Felicidad náufraga.

Arnaldo caminaba cabizbajo entre la espesa niebla de invierno, en soledad, por una calle de tierra algo maltrecha, tratando de que ninguno de sus pensamientos lograran converger en aquel punto funesto, de un pasado que había quedado bien atrás, pero que en estos últimos días, con la visita de ella, intentaba volver a la vida y traer consigo el sufrimiento. Cruzó sus brazos para colocar las manos debajo de las axilas y así protegerlas del frío que, a esa altura, ya era el peor del año. Hacía un largo rato que había amanecido, sin embargo el sol llegaba apagado e impávido, luego de filtrarse sin demasiado éxito por esa nube pesada y grisácea de humedad.
Adivinó que no faltaría tanto y, si no fuera por la niebla, ya podría vislumbrar la tranquera que funcionaba como modesto portal de un rato de relajación, en un día de tranquila pesca. Esa laguna era mucho más que una gran masa de agua inerte. En cada una de sus desganadas olas habitaba un silencio tan abrumador que era capaz hasta de vencer los sollozos del alma. Y Arnaldo lo sabía. Pensó, de pronto, cómo haría para olvidar todo aquello, cómo lograría que la culpa no lo aniquilara.
Alzó la vista y pudo distinguir a unos cinco metros, desdibujada y empalidecida, la tranquera. Había pasado tanto tiempo que Arnaldo se sorprendió al descubrir que lucía igual, incluso su chillar metálico seguía siendo el mismo. La última vez que la cruzó, hacía ya veintidós años, lo hizo para cometer el error más grande de su vida. Maldijo cuando recordó la visita de ella, su ahijada, antes de ayer; no hacía falta traer todo el dolor nuevamente, pensó.
Luego de cerrar tras de sí la tranquera, caminó por entre los árboles, tanteando para no golpearse con ninguna rama que la niebla podía llegar a tapar. Ese camino lo hacía desde chico, siempre acompañado por Claudio, su amigo inseparable, su hermano del alma. Pero ahora era distinto.
- ¿Por qué, Claudio? ¿Por qué? – dijo Arnaldo tímidamente, mientras sus palabras se amontonaban para luego desaparecer y desvanecerse en el silencio sepulcral, que sólo era vencido por el crujir de alguna hoja otoñal aplastada por uno de sus pasos.
Él y Claudio solían ir a pescar muy seguido. Al llegar cada uno agarraba un bote y se internaba en la laguna. Así, separados por cinco metros de agua, competían para ver quién pescaba más o bromeaban y reían por horas cuando no había pique. En ese lugar eran felices. Pero también allí fue donde Arnaldo entendió lo que pasaba, cuando Claudio faltó al día de pesca cuatro veces seguidas.
- La amaba tanto…
Otra vez las palabras murieron rápidamente, pero esta vez albergaban en su sonido un dolor latente de una nostalgia invencible: Arnaldo se había casado con Susana a los veinte años, era la mujer de la cuál había estado enamorado desde pequeño y se desvivía por ella. Claudio se había casado unos pocos meses antes, cuando su novia quedó embarazada. Eran momentos felices; las bodas y luego el nacimiento de Liliana, la hija de Claudio, de quién Arnaldo aceptó con gusto ser su padrino. La niña era hermosa y llena de vida. Poseía tanta luz que alguien hubiera podido presagiar que para contrarrestar toda esa felicidad, una tragedia se estaba acercando.
Las tres primeras veces que Claudio no fue a pescar, a Arnaldo le pareció raro, pero sus pensamientos no fueron más allá. Fue en la cuarta ausencia cuando comprendió. Estaba en su bote, pescando y extrañando a su amigo. Era un día lluvioso de verano, imposible para la pesca pero ideal para las bromas. De pronto, sin una causa obvia, algunas miradas entre Susana, su esposa, y Claudio vinieron a su mente; y así, por casualidad, muchos hechos comenzaron a enlazarse y a cobrar coherencia y lógica. Remó velozmente hasta la orilla, cruzó el bosque corriendo, atravesó la tranquera y corrió a casa. Lo que encontró al llegar fue lo que había imaginado; su esposa y su amigo eran amantes. Puede ser que el diablo haya colocado esa arma sobre la mesa de luz, porque no tenía por qué estar allí. Pero Arnaldo no pensó en nada cuando la tomó y dejó al desnudo el inconciente más reprimido de cualquier ser.
Después de eso vinieron quince largos años de cárcel. Pero por sobre todo, sobrevino una gran soledad que se cobijó para siempre en la razón de Arnaldo.
La laguna se asomó por entre la niebla que ya había comenzado a rendirse ante el calor de la incipiente mañana. Se acercó a la orilla y se sentó. Todos estos años había sobrevivido a duras penas soportando el dolor, pero antes de ayer; cuando Liliana, su ahijada e hija de Claudio, lo visitó sin previo aviso; todo retornó. Entre lágrimas le reprochó haberle arruinado la vida y haberla condenado a toda una infancia sin su padre. Arnaldo no podía ver detrás de esa mujer llena de tristeza a aquella niña tan viva. Calló mientras Liliana escupió todo su dolor y bronca durante largos minutos. Luego se hundió.
La laguna comenzaba a recibir el sol y a reflejarlo en rayos dorados que fluían danzantes por entre el oleaje triste y dormido. Arnaldo se subió al bote putrefacto y lleno de agua; creyó comprender, por un instante, que esta vez el silencio no acallaría algunos dolores. Sin embargo permaneció quieto, allí, recordando esas tardes de largas carcajadas junto a su hermano del alma, cuando eran inseparables y la vida estaba llena de tintes felices.

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16 Comments:

  1. Wax and Wane said...
    Buena Historia
    Ivana Fernández said...
    Que historia!!!!! muy buena por cierto...tan con el tono exacto, con la palabra justa y con esos sentimientos encajados como por arte de magia en cada rincón de tu prosa.
    Insisto en que sos brillante!

    PD: gracias por dejarme formar parte de esas más de 20000 visitas a "tu" mundo.
    Emmanuel Frezzotti said...
    Wax and Wane: Gracias.

    Ivana: Muchísimas gracias de corazón. Y recuerda que el mundo también es tuyo.
    tina oiticica harris said...
    Me gusta leer tus estorias. Nunca pude creer que tienes solamente 22 años con la maestria lingüística que posees.

    Quisiera que fuera menos triste tu universo, pero así es; nadie es igual al otro.

    Un abrazo del Universo Anárquico.

    Tina
    Mario Guevara said...
    Una historia tan buena como las demas, llena de sufrimiento, pero de que se compone vuestro mundo, si no es de sufrimiento, o almenos eso reflejan vuestras obras.
    Sigue asi, un abrazo desde Ecuador.
    Emmanuel Frezzotti said...
    Tina oiticica Harris: Así es, tengo 22 años. Si quieres puedo mostrarte el DNI ;-)
    Mi mundo; este, el de las letras; es triste, sí. Pero el mundo, "real", que habito es inménsamente feliz.
    Gracias por los elogios. Besos.

    Mario: Gracias. Y repito lo mismo: Sólo mi mundo de las letras es triste. Abrazos!
    Camila Figueroa. said...
    Se ve interesante tu blog
    cuando tenga tiempo leeré con calma tus historias...

    jejeje

    Saludos!


    Camila.


    www.dreeams.blogspot.com

    :)
    Lopi said...
    lo primero que pensé que cuando terminé de leer fue " qué triste historia