Calle Esperanza.

Lía debió escapar de pueblo provinciano y padre abusador cuando aún su cuerpo caminaba por la cornisa que separa a la niña de la mujer. Marchó con bolso y nada de dinero a gran ciudad, donde los sueños de éxito se amontonan de a miles en la basura de los desilusionados. Allí, Lía golpeó mil puertas que se le cerraron en la cara dejando el sello de la vida, de la realidad; fabricó, entonces, resignación y ganas de volver a casa a soportar lo que una niña jamás debería vivir. Por milagro, el azar intercedió para que se cruce en el camino de Clara; abuela sin nietos y amor desbordante sin nadie a quién entregárselo; que se apiadó y le dio a Lía, por primera vez, un hogar, una vida y un futuro.
No llevó mucho tiempo hasta que comenzó a llamarla "abu" y menos para que se quisieran mutuamente. Clara quería fabricarle a su nieta postiza un camino por dónde transitar y la motivó para que termine el secundario y sea la mejor. Lía no desilusionó; estudiaba y leía hasta en el baño, pudo destacar su intelecto rápidamente en colegio privado de alumnos caprichosos y adinerados; también tuvo astucia para esconder el cuerpo escultural que la naturaleza le había moldeado lentamente y, así, su belleza glamorosa pasó desapercibida. Había sueños universitarios a punto de concretarse cuando a Clara el corazón viejo y malherido le dijo basta.
Hubo cataratas de lágrimas en Lía. Tal vez la vida guarda demasiada crueldad y su pasatiempo preferido sea el de masacrar los sueños y planes de las personas, que siempre terminan siendo un castillo de arena, un artilugio de la esperanza; ese enfermo sentimiento que nos da vida y nos mata.
Luego del luto y el volver a empezar, Lía endureció su rostro y su carácter, barrió en un segundo sus sonrisas típicas y su calidez y salió al mundo como un león hambriento. Prefirió no pensar y dejó que su cuerpo tomara el protagonismo relegado; y la prostitución siempre es el camino más fácil y el más corto, pero su ruta no lleva a ningún lado más que así mismo, como una rotonda sin escape. El destino otra vez la encerraba pero ella no lo notó, sólo trató de subsistir y se transformó en una mujer deseada por los ejecutivos y el precio de su noche, que no incluía el amor, subió con velocidad. Su mente trabajaba como una calculadora y su cuerpo era una máquina sexual. No había nada más que eso; era, únicamente, una prostituta. Lo que Lía había sido se había ido al cajón con Clara.
El dinero recaudado cada noche iba a parar debajo del colchón, con suerte gastaba algo para alimentarse. No soñaba, como sus compañeras, con el cliente que se enamora y la rescata porque se había prometido erradicar para siempre cualquier fantasía o ilusión. Su objetivo era satisfacer al cliente para aumentar el colchón debajo del colchón y para eso aceptaba maltratos, golpes, drogas, disfraces y, sobre todo, aceptaba aparentar placer que jamás pudo sentir. De día, su única tarea era dormir sin soñar e ir a al supermercado a comprar algo exclusivamente esencial. Allí la atendía cajero simpático, buen tipo, que más de una vez le ofreció ayuda al verla con moretones ocasionados por excesos de sus clientes. Lía siempre respondía con indiferencia y frialdad. Su resignación había dejado en coma cuatro al amor.
Un día Ezequiel le introdujo a Lía un papel en la bolsa del supermercado. Ella no lo vio hasta llegar a casa. Estaba en manuscrita con una hermosa caligrafía:

Me pregunto qué hay de cierto en ese gesto rabioso de milagros truncos y otoños infinitos, qué hay detrás de esa mirada disfrazada de maldad. Muero por saber tu historia, si tan sólo me pidieras ayuda.


Eso es tan sólo lo que Lía necesitaba para volver a ser aquella nieta que quería construirse un futuro. Tomó dinero, agallas, abandonó habitación con olor a cliente desprolijo y le ofreció a Ezequiel contarle su historia.
Luego del café, las horas de charla y las lágrimas acumuladas, Lía hizo por primera vez el amor con alguien y, también por primera vez, sintió placer. Juntos pusieron, con ahorros acumulados, minimercado en calle Esperanza y ya pudieron contratar una empleada. Así, Lía tiene tiempo suficiente para estudiar psicología. Hay planes de casamiento, pero los hijos van a tener que esperar; Lía primero quiere recibirse.

Tal vez la vida guarde, al fin y al cabo, algo más que crueldad.


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Mueca.

