La desesperanza de ser nadie.

Fue un día cualquiera; simplemente no soportaba más. Descendió del colectivo con su arma, se paró en el medio de la vereda. Observó; había cientos de peatones. Hernán sacó el arma de su cintura, alzó sus brazos y comenzó a disparar. El cargador se vació en distintos cuerpos.

Creció como un árbol solitario al que no le llega la luz del sol, así supo hacer del silencio su lenguaje. Habitación de dos por tres es su refugio y su cárcel, allí las paredes suelen inclinarse sobre él. Hernán, observa, siempre observa; aún cuando parece más inerte, él siente, y sufre. Fue talentoso en eso de la mediocridad, jamás pudo ser un buen alumno, mucho menos deportista destacado. En la escuela no era ni el buen compañero, ni el gracioso, ni el alborotador; era, tan solo, una sombra silenciosa de escasa consistencia. En su casa todo era peor, por eso Hernán suele pasar los días detrás de sus auriculares, tapando los ruidos del mundo, escondiéndose de lo palpable, lo real. Su música lo transporta, con ella suele confundir lugar y tiempo. Pasan las horas y los días sin que Hernán vea a alguien, encerrado en su dormitorio. Simplemente sabe que su padre no está y su madre está esperando que él triunfe. Hernán es realista, jamás será alguien. Pero duele. Porque cuando los auriculares no los tiene en sus orejas puede escuchar. Y oír suele significar entender. Hernán entiende que mientras él permanece escondido en su universo, la madre aprovecha muy bien el tiempo para repetirle una y otra vez al padre que hubiera preferido no ser madre, que odia tener un hijo fracasado. Hernán tiene dos amigos, su música y su pistola, con la que juega noches enteras haciéndola dar vueltas en su dedo índice. Algunos días, cuando se levanta de humor, para escapar de los reproches maternos toma el colectivo y va a practicar tiro a un polígono. Pero últimamente eso lo estaba aburriendo. Antes, vaciar un cargador le daba adrenalina y un sentimiento que de otra manera no podía sentir: poder. Pero disparar contra esos cartones blancos, sin rostro ni vida, ya lo cansó. Ahora encontró una nueva salida diaria; se sienta en la vereda a escuchar música y observar el barrio. Allí los gritos de la madre no llegan. Los vecinos lo miran y piensan que es un joven educado pero extrañamente raro, aunque ninguno jamás se acercó a preguntarle cómo se sentía.
Y Hernán continúa como un árbol solitario sin vida. Recuerda que una vez una chica se interesó en él, pero su madre la alejó alegando que una novia lo distraería y no le permitiría triunfar. Pues siguió solo; la facultad lo abandonó, el trabajo no lo encontró, y la iniciativa de tomar su vida por las riendas aún no ha llegado. Es un ser marchito, a simple vista pareciera conforme con esa condición, pero detrás de sus ojos hay una desesperante pequeñez. La multitud de la ciudad lo dejó solo, su padre nunca estuvo y la madre lamentablemente está. Hernán jamás alzó la voz, jamás se enojó, jamás entendió lo que era la furia, simplemente aceptó. La semana pasada hubo días de lluvia incesante y Hernán no salió de su habitación. Allí jugó con el arma y escuchó música, allí vio las paredes inclinarse sobre él y la habitación convertirse en cárcel. La madre, al tercer día, comenzó a golpear la puerta y a gritarle que saliera, que era un fracasado, un ermitaño y otras cosas que un hijo no debería escuchar. Hernán escuchó el furioso discurso durante varios días seguidos; esta vez la música alta no tapaba los gritos. Al noveno día el hartazgo alcanzó su límite. Hernán cargó el arma, como un día cualquiera, abrió la puerta y salió de su casa. Tomó el colectivo. En el viaje pensó en su vida, miró por la ventanilla y vio al mundo que le dio vuelta la cara. Lo odió. Por primera vez en su vida tuvo un sentimiento intenso. Siempre fue invisible y también estaba cansado de eso. Se bajó del colectivo. Se paró en el medio de la vereda y observó. Tenía los auriculares puestos, se había trasladado, no podía ubicarse ni en lugar ni tiempo. Pensaba en su madre, en el odio, en el silencio. Vio gente feliz sonriendo. Los odió. Hernán sacó el arma de su cintura, la alzó, miró al mundo y gritó mientras vaciaba el cargador en figuras con rostro y vida.

