Libre albedrío.

Él lo sabía, no podía desconocerlo, porque observaba con atención aquellas carreras desquiciadas; como aquel sujeto de postura encorvada, a quién miraba desde lo alto cruzar la calle, que vivió durante décadas rompiendo todo tipo de códigos, traicionando amigos, perdiendo cualquier tipo de escrúpulos por algún dinero extra. Y ahora, cuando el final ha comenzado a acechar -porque al fin y al cabo son siempre los finales los que marcan el comienzo de algún aprendizaje- sabe que, sencillamente, lo cambiaría todo con tal de volver el tiempo atrás. Como siempre, lo que se desea es lo imposible; es parte de la naturaleza humana, parte del sinsentido que es todo.
Pero él no lo comprendía, le resultaba tan confuso que sólo atinaba a continuar con su observación. Luego clavó su mirada en una mujer cuarentona, hermosa, segura, caminaba con firmeza y en su mirada residía una confianza aparente. Era, como siempre, por una máscara. Él había aprendido a adivinar, con el tiempo, la presencia de máscaras, que eran usadas por todos; algunos la portaban por instantes, otros nunca se las quitaban. Y esta mujer, seguramente, era de las que decidía mostrar un rostro cargado de seguridad pero que en las noches, cuando convivía con la soledad, dejaba al descubierto su verdadera verdad, que no era más que un manojo de tristeza y llanto, por aquellas niñas que ya estaban por ser mujeres, que solían ser sus hijas y ahora eran sólo unas desconocidas, o un recuerdo deformado por los años. Había podido elegir, como todos; y su elección puso como prioridad aquella relación fortuita con jefe veinte años mayor que le prometía millones de ascensos y ninguna preocupación. Las cosas, él lo sabe mejor que nadie, nunca salen como se espera; su jefe, que también podía elegir, decidió respetar a su esposa. Ella siguió trabajando allí, los ascensos nunca llegaron.
Deseos pomposos de puro hedonismo parecían ser la causa y la consecuencia de la desdicha colectiva, él lo sabía. Y en la búsqueda de complacer metas frígidas, los habitantes de aquella tierra construían inmensos castillos ilusorios que el tiempo convertía en pesadas mochilas que debían portar, indefectiblemente, hacia su lecho de muerte. O estaban los otros, que eran los peores; que usaban sus vidas para adoctrinar conductas que hacían de la desesperanza un arma para atraer esclavos espirituales, que se rendían ante las frases hechas que respondían de manera fatídica cualquier pregunta.
Y todo en el nombre de él. Todo.
Por un momento pensó si todo lo que veía no había sido su plan; ejecutado con precisión quirúrgica. Pero temió comprender que, si así era, su antagonista histórico podía ser sólo su inconciente. Eligió, por ende, continuar quieto, observando –incluso riendo, a veces- desde lo alto, pasivo como siempre, esperando una motivación que, sabe, puede tardar otros dos mil años más.
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Comentarios
Pero igual, aunque es muy fuerte, me gusto mucho.
Liliana
Felicitaciones nuevamente.
Saludos...
Lu
http://waxundwane.blogspot.com
Mario: A veces no hace falta comprender todo para comprenderlo todo.
Juampi: A lo mejor hay que saber escribirlo, jeje. Gracias.
Lu: Cualquier historia sería mejor que esta, supongo. ¿No?
Ripley: Puede ser... pero aún así no lo sé.
La frase "...son siempre los finales los que marcan el comienzo de algún aprendizaje" es tristemente real.
Un abrazo.
Liliana
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