La lluvia caía aterciopelada sobre sus hombros rendidos en el día más gris del año. Estaba de pie, paralizado, pensando en el destino; con los ojos muertos mirando la nada en aquel piso dieciséis, al borde del desamparo, de la extinción. Aldo ha pasado cincuenta inviernos y no está seguro si quiere seguir superándolos.
Hace años era un joven idealista, revolucionario como todo universitario que tiene las fuerzas y la ignorancia para cambiar el mundo. Tuvo, alguna vez, capacidad para hacer latir su corazón al ritmo del amor; Luz era hermosa, rubia, de mirada luminosa y alma llena de bondad. Supo darle los días más felices. Pero los años, la vida y el monstruo del sistema lo llenaron de avaricia. Aldo silenció su corazón y tomó rumbo distinto dejando a Luz marchar en silencio rencoroso a armar su vida mientras él, con astucia y aires de superioridad, se codeó con el poder y la fortuna.
Disfrutó de los excesos, los viajes, los cruceros y el champagne mientras la soledad le hacía compañía en las noches largas y oscuras de su departamento céntrico o en habitación cinco estrellas de hotel europeo. Jamás decidió hacerse preguntas ni cuestionarse el concepto de familia porque su escalada profesional se basó en calcular, sin sentir o imaginar. Así pudo traicionar prototipos de amigos o socios, humillar a adversarios y catapultar al desempleo a personal a los que consideraba ineficaces. Jamás le rindió cuentas a la conciencia ni mostró algún despojo de sensibilidad.
Hace un mes todo cambió; iba en su auto importado hacia restaurant italiano para festejar con un brindis solitario su quinta década de vida cuando, como una jugada del destino, vio caminando a Luz. Habían pasado veinte años pero su hermosura había cobrado sofisticación con el tiempo. Aldo se deslumbró; estacionó y saltó hacia la vereda como un juvenil, como si, de pronto, su corazón hubiera despertado de una silenciosa siesta amarga de verano por la tarde. Indeciso permaneció observándola desde lo lejos: allí estaba ella, sonriente, fantástica, en la puerta de una linda casa con olor a hogar. Fue en el momento en el que Aldo pensó acercarse cuando salieron por la puerta un niño de unos doce años, otro de quince, una hermosa mujer de veinte y un tipo con etiqueta de esposo feliz. Todos sonreían. Aldo tuvo tiempo de imaginarles cumpleaños, navidades, asado de domingos al mediodía y charlas de sobremesa mientras los miraba marcharse. No hubo restaurant italiano ni brindis solitario.
Su corazón terminó de despertar para comenzar a llorar y su rostro petrificado dibujó una mueca extensa; mueca pétrea de tristeza impía, mueca que imprimió en su alma mil sueños truncos amalgamados al fracaso del éxito profesional. Y esa mueca aún permanece dibujada en su cara en esta terraza mojada por la lluvia que suplanta a las lágrimas secas que aún no se animan a caer. Aldo vio reflejado en el único amor de su vida lo que él resignó por algo que hoy desecharía. Y nada posee, sólo el derecho a terminar con su vida sin sentido; derecho que está dispuesto a usar. Se acerca a la cornisa mientras el manto gris de lluvia suave e incesante deja un halo de dolor que Aldo siente como punzadas en su piel fría. Su mueca parece reproducirse y detenerse en el tiempo quitándole la vida que no tuvo antes que él decida quitarse la vida que no tiene.
Ni la abundancia del dinero amortiguó la caída ni el poder le salvó la vida.
Aldo supo construir castillos pero no supo como habitarlos y hoy ya comienza a ser un recuerdo prescindible de unos pocos no muy queridos. Y su cuerpo reposa dentro del ataúd con una mueca extraña, de suicida sin arrepentimiento, ni dolor, ni amor, ni alma. Una vez más, como siempre y para la eternidad, está acompañado únicamente por la soledad.