Estruendos. Gritos. Cuerpos apagados que caen. Veredas ensangrentadas. Pánico. Gente que corre. Silencio. Abrumador silencio. Ya nada será igual: algunos inocentes no volverán a vivir y Hernán ya nunca será invisible.

(Basado en un caso real)

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12 Comments:

  1. Anónimo said...
    que tetrico pibe----esta bueno, ahora leo el segundo----el domingo lola estaba como loca----para mi que fue el humo del sabado
    Alejo said...
    Memo, felicitaciones por el blog y el contenido. Seguimos en contacto. Saludos.
    Cerca el milagro said...
    Muy bueno: qué triste. ¿Leíste "El extranjero" de Camus? Te lo recomiendo, es excelente.

    Un beso y te sigo leyendo.
    Soledad
    Princess of darkness said...
    Me alusino la foto!.

    supongo que seguire explorando estos pagos.

    saludos!.
    Penélope said...
    interesante. gráfico. escalofriante. triste. denso. ficción y realidad.
    seguro vuelvo!

    besos vecinos!!

    ps: me gustó mucho el retrato de la plaza san martín plagada de personajes que, lamentablemente, se han vuelto una pieza más del cuadro urbano
    corcholata said...
    realmente me encanto la forma del relato, sigue asi tocayo un gran saludo...
    Gasper said...
    Balas perdidas que encuentran un cuerpo. Leyendo tu escrito querido colega (de profesión y pasión, pero no precisamente en este orden)me tengo que preguntar qué hacemos con los diarios y su frialdad noticiaria. Pero no quiero respuestas, me conformo y em da placer que vos te estés encargando de esto.

    Gasper
    Juampi said...
    Conductor y chofer de una terrible impunidad. Se dejó llevar por lo que solo el supo, manejó y manejó, hasta encontrarse con el carril equivocado, en contramano ya, no supo girar... Asesino al volante, asesino sin sentido.
    Marcelo said...
    "...y me sentía de nuevo el idiota en el
    patio de la escuela -
    a veces un hombre nunca
    sale de ahí,
    todos pueden ver la marca."

    un poco más de realismo sucio

    me pasaron este sitio diciendome que había algo interesante y como siempre desconfie

    pero me lleve una sorpresa

    sigo leyendo...
    Patri said...
    Entre por casualidad..por curiosidad, ya que me dejaste cierta información cuando buscaba música para mis blogs... y me quedé leyendo, leyendo...casi compungida al pasar por tus historias tan sentidas. Memo?...de memoria? Se trasluce un ser muy generoso, especial. Gracias por el link! Yo soy docente...entrá en nuestros "blogcitos" cuando quieras, serás muy bienvenido! y dejanos una huellita...Seño Patri
    tajamar said...
    Fascinante. No sé si te habrás inspirado en el tirador de Belgrano pero se acerca mucho, como también se acerca a muchas realidades de chicos que la vida los intenta vencer, pero no por eso van a salir a matar gente, porque mejor está pelearla, pelearla a esta puta vida con todas nuestras fuerzas y no descargar nuestra ira dañando a los demás, que a veces son buenos, a veces son hijos de puta, y están ahí. La cuestión de esta vida es intentar ser feliz y llegar a serlo. A este pibe lo aplastó la vida, porque nunca encontró un rumbo, y eso lo convirtió en una mierda y lo arruinó, porque le jodió la vida a otro más que quizá sí tenía sueños por vivir y la estaba peleando. Saludos. Excelente texto.
    Anónimo said...
    muy bueno me gusto mucho este blog lo voy a seguir frecuentamdo

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