó del trabajo tarde y de mal humor, su saludo le rompió la nariz a Luz y luego de levantarla y arrastrarla hasta la cama la obligó a tener relaciones. Luz fue violada por su esposo.

La desesperación siempre provoca una reacción desesperada. Siempre, inevitablemente.

Hoy Luz, como todos los días, está en su roca, llorando, a orillas del agua. Pero hay algo distinto; hoy ella no esperó a que su marido se vaya a trabajar para salir de casa. Él aún está acostado en la cama, con el detalle que tiene un agujero de bala en su pecho y nunca más podrá levantarse. Luz, como siempre, caminó hacia su lugar, al llegar se quitó la ropa que la hacía sentirse sucia y allí está, esperando desnuda que la policía venga a buscarla. Llorando, dejándose viajar en sus fantasías y acompañada por el silencio.
El juez dirá que actuó en defensa propia y Luz ya no tendrá que escapar otra vez a su universo gris de silencio sepulcral.

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La desesperanza de ser nadie.

Fue un día cualquiera; simplemente no soportaba más. Descendió del colectivo con su arma, se paró en el medio de la vereda. Observó; había cientos de peatones. Hernán sacó el arma de su cintura, alzó sus brazos y comenzó a disparar. El cargador se vació en distintos cuerpos.

Creció como un árbol solitario al que no le llega la luz del sol, así supo hacer del silencio su lenguaje. Habitación de dos por tres es su refugio y su cárcel, allí las paredes suelen inclinarse sobre él. Hernán, observa, siempre observa; aún cuando parece más inerte, él siente, y sufre. Fue talentoso en eso de la mediocridad, jamás pudo ser un buen alumno, mucho menos deportista destacado. En la escuela no era ni el buen compañero, ni el gracioso, ni el alborotador; era, tan solo, una sombra silenciosa de escasa consistencia. En su casa todo era peor, por eso Hernán suele pasar los días detrás de sus auriculares, tapando los ruidos del mundo, escondiéndose de lo palpable, lo real. Su música lo transporta, con ella suele confundir lugar y tiempo. Pasan las horas y los días sin que Hernán vea a alguien, encerrado en su dormitorio. Simplemente sabe que su padre no está y su madre está esperando que él triunfe. Hernán es realista, jamás será alguien. Pero duele. Porque cuando los auriculares no los tiene en sus orejas puede escuchar. Y oír suele significar entender. Hernán entiende que mientras él permanece escondido en su universo, la madre aprovecha muy bien el tiempo para repetirle una y otra vez al padre que hubiera preferido no ser madre, que odia tener un hijo fracasado. Hernán tiene dos amigos, su música y su pistola, con la que juega noches enteras haciéndola dar vueltas en su dedo índice. Algunos días, cuando se levanta de humor, para escapar de los reproches maternos toma el colectivo y va a practicar tiro a un polígono. Pero últimamente eso lo estaba aburriendo. Antes, vaciar un cargador le daba adrenalina y un sentimiento que de otra manera no podía sentir: poder. Pero disparar contra esos cartones blancos, sin rostro ni vida, ya lo cansó. Ahora encontró una nueva salida diaria; se sienta en la vereda a escuchar música y observar el barrio. Allí los gritos de la madre no llegan. Los vecinos lo miran y piensan que es un joven educado pero extrañamente raro, aunque ninguno jamás se acercó a preguntarle cómo se sentía.
Y Hernán continúa como un árbol solitario sin vida. Recuerda que una vez una chica se interesó en él, pero su madre la alejó alegando que una novia lo distraería y no le permitiría triunfar. Pues siguió solo; la facultad lo abandonó, el trabajo no lo encontró, y la iniciativa de tomar su vida por las riendas aún no ha llegado. Es un ser marchito, a simple vista pareciera conforme con esa condición, pero detrás de sus ojos hay una desesperante pequeñez. La multitud de la ciudad lo dejó solo, su padre nunca estuvo y la madre lamentablemente está. Hernán jamás alzó la voz, jamás se enojó, jamás entendió lo que era la furia, simplemente aceptó. La semana pasada hubo días de lluvia incesante y Hernán no salió de su habitación. Allí jugó con el arma y escuchó música, allí vio las paredes inclinarse sobre él y la habitación convertirse en cárcel. La madre, al tercer día, comenzó a golpear la puerta y a gritarle que saliera, que era un fracasado, un ermitaño y otras cosas que un hijo no debería escuchar. Hernán escuchó el furioso discurso durante varios días seguidos; esta vez la música alta no tapaba los gritos. Al noveno día el hartazgo alcanzó su límite. Hernán cargó el arma, como un día cualquiera, abrió la puerta y salió de su casa. Tomó el colectivo. En el viaje pensó en su vida, miró por la ventanilla y vio al mundo que le dio vuelta la cara. Lo odió. Por primera vez en su vida tuvo un sentimiento intenso. Siempre fue invisible y también estaba cansado de eso. Se bajó del colectivo. Se paró en el medio de la vereda y observó. Tenía los auriculares puestos, se había trasladado, no podía ubicarse ni en lugar ni tiempo. Pensaba en su madre, en el odio, en el silencio. Vio gente feliz sonriendo. Los odió. Hernán sacó el arma de su cintura, la alzó, miró al mundo y gritó mientras vaciaba el cargador en figuras con rostro y vida.