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El sol cae sobre la ciudad vestido de primavera y la brisa cálida atrae a la gente que se anima a codearse con la naturaleza. La plaza principal está agolpada de oficinistas que aprovechan su hora de almuerzo y de estudiantes en grupo, otros se animan a alistarse para el verano poniéndose el traje bronceado en su piel. Los rostros que se suceden son la antítesis de cualquier otro día; aquí hay gestos relajados y sonrisas fáciles, el estrés y los problemas de la rutina se han tomado vacaciones. Todo el entorno semeja a una pintura del romanticismo, e incluso, si se está desprevenido, sería una imagen empalagosamente cursi. Pero la realidad engaña.
Allí; bajo la sombra de aquel árbol, pasando totalmente desapercibida; está Alba, una muestra áspera del mundo. Este sol primaveral no alcanza para iluminar sus grises lágrimas que se desparraman sin consuelo por su rostro y riegan de tristeza la tierra fértil que tanto la ha castigado. Tiene diecinueve y un trozo de carne creciéndole en su vientre. En este momento Alba está decidiendo si eso que crece ya tiene alma o aún carece de cualquier individualidad. Resultaría más fácil pensar que es sólo un feto, pero no está tan segura y nunca fue una chica autocomplaciente, ni busca acallar su conciencia.
Hasta hace tan sólo doce horas era una mujer feliz, enamorada de la vida; de su trabajo humilde pero suficiente para pagar sus estudios, y sobre todo enamorada de su novio: Andrés, un tipo de treinta, inteligente para triunfar en cualquier negocio, algo frío pero siempre dispuesto a mostrarse como alguien de valores y chapado con las reglas tradicionales. Juntos habían construido proyectos y sueños; había planes de casamiento e hijos. Sobraba felicidad, encanto. Dicen que el encantamiento no es más que la verdad que se oculta, pero Alba no lo sabía. Por azar o accidente, o ambas, ella quedó embarazada. No dijo que tenía un retraso, prefirió estar segura; el miedo no era un sentimiento que la atravesara porque la seguridad de tres años de relación, y el creer que se conoce a la persona a la que se ama, era un colchón de confianza lo suficientemente grueso. Anoche se hizo el test y el positivo le arrancó una sonrisa y varias lágrimas de emoción. No lo habían buscado, pero adelantando algunos plazos todo iba a estar bien, pensaba Alba.
Corrió a contarle a Andrés y en el camino, incluso, pensó en el casamiento y en nombres para el nuevo motivo de alegría y plenitud espiritual. Pero la vida guarda sorpresas y no siempre son dulces. El tipo escuchó la nueva buena como quién oye el noticiero y luego, oportuno, largó su vendaval de confesiones: dijo que hacía tiempo que su amor se había apagado y se había mudado a Andrea, cuarentona bella, de larga historia sexual y carrera profesional envidiable. Alba comenzó a sentirse pequeña, su mundo de pronto se estaba tiñendo de negro y todo, en cámara más o menos lenta, se desvanecía ante sus ojos. La frialdad típica de él esta vez se había multiplicado y en sus palabras no corría ni una gota de sangre, eso a ella la pulverizó. Andrés, sin entender de qué hablaba, le deslizó una indirecta demasiado directa; que decida ella qué hacer con el niño pero que sepa que jamás hallará en él un padre.
Alba se silenció, no encontraba palabras porque su alma estaba muriendo. Marchó en la noche y no dejó de caminar sin rumbo hasta que sus piernas dijeron basta en esa plaza en ese día primaveral. Tiene diecinueve pero siente que su mundo terminó. Tal vez esté pagando el precio de vivir encantada, pero seguramente el precio es demasiado elevado. Su cabeza va y viene y qué hacer con su hijo es una incógnita lo suficientemente pesada como para terminar de aniquilar sus últimas fuerzas. Y ella está allí, bañada en verdad, mientras su alrededor gira desdeñoso como una novela rosa y la brisa sigue soplando cálida y las sonrisas se multiplican. Alba posiblemente se quede en las sombras hasta que la noche caiga y ya no queden ni ganas de llorar. Caminará de vuelta a casa y en el camino se cruzará con los despojos de la sociedad; cartoneros, mendigos y perros sin dueños. Alba llevará sus manos instintivamente a su panza protegiéndola. Nunca le gustaron los caminos fáciles ni piensa acallar su conciencia; aún no lo sabe pero en nueve meses su mundo volverá a construirse.

Mientras las realidades se siguen cruzando. Y la luz y la sombra, y el principio y el fin.

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Los brillos opacados por el destino.

