El reloj que fabrica segundas oportunidades.

Vive hundido en su propia resignación de pasado sin consuelo y futuro nebuloso, atravesando las calles opacas, llenas de prejuicios, temores y ningún amor. Perdido, lejano, absorto. Tan sólo un híbrido de la sociedad. Las utopías no llegan a la conciencia de Omar, ni la alegría ni el dolor. Ha vivido los últimos años buscando crecer sin florecer, jamás le ha llegado la luz del sol y su color empalideció convirtiéndolo en un fantasma, en un ermitaño. No quiere recordar si alguna vez tuvo casa, ni quiere pensar en el pasado, ni en el tiempo; guarda en su bolsillo un reloj de oro sin cuerda, relegado para siempre. Hoy Omar vive bajo el pino de plaza Moreno donde duerme desde que empieza a aclarar hasta bien entrado el ocaso. Como los fantasmas, Omar camina sin destino cada noche a ningún lado, buscando, a veces, qué comer; otras dónde morir.
Sus millones de arrugas dicen que tiene mil años, pero debe tener menos; es igual, porque el tiempo ha sido su único compañero, pero su peor enemigo y su mejor aliado, aunque él no lo sabe. Alguna vez contó, embriagado, que era abogado, que tuvo familia; esposa y dos hijas. Había posición de clase media acomodada, linda casa, pileta en el verano y amor eterno. También hubo secretaria veinteañera trepadora que insistió hasta que Omar se dejó llevar por la tentación. Olvidó códigos y conciencia y oscureció alma creyéndose enamorado. Dejó todo: una esposa que cambió el amor por rencor eterno, una hija de doce y otra de nueve. Su mundo giraba totalmente ciego alrededor de esa muchacha que reclamaba, incesante, muestras de amor con forma de billete: era una secretaria con ganas de dejar de serlo.
Omar decidió invertir todos sus ahorros en nuevo negocio manejado por su novia, tal vez porque estaba enamorado, o a lo mejor porque sabía que era un amor comprado. La muestra de cariño fue grande y la estupidez gigante: Omar puso todo a nombre de ella.
Al volver de viaje de negocios descubrió que era un mendigo; su novia había vendido todo y se había marchado a España con novio de veinticinco. Como un perro mojado y arrepentido Omar quiso regresar a su casa pero su esposa no guardaba segundas oportunidades y las niñas habían amamantado un odio creciente y rabioso contra su padre.
Y él comprendió que ya nada quedaba, porque podría haber intentado rehacer su carrera y acumular algún dinero nuevamente, pero ningún sentido tenía porque su resignación y el odio hacia sí mismo eran demasiado grande. Con lo puesto ese día durmió bajo el pino de plaza Moreno; se abandonó totalmente y quiso detener las agujas del reloj, no se afeita porque cree que cada vez que despierta es el primer día, tampoco lava su ropa ni arregla su pelo. El tiempo lo deterioró con velocidad; todavía lleva el traje que hoy parece un harapo mugroso. La gente lo mira con asco, pero a Omar no le molesta; él siente lo mismo. Desde aquella época los años han pasado de manera extraña y nadie sabe con exactitud si fue ayer o hace cien años que el tipo era una persona presentable. Para él cada día es igual, negro de noche y terriblemente negro de día. Sus sueños no existen, las pesadillas atormentan pero se tratan de ignorar.
La semana pasada Omar se acostó a dormir con el amanecer, pensando en esa mujer que se cruzó la noche anterior y que al verlo reemplazó el asco de su cara por dolor. Hubo algo en esa mirada que él no entendió y le dejó una inquietante inquietud. Omar durmió profundamente como siempre, ignorando el mundo que le pasa a su alrededor y sufriendo sus pesadillas, pero al mediodía despertó sobresaltado; abrió los ojos y vio a una mujer arrodillada a su lado, con lágrimas en los ojos. A veces el tiempo daña y a la vez cura, siempre fue así y siempre lo será. Omar quiso detener el tiempo pero éste siguió y algunas cosas cambiaron sin que él pueda notarlo. El odio que sus hijas amamantaron creció, envejeció y murió antes que Omar.
"Hola papá."
Hoy Omar se levantó cuando todavía era de día y fue al baño de la estación donde se afeitó y se cortó el pelo. Cambió sus ropas por otras bastante viejas pero limpias que hacía tiempo había encontrado en la basura. Se miró al espejo, sonrió. Aún duda si de verdad sucedió aquello la semana pasada o fue un sueño tramposo. Va camino a la casa de su hija, porque es el cumpleaños número cinco de su primera nieta. Antes de tocar timbre observa su muñeca: lleva el reloj de oro que marca las ocho. Omar se guarda una sonrisa para sí.

Y el tiempo vuelve a correr.

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7 Comments:

  1. tina oiticica said...
    Muy profunda tu análiis a partir de una situación mundana. El uso del vocabulario por vezes sofisticado por otras sencillo adiciona placer a lectura del cuento.

    Quiero más. Es difícil el encuentro de una temática especial y el arte de la narrativa. Felicitaciones.
    Juampi said...
    Estás dejando sin comer a los grandes escritores...

    Ya tenés un voto mío para el mejor blog del año!

    "...El odio que sus hijas amamantaron creció, envejeció y murió antes que Omar..."

    Esa es la parte mas conmovedora, nos enseña y nos da la impresión muy positiva que la esperanza del perdón existe, y que todo puede tener un inesperado giro de 360º, aunque el no halla tenido la oportunidad de disculparse ante su família. El tiempo es sabio.

    Felicitaciones nuevamente!
    Anónimo said...
    Hola Memo, muy bueno, me gustó mucho.Es fantástico poder expresar en un papel los sentimientos profundos.
    Saludos
    María josé
    vokal05 said...
    Buenas memo! Una historia q nos hace pensar en muchas cosas y sobretodo q aunq creamos q el tiempo corre en contra nuestra en realidad es sabio.

    Bueno, pues lo de mi historia, hoy creo q no estoy muy inspirada pero lo prometido es deuda.

    Un besito!
    corcholata said...
    que tal tocaiiio pues aqui reportandome...
    pues hubo problemas en mi pagina y cambio ahora es http://elmerocorcholata.blogspot.com
    todo sigue como antes, espero verte por ahi, que yo seguire leyendote.
    un abrazo
    nos leemos.
    Preguntona said...
    Memo,heme aquí de nuevo.
    Debo ser masoquista: mi corazón se ha encogido nuevamente y me encanta.
    Vaya, he de comprarme una caja de pañuelos desechables.
    yo said...
    Wao!!! que historias....

    tu las escribes???? de donde eres, a mi tambien me gusta escribir
    soy de mexico

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