Estruendos. Gritos. Cuerpos apagados que caen. Veredas ensangrentadas. Pánico. Gente que corre. Silencio. Abrumador silencio. Ya nada será igual: algunos inocentes no volverán a vivir y Hernán ya nunca será invisible.

(Basado en un caso real)

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Lágrimas a orillas del cordón.

Juan es una criatura de las calles y la urbe, de ningún lado y de todos. Anda tropezando con la vida desde pequeño, rumbeando las sombras, siendo dueño sólo de su presente tan escaso, tan volátil e inexistente. Puede vérselo en cualquier calle, esquivando a la sociedad que en cualquier momento lo aniquila, siendo prescindible de todos, siendo sólo un retazo de vida que nadie quiere abrazar. Está perdido, desprotegido; tiene mirada de maldad que es el disfraz perfecto para esconder la fragilidad, el pedido de ayuda incesante.
Nació y murió el mismo día; hijo de madre adolescente, fue abandonado muy temprano bajo un puente. Alguien lo rescató y vivió en orfanato hasta que los abusos de todo tipo lo hartaron. Huyó. Esperaba encontrar algo, aunque sea algo de luz. Pero el pobre de Juan conoció las calles, las veredas, el frío, el desamor. Durmió en plazas, veredas de bancos, en puentes, casas tomadas, en trenes que siempre lo traían de vuelta, o en ningún lado. Aprendió a comer sobras en bolsas de nylon y a olvidar su vida aspirando pegamento. Sabe lo que queda cuando ya no queda nada, tiene bien en claro el significado del desamparo. No hay dudas.
En sus ojos el mundo se ve muy distinto, allí no se refleja la inflación, ni el precio del oro; allí hay necesidades básicas insatisfechas, verdaderas necesidades. Hay hambres día por medio, falta de abrigo cada invierno, y dolor en cada suspiro. Juan no tiene ni para alimentar su rencor, Juan no odia, ni cuestiona; no envidia, no ama. Se margina en las largas tardes tirado donde haya caído, con los ojos perdidos, un poco para no ver y otro tanto por el efecto del pegamento. Allí transpira sueños que duelen, aleja fantasmas e imagina de donde sacar la comida de la noche. Sólo eso. Horas y horas sin nada en qué creer. Y todo el mundo ajeno.
Juan es para la sociedad una mirada de reojo, un desperdicio, una fábrica de prejuicios, un chorro, un vago. Como si todos prefirieran pensar que nada pueden hacer. Tal vez ya esté perdido. Seguirá, seguramente, cubriéndose de las lluvias, corriendo palomas en plaza San Martín, o llorando en el cordón de la vereda que es su único pasatiempo. Allí las lágrimas caen y son llevadas por el desagüe, allí la frustración de no poder ser es alejada hacia las alcantarillas y perdida, aunque sea, por un rato. Nada queda. Nada hay.
Muerto en vida, trata en vano de encontrar pecados que confesar para pedir la redención de Dios, que nunca atiende el teléfono de los pobres. Le han robado (le hemos robado) todo, hasta la creatividad para delinquir. Es el precio del bienestar de unos pocos, tal vez. No lo sé. Juan es de todos pero nos duele a pocos.
Es chico de historia corta y amarga. Y por eso morirá, quién sabe cuándo ni dónde. Pero morirá y nadie lo recordará, nadie llorará en su lecho, nadie lo extrañará. Pero Juan no se irá, volverá a nacer y a vivir en cada cuadra, delante de nuestros ojos remisos, frente al banco o en la plaza, revisando la basura, buscando a quién culpar. Porque el problema es que Juan es uno multiplicado por demasiados niños sin techo que piden ayuda y encuentran indiferencia. Y nada hicieron, sólo fue la jugada del azar, y la inacción de una sociedad entera.
Resultados de la apatía y el egoísmo, son niños de almas apropiadas sin futuro, son lágrimas que corren a orillas del cordón, desconsuelo al por mayor; son hojas en otoño, son suspiros fríos, son miradas perdidas, ojos nunca antes vistos. Son como nosotros, pero sin todo lo demás.

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Un hipo de veinte años.