Tuvo la desdicha de nacer dónde sólo abunda la carencia; en casilla de un ambiente que el ingenio y unas cuantas sábanas pudieron convertirlo en hogar de dos habitaciones y un living comedor; pero sin espacio para la comodidad. Su padre siempre ha trabajado de lo que surja y lo que surgía nunca le daba tiempo para estar en casa o recordar cumpleaños; y su madre ha sido una fábrica de crear hijos pero se ha cuidado de no quedar apegada sentimentalmente a sus creaciones. Guadalupe tuvo que aprender de chica a esconder las ambiciones y sus sueños son sólo óxido en algún lugar de su alma.
De chica ya era linda, tez blanca con hermoso pelo lacio color carbón y grandes y redondos ojos negros que le daban una mirada única. Aprendió a ser hermana y madre de sus hermanos, ya a los diez tomó la iniciativa de salir a buscarles el plato de comida que solía escasear. Pero en mundo de carencia lo que sobran son los desbordes y Guadalupe comenzó a rozarse con el universo de las drogas y el alcohol. Cuando vagaba por ahí lograba salir ilesa a duras penas, pero era sólo una cuestión de tiempo; en su casa no había quién imponga límites ni existía un hermano mayor que aconseje. En escala de valores de invención propia ella decidía lo que estaba bien y mal.
La adolescencia llegó como lo hace siempre y su deseo de explorar fue el caldo de cultivo para el pecado. El alcohol era cosa de todos los días desde los doce, la droga, en cambio, era un poco más nueva. Ese mundo gris no hizo otra cosa que apagarle el brillo de los ojos y su mirada perdió toda la inocencia. Si alguna vez tuvo una esperanza de algo, ese sentimiento hacía rato que se había muerto; ni siquiera sus hermanos le preocupaban ahora, como si supiera que, como ella, tenían el destino marcado. Las hormonas la llevaron a Guadalupe a coquetear frecuentemente con el sexo casual y lograba callar su conciencia imaginándose enamorada durante el acto. Pero siempre fue chica de memoria corta; así era todo más fácil. En aquellos lugares que la educación sexual escasea como casi todo, el embarazo está a la orden del día y fue una cuestión de suerte que a ella no le haya llegado antes. Pero finalmente llegó a los quince.
La madre, luego de enterarse, sólo le preguntó si conocía al padre y después se fue a amamantar a su octavo hijo. El papá de Guadalupe, en cambio, reaccionó como lo hace tan seguido: la golpeó durante quince minutos y luego se marchó en silencio a trabajar de lo que había surgido. Guadalupe lloró su adolescencia tirada en ese piso de esa casilla de esa villa de este mundo. Y lloró, y lloró. Nadie recuerda si alguna vez lo había hecho antes, pero ese día lloró para compensar todas las lágrimas y todos los dolores del alma que tanto había guardado. Cuando finalmente el corazón se encontró seco, Guadalupe se paró, tomo algunas de sus ropas y se marchó para siempre. Jamás volvió a ver a sus padres ni a sus hermanos.
Ahora vive en villa vecina en casa de un ambiente que, con sábanas e ingenio, logró separar en dos. Su nuevo novio no tiene trabajo fijo pero subsisten. Ella se está dedicando a fabricar hijos; la mayor ya tiene ocho, es de tez blanca y ojos negros hermosos llenos de brillo e inocencia. Se crió sin muchos límites y está aprendiendo a conocer el mundo. Dicen que ya la han visto coqueteando con el alcohol y las drogas y que ya no se preocupa tanto por sus hermanos. Dicen que ya no tiene esperanzas.
Espero que no sea así.

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De fondo sonaba suavemente una guitarra mientras él le susurraba palabras al oído; no había amaneceres ni ocasos en ese sitio, ni siquiera tiempo. Los días, posiblemente, se sucedieran en el exterior, pero no allí donde el parqué del piso poseía vida y se animaba a conversar con el hogar que siempre estaba encendido. Hace tiempo que en esa casa no se oye una carcajada, mucho menos un llanto; como si cualquier muestra de sentimiento se hubiera marchito con el tiempo convirtiendo las habitaciones en santuarios del vacío, donde sólo se escucha el crujir del techo y los ecos del corazón.
Han pasado tanto tiempo juntos que ni siquiera saben si han estado separados; el único hijo que tuvieron les fue arrebatado por la tragedia demasiado temprano y el dolor que quedó mató las esperanzas de tener otro. Es ese dolor el que se ha marcado a fuego en sus almas y resuena cada día, como si se hubiera encarnizado con ellos. Juntos se olvidaron del significado de luchar y la palabra vivir ya suena desconocida. Supieron acostumbrarse al silencio y a la monotonía de lo gris, no por opción sino por comodidad; y juntos dejaron que el tiempo pase sin que el sufrimiento se dé por enterado. Ella suele tejerle bufandas y gorros que él almacena en un armario sucio, de vez en cuando estrena alguno y se sienta frente al fuego del hogar a contarse arrugas, a ver brillos ajenos; ella calla a su lado concentrada en su lana que va y viene, que nunca le pregunta cómo está. Los suspiros suelen amontonarse y escurrirse por todo el caserón buscando respuestas o señales, o algo.
En el barrio nunca han escuchado otra palabra de ella además del hola pálido de cada mañana en la panadería, y de él sólo se sabe que existe, jamás se lo ha visto. Pero no le importa, él sólo sabe del paso del tiempo cuando se descubre anciano en el espejo y cabizbajo va a sentarse esperando al olvido que nunca llega; ella anhela con encontrarlo revolviendo el estofado del día que es una versión demasiada parecida al de ayer y al de mañana.
Ya están muy viejos y este invierno es demasiado crudo para el frío de ese hogar sin vida. Tal vez, un día de estos, tengan por fin una visita; tal vez la muerte venga a visitarlos y, si tienen suerte, tal vez los encuentre abrazados en su cama, con una sonrisa, felices de saber que la agonía ha terminado. Ojalá les espere algo... algo.

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Y ahora hay que volver a empezar, salir al mundo; otra vez. ¿Pero cómo? ¿Ha cambiado algo o sólo yo? Salgo.
Otra vez la gente, sí, carente de destino, apresurada en llegar a ningún lado; buscando un no sé qué que temen encontrar. Y las calles; senderos de un laberinto. Y los árboles, los ruidos, el silencio, la soledad de la multitud. Todo, todo igual. Camino entre todo esa selva tratando de encontrar algo que llame mi atención, algo que me dé un céntimo de alegría, de pureza. Hago un esfuerzo por adjudicarle entereza a aquel hombre que ayuda a una anciana a cruzar la calle, pero mi esfuerzo se diluye cuando lo veo marcharse maldiciendo al azar que lo topó con esa porción de realidad. Él prefiere el espejo de Alicia.

Continúo mi caminata, no sé que día es ni qué hora, pero la gente se agolpa en la city, la mayoría son oficinistas. Y allá a lo lejos lo veo, está sentado en un banco de la vereda, sus ropas son la de un mendigo pero el brillo en sus ojos es el de alguien a quién no le falta nada. A medida que los metros se restan entre nosotros comienzo a adivinar su suciedad y su olor, debe tener setenta años y su barba posiblemente sea mayor. No hay dudas: su única posesión es ese banco temporario, mañana será otro en otro sitio. Distingo que sostiene algo en su oreja, y lo aferra con fuerzas, como al botín más preciado; sus ojos van y vienen sin detenerse en nada, porque no quieren ver, todos sus sentidos se han entregado a esa radio, a esa radio que le dice algo que no logro oír, que tal vez nadie oiga alguna vez. Sus ojos de pronto brillan aún más, todo sus músculos se tensan, observo que se muerde su labio inferior. Me pregunto qué escuchará. Los segundos se alargan, la gente continúa caminando sin mirarlo, él está invisible en el medio del todo. Veo como los dedos de su mano aprietan más y más la radio e inclina toda su cabeza para no dejar que ni un milímetro de aire separe su oreja del paraíso. Todo su cuerpo está tan tenso que me permito imaginarlo quieto por toda la eternidad. Pero de pronto, todo cambia: el tiempo vuelve a andar, el señor rompe su rigidez con un salto digno de un veinteañero y con sus brazos en alto deja escapar un grito tan audaz como sincero: "¡GOOOOL!". Gol. ¿Gol? Sí, gol. Ahora, ese ser que para todos había pasado inadvertido dejó de ser invisible para ser el loco al que todos miran de reojo. A él no le importa, se sienta nuevamente en su hogar, su banco, coloca nuevamente la radio en su oreja y con una enorme sonrisa vuelve a su mundo. Estoy algo estupefacto, ya muy cerca de él puedo verle la satisfacción dibujada en su rostro, tan real y tan pura, tan inmensamente pura que no deja de responderme que aquel sujeto de casa descartable y ropa eterna halló en una radio un trozo de felicidad. Paso a su lado esperando escuchar el partido pero nada oigo. Me detengo simulando atarme los cordones pero ningún sonido sale de esa radio. Le miro el rostro al viejo y él aún lo oye, sus ojos siguen sin fijarse en ningún sitio y sus oídos están totalmente entregados al aparato. No entiendo. ¿O si? Me sonrío, me paro y emprendo el viaje de vuelta a casa pensando en el viejo, en el gol, en la radio que no andaba y en el espejo de Alicia. No puedo evitar sonreírme nuevamente.

Por hoy, logré hallar pureza en la selva.

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¿Dónde habrá estado mi mente en esas dos horas y cuarenta minutos? ¿Dónde habrá estado mi conciencia, mis miedos, mis fuerzas? ¿Me los habrán robado? ¿Y a ese tiempo me lo habrán quitado? ¿Será el precio de seguir viviendo? ¿Habré muerto durante la operación y vuelto a vivir? Ni siquiera un sueño, nada. Como si ese tiempo no existiera. ¿Qué fue lo qué pasó? ¿Y si aún duermo? ¿Y si ya no soy el mismo? ¿O si lo anterior a aquello no existió? ¿Quién soy? ¿Quién era? ¿Adónde voy? ¿Qué es ese calor? Es insoportable ¿Qué es? ¿Tengo miedo? ¿Hay alguna razón para morir? Porque de haberla es que, entonces, hay un motivo para vivir. Sí, la hay. Un tiempo que me han robado... que me han regalado. Entré siendo uno pero el que salió es otro. El viernes 7 de julio me robaron dos horas cuarenta; y me dejaron una nueva vida.