Parecía que estaban destinados a estar unidos para siempre, pero las curvas de la vida disienten un poco de los sueños. Laura y Adrián crecieron juntos, vivían en la misma cuadra en barrio familiar; allí donde las puertas aún permanecen sin llave; y de muy pequeños disfrutaron de la compañía del otro. Entre ellos no había secretos, tenían una gran amistad dada por la inocencia de la edad que luego le iba a dar, inevitablemente, paso a un sentimiento mayor.
La adolescencia los encontró enamorados profundamente, perdidos entre besos y miradas. El día que decidieron explorar la sexualidad juntos fue mágico para los dos, como el final de un cuento hermoso. Pero lo que sigue a los finales nunca es apetecible para los paladares dulces; el padre de Adrián falleció de un cáncer fulminante y la economía del hogar lo obligó a abandonar la secundaria y trabajar. A pesar del amor incondicional de Laura, las aspiraciones que le exigía el mandato familiar la obligó a marchar a gran ciudad en busca de estudios universitarios. Y ese fue el fin, porque no importa qué tan grande es el amor cuando las vidas siguen caminos distintos y la distancia es invencible; y el dolor de no poder ver ni abrazar ni acariciar obliga a arrojarse a otros brazos.
Adrián, tipo honesto y laburador, fue panadero, ayudante de cocina, mozo y hasta alguna vez se tragó su orgullo y lavó parabrisas en esquina de avenida. Hoy, por suerte, está afianzado en el asiento de conductor de impecable taxi. Hace años que no ve a Laura aunque jamás la olvida. Sabe que se recibió con honores, que viajó al exterior y triunfó, que fabricó carrera prominente que no hizo más que establecer una muralla de ego entre ambos. Hubo, por un tiempo, cartas y llamados telefónicos, pero sus vidas eran demasiado distintas para seguir compartiéndolas. Y sin decir nada los dos lo notaron, y así como así, un día cualquiera, descubrieron que la última palabra ya se había dicho y lo que siguió después fue el silencio. Silencio abrumador de vergüenza y lástima.
Había kilómetros entre ambos pero había algo que sin unirlos los unía; la nostalgia infinita, el poder evocar; en las noches de insomnio; esas tardes de verano en la cuadra, de juegos y corridas, aquellas miradas que adivinan de memoria al otro, las caricias que consuelan, o aquella noche que fundieron sus cuerpos en el calor del amor.
Adrián tuvo parejas más o menos estables cuya fecha de vencimiento estaba establecida por el día en que comienzan las comparaciones; y ninguna podía salir ilesa. Así, entre el desamparo de la soledad y la soledad de la compañía, Adrián atravesó infinitas cuadras sobre el taxi. Y aunque nunca lo admitió, mientras maneja siempre busca a Laura entre los peatones; es una búsqueda desesperada y frustrante, a sabiendas que no hay posibilidades de un milagro de ese tamaño, pero nublado por la esperanza de los enamorados.
Fue un día en el que el cielo estaba caprichoso, por la mañana había llovido y luego paró, las alturas fueron gobernadas por espesas nubes grises que de a poco se disiparon y, para la media tarde, apenas podían cubrir el sol que de vez en cuando proyectaba algún haz de luz punzante en el cielo. Adrián jamás olvidará aquella nube ni tampoco cuando detuvo el taxi en una esquina y subió Laura.
Ambos se miraron, nadie habló. Las palabras sobraban en esos primeros minutos. El tiempo se dilataba y contraía de manera extraña, Adrián se turnaba para mirar el cielo y luego el espejo retrovisor. Laura quería vomitar extenso discurso pero la primera palabra la detenía y su impotencia hizo aflorar un río de lágrimas silenciosas. Adrián mordió su labio, la miró y controlando su voz para que no se quiebre preguntó adónde iba. Ella murmuró algo que sólo podía comprender quién mucho la conocía; y Adrián comenzó a manejar. El viaje fue mucho más corto de lo que los dos hubiesen querido, casi un suspiro que no alcanzó a darle tiempo al querer frente al no poder. Al llegar a la terminal de ómnibus, Laura le dio a Adrián con rapidez atropellada un billete y se bajó con su maleta. Él arrancó y condujo con velocidad a ninguna parte. Luego estacionó y lloró. Lloró y golpeó su cabeza contra el volante, y arañó su rostro tatuando la impotencia y la bronca en su piel, y lloró y pensó en hacer retroceder el tiempo. Sentía como su corazón se pudría en la tristeza y el saber que su única oportunidad había sido desperdiciada.
Ahora todo estaba perdido. Secó sus lágrimas, miró de nuevo la nube y la odió. Luego observó el billete con el que Laura había pagado su viaje al adiós. Adrián se quedó estupefacto. Volvió la mirada a la nube y sonrió: el billete tenía escrito con lapicera una palabra; perdón; y un número de teléfono.