Atravieso la puerta giratoria y el mundo se abre ante mí. Toda la ciudad tiene su movimiento usual, pero a la vez todo tiene un matiz diferente. Al descender la escalera y llegar a la vereda lleno mis pulmones de aire: libertad, enorme libertad. Por fin. Comienzo a caminar con cierto temor, ha pasado mucho, he pasado mucho. El sol se muestra amable rodeado de un cielo tan azul como el mar y la brisa es imperceptible. Cientos transitan por las calles, me pregunto si hoy se han detenido a sentir la vida, si al levantarse se cuestionaron, aunque sea un instante, su existencia. ¿Cómo hacer para explicarles que no son eternos?
Mis piernas continúan viaje, me siento caminando sobre una nube, todo tiene una especie de rebote inerte. Observo a mi izquierda y veo la plaza, de majestuoso verde; siento como mis ojos se iluminan de paz y no logro evitar sonreírme. Estoy vivo. Pasa un auto, una niña va en el asiento trasero mirando por la ventana, debe tener 5 años, no más. Me mira, nuestros ojos se congelan mientras el mundo sigue, pero allí estamos nosotros, quietos, mirándonos, ajenos al resto, como si una burbuja nos envolviera, tal vez su auto aún se mueva al igual que mis piernas, pero ella y yo estamos quietos; y nos entendemos, no nos decimos nada pero nos entendemos, como si los miles de brillos de sus ojos pudieran comunicarse con los míos. Y el aura del mediodía funciona de ambientación perfecta para este momento mágico. Aún seguimos congelados el uno en el otro, posiblemente ninguno de los dos esté pensando, estoy seguro que ella, como yo, tiene la mente en blanco y estoy seguro que tampoco sabe por qué nos sonreímos. Será porque sabemos el valor de estar vivos. Será.
El tiempo vuelve y se la lleva dejándome apenas un hilo de la luz de sus ojos. Continúo sobre mis piernas. Ya atravesé 70 metros, ya estoy en casa después de la internación. De nuevo en mi hogar después de 23 días y 70 metros que han cambiado todo el tiempo, pero por sobre todo el futuro. Para siempre.

Cómo plantarse ante la muerte.

¡Cuánto tiempo ha pasado! Más de un año... Un año. ¿Qué será un año cuando un minuto puede serlo todo? Y ahora he vuelto, pero ya nada es igual.
He podido escapar casi ileso de la situación más complicada que me ha tocado vivir: enfrentarme con la posibilidad de quedar paralizado o, peor, sin vida.

Veintitrés días de internación. Veintitrés noches largas, oscuras. Allí estoy, en esa cama; a mis pies tengo una ventana que no da a ningún lado, todo carece de temporalidad. Todo se alarga a la vista y se enlaza con el negro de la penumbra. Es mi primera noche de internación. Tengo suficientes miedos como para pensar en otra cosa que no sea en ellos. Trato de ordenar mi cabeza. Hay ruidos, muchos, demasiados ruidos. Un haz de luz se permite entrar desde la puerta, a mi izquierda, iluminando una franja estéril en la pared. Comienzo a pensar en el futuro: ¿Qué futuro? ¿Por qué me pasa esto? ¡¿Por qué carajo me pasa esto?! Trato de calmarme y de convencerme que no hay porqués y no tiene sentido buscarlos. ¿Pero tan injusta puede ser la vida? Aún no lo sé, me digo. Intento poner a prueba mi mano izquierda y rascarme el mentón: sé que la estoy moviendo, pero no puedo hallar el mentón porque no sé dónde está la mano. Siento que una lágrima quiere soltarse, pero no lo voy a permitir. ¿Será cierto que una lágrima es el alma que explota de una emoción que ya no puede sostener? Y si es así, ¿de qué explota ahora, de impotencia? Tengo tanta bronca y temor, impotencia y fastidio, dolor y tristeza que sólo quiero cerrar los ojos y obligarme a dormir. Y lo hago.

Despierto cayendo de la cama y sé que no hay nada que pueda hacer para evitar caerme. Me muerdo el labio y trato de aferrarme con mi mano de la sábana pero es inútil, la gravedad me atrae y me desparramo en el piso impactando mi cabeza con algún objeto. Sólo voy a decir que volver a subirme a la cama fue una travesía cargada de frustración.
Ya arriba no me acosté inmediatamente, me mantuve sentado observando la ventana, lleno de furia y lágrimas que brotaban de mis ojos. No voy a morir. Y menos que menos esta cosa que tengo en la cabeza me va a quitar mis sueños. No lo va a lograr. No lo voy a permitir.