Parecía que estaban destinados a estar unidos para siempre, pero no era cierto: en el medio hubo veinte años de distancia y tristeza.

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Vive hundido en su propia resignación de pasado sin consuelo y futuro nebuloso, atravesando las calles opacas, llenas de prejuicios, temores y ningún amor. Perdido, lejano, absorto. Tan sólo un híbrido de la sociedad. Las utopías no llegan a la conciencia de Omar, ni la alegría ni el dolor. Ha vivido los últimos años buscando crecer sin florecer, jamás le ha llegado la luz del sol y su color empalideció convirtiéndolo en un fantasma, en un ermitaño. No quiere recordar si alguna vez tuvo casa, ni quiere pensar en el pasado, ni en el tiempo; guarda en su bolsillo un reloj de oro sin cuerda, relegado para siempre. Hoy Omar vive bajo el pino de plaza Moreno donde duerme desde que empieza a aclarar hasta bien entrado el ocaso. Como los fantasmas, Omar camina sin destino cada noche a ningún lado, buscando, a veces, qué comer; otras dónde morir.
Sus millones de arrugas dicen que tiene mil años, pero debe tener menos; es igual, porque el tiempo ha sido su único compañero, pero su peor enemigo y su mejor aliado, aunque él no lo sabe. Alguna vez contó, embriagado, que era abogado, que tuvo familia; esposa y dos hijas. Había posición de clase media acomodada, linda casa, pileta en el verano y amor eterno. También hubo secretaria veinteañera trepadora que insistió hasta que Omar se dejó llevar por la tentación. Olvidó códigos y conciencia y oscureció alma creyéndose enamorado. Dejó todo: una esposa que cambió el amor por rencor eterno, una hija de doce y otra de nueve. Su mundo giraba totalmente ciego alrededor de esa muchacha que reclamaba, incesante, muestras de amor con forma de billete: era una secretaria con ganas de dejar de serlo.
Omar decidió invertir todos sus ahorros en nuevo negocio manejado por su novia, tal vez porque estaba enamorado, o a lo mejor porque sabía que era un amor comprado. La muestra de cariño fue grande y la estupidez gigante: Omar puso todo a nombre de ella.
Al volver de viaje de negocios descubrió que era un mendigo; su novia había vendido todo y se había marchado a España con novio de veinticinco. Como un perro mojado y arrepentido Omar quiso regresar a su casa pero su esposa no guardaba segundas oportunidades y las niñas habían amamantado un odio creciente y rabioso contra su padre.
Y él comprendió que ya nada quedaba, porque podría haber intentado rehacer su carrera y acumular algún dinero nuevamente, pero ningún sentido tenía porque su resignación y el odio hacia sí mismo eran demasiado grande. Con lo puesto ese día durmió bajo el pino de plaza Moreno; se abandonó totalmente y quiso detener las agujas del reloj, no se afeita porque cree que cada vez que despierta es el primer día, tampoco lava su ropa ni arregla su pelo. El tiempo lo deterioró con velocidad; todavía lleva el traje que hoy parece un harapo mugroso. La gente lo mira con asco, pero a Omar no le molesta; él siente lo mismo. Desde aquella época los años han pasado de manera extraña y nadie sabe con exactitud si fue ayer o hace cien años que el tipo era una persona presentable. Para él cada día es igual, negro de noche y terriblemente negro de día. Sus sueños no existen, las pesadillas atormentan pero se tratan de ignorar.
La semana pasada Omar se acostó a dormir con el amanecer, pensando en esa mujer que se cruzó la noche anterior y que al verlo reemplazó el asco de su cara por dolor. Hubo algo en esa mirada que él no entendió y le dejó una inquietante inquietud. Omar durmió profundamente como siempre, ignorando el mundo que le pasa a su alrededor y sufriendo sus pesadillas, pero al mediodía despertó sobresaltado; abrió los ojos y vio a una mujer arrodillada a su lado, con lágrimas en los ojos. A veces el tiempo daña y a la vez cura, siempre fue así y siempre lo será. Omar quiso detener el tiempo pero éste siguió y algunas cosas cambiaron sin que él pueda notarlo. El odio que sus hijas amamantaron creció, envejeció y murió antes que Omar.
"Hola papá."
Hoy Omar se levantó cuando todavía era de día y fue al baño de la estación donde se afeitó y se cortó el pelo. Cambió sus ropas por otras bastante viejas pero limpias que hacía tiempo había encontrado en la basura. Se miró al espejo, sonrió. Aún duda si de verdad sucedió aquello la semana pasada o fue un sueño tramposo. Va camino a la casa de su hija, porque es el cumpleaños número cinco de su primera nieta. Antes de tocar timbre observa su muñeca: lleva el reloj de oro que marca las ocho. Omar se guarda una sonrisa para sí.

Y el tiempo vuelve a correr.

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