Ese fue el click.

Uno a uno, todos y cada uno de mis seres queridos empezaron a desfilar delante de mí, como reales, pero yo sabía que era sólo mi imaginación trabajando en la oscuridad. Me propuse pelearla, con fuerza, tragándome el dolor y esperando el combate sin miedo. Podía perder, pero no iba a ser por rendirme. No. Y si iba a perder... no, no iba a perder. No.
Soy Emmanuel Frezzotti, tengo 21 años y hoy y ahora no estoy dispuesto a morir ni a resignar mi libertad de moverme. No lo sueñes.

He vuelto (con vida... y viviendo)

Este posteo es para informarles lo que me pasó a aquellos que no se enteraron lo sucedido y para contarles las novedades a aquellos otros que sí sabían.
El sábado 24 de junio comencé con fuerte dolor de cabeza; lo adjudiqué a una presunta gripe porque también sentía cierta debilidad y es bastante común eso en mí. Pero días después (el miércoles 28) tuve la sensación de pérdida de sensibilidad en la mano izquierda, primero, y en la pierna después. El retroceso motriz avanzó hasta que el sábado 1ro de julio a la noche ya no pude manejar el tenedor y caminar comenzó a ser un trabajo forzoso. Me asusté. El domingo 2 decidí ir a ver a un médico. La dificultad para moverme era evidente, incluso a las escaleras del Instituto Médico Platense no pude subirlas ese día y me llevaron en silla de ruedas a la guardia. Al verme el médico notó que algo estaba muy mal porque ya, directamente, no coordinaba los movimientos. Llamó, entonces a un neurólogo de emergencia y me hicieron una tomografía. El resultado dio que tenía algo en la cabeza, que no se sabía qué era pero que, definitivamente, no debía estar. Automáticamente quedé internado (por primera vez en mi vida). Para determinar fehacientemente qué era lo que tenía debían hacerme una resonancia magnética. Mientras tanto mi cabeza trabajaba de mil maneras y miles de pensamientos me cruzaban sin cesar; mi mayor temor era el de no poder moverme. Las tareas simples y cotidianas como vestirme o bañarme habían cobrado una complejidad descomunal.
Pese a que el resultado de la resonancia no fue concluyente, de las miles de sospechas sobre lo que podía ser quedaron sólo dos: o era un tumor, que sin importar si era maligno o benigno había que sacar a través de cirugía, o era un absceso; una bolita de pus causada por una infección. Había un gran problema y era que el hijo de puta estaba muy adentro y, por más que al principio no lo quise ver, la situación era MUY complicada. Afortunadamente me propuse pelearla y me mantuve de muy buen humor siempre. No servía de nada estar mal; ya estaba en el baile y había que bailar. Me sirvió mucho (MUCHÍSIMO) el apoyo de toda la gente: Flor, familia, amigos, conocidos, conocidos de conocidos; lejanos, cercanos… todos, de alguna manera u otra dijeron presente y eso jamás voy a olvidarlo. (GRACIAS) También fue imprescindible el trabajo de los médicos y enfermeras, todos excelentes profesionales que me contuvieron y me dieron confianza. Tengo tres médicos: Diego Pipet (médico clínico, un ser extraordinario), Eduardo Guerra (neurocirujano, una persona fantástica) y Leandro Hidalgo (el médico que cada mañana me revisa y me da fuerzas y energía). Guerra decidió hacer una interconsulta a Burry, un neurocirujano que es una eminencia. Él propuso un procedimiento para dar un diagnóstico concreto: hacer una estereotaxia, algo que parece ser sacado de una peli de ciencia ficción que, tomografía mediante, y con un anillo de metal en la cabeza, se saca la ubicación milimétrica del objeto extraño y luego de ser cargado en una computadora una aguja automatizada penetra directamente y toma una muestra para analizar. Esto fue el jueves y una vez que yo di mi aprobación se puso fecha para el viernes.
Estaba expectante. Nervioso. Las sensaciones eran miles. A las seis de la tarde me vinieron a buscar y, pese a que me habían dado dos tranquilizantes, las piernas me temblaban como nunca he visto. En la sala de tomografía me pusieron el anillo metálico en la cabeza que debía ir ajustado con tornillos (porque no debía moverse ya que esa era la guía para la aguja). El dolor que sentí mientras me lo ajustaban fue, sencillamente, indescriptible. Al ver las caras de preocupación de los médicos tomé real conciencia: si era un tumor las posibilidades de sobrevivir eran escasas. Realmente. Tuve mucho miedo, pensaba que no dejaba nada palpable de mí (ni tuve un hijo, ni planté un árbol, ni escribí un libro o filmé una peli) Me imaginé siendo sólo un recuerdo que se desvanece con el tiempo… Fue duro, porque uno a los 21 años se cree invulnerable y cree que nada puede pasar. Pero de pronto la vida nos pega una cachetada y nos muestra la relatividad de tantas cosas que uno asume como problemas y en realidad son nimiedades. Reales estupideces. Y todo toma otra cualidad, y el pasado se hace añicos, el presente, como siempre, es lo único que existe y el futuro sólo es una gran duda, una incógnita perdida en el espacio. ¿Qué somos? ¿Cuánto valemos? Preguntas sin respuestas. Mientras el tomógrafo trabaja y los médicos me miran con preocupación y el anillo me hace sangrar. Los segundos pasaban de manera extraña. Pensé en el valor de los afectos, sentí en mi corazón el apoyo de muchos y sentí que poseía razones para pelearla con todo. Preguntarse el por qué no valía la pena, sólo debía importarme el cómo. Cómo sobrepasarlo.
La tomografía terminó y comenzaron a prepararme para el quirófano. Sólo restaba esperar y confiar en los médicos. En la camilla, solo, sentí una especie de increíble tranquilidad. Lo último que recuerdo es que me cortaban el pelo en la nuca y que el médico me hacía un gesto de confianza. Era el momento.
Desperté con la cabeza tapada con una frazada y creí que estaba muerto, hasta que comenzó a brotarme un enorme calor y una sensación de claustrofobia. Pero no podía moverme, ni siquiera sabía si ya me habían operado. Logré pedir que me destaparan y… la luz volvió. Pese a que tenía grandes dolores sabía que todo había salido bien. Mientras me sacaban del quirófano el médico se acercó portando una cara de felicidad que jamás olvidaré y me dio la noticia: ¡No era un tumor! Cuando pincharon salió pus por lo que era un absceso que con antibióticos puede ser eliminado. Hubo jolgorio, lágrimas, festejos y abrazos. Lo peor había pasado.
Me llevaron a la habitación y mis viejos se fueron a festejar mientras yo descansaba (después, a las dos de la mañana volvieron como adolescentes, bastante borrachos y me despertaron entre lágrimas y palabras que yo no entendía pero sabía lo que significaban). El sábado 8 de julio comenzó una nueva vida. Desperté sin dolores y con la sensación de estar recuperando movimientos (cosa que no dije hasta estar seguro para no crear falsas expectativas). A la noche fue evidente que estaba progresando: la mejoría estaba siendo tan rápido como el retroceso que antes había sufrido. El domingo (día de la final de la copa del mundo) caminé por la clínica. La felicidad es total. El miedo había sido grande. Y este mail que empecé con esfuerzo ayer domingo 9 y estoy terminando hoy lunes 10 es la muestra que mi mano izquierda está recuperando la vida. De a poco, pero sin pausa. Ahora resta ver de dónde surgió la infección en la cabeza y hacer rehabilitación. Pero las expectativas son, definitivamente, muchísimo mejores (hace tan solo cuatro días un médico deslizó la posibilidad que, de no matarme, el intruso me iba a obligar a quedarme internado un lapso de tiempo no menor a seis meses).
Todo pasó extraordinariamente rápido. Hoy hace tan solo ocho días que estoy internado. Y siento ser otro. Es extraña la vida… no cabe duda. Y hoy, tal vez tarde, tengo enorme ganas de abrazar a cientos (realmente son cientos) y decirles que les agradezco con todo mi corazón la preocupación, el apoyo y el ofrecimiento de ayuda de cualquier tipo. Supongo que a veces he sido algo ciego, seguramente debería haber notado antes el valor de tantas pequeñas cosas tan importantes. También supongo que no es tarde. Y continúo. Viviendo. Sobreviviendo, siendo el mismo y otro. Conociendo mi cualidad de pasajero, de etéreo, de suspiro. Y, por sobre todo, de relativo…
ENORMES Y SINCERAS GRACIAS A TODOS,
LOS QUIERO.

Memo.

PD: hace un rato vino el médico y me informó que la infección en la cabeza tiene la raíz en una infección en una válvula del corazón (pero no afectó su funcionamiento) y el sistema circulatorio la trasladó al cerebro. Falta determinar con exactitud qué bacteria es para atacarla con antibióticos. No hace falta intervención quirúrgica porque no poseo ninguna deficiencia cardiaca. Hay que seguir esperando, la ansiedad no sirve de nada. Estoy en las mejores manos y voy a dejar que los hechos y las noticias surjan naturalmente. Ni voy a pensar en el alta ni a apresurarme… Sólo pienso en lo lindo que es ser querido y aún tener la vida para vivirla.


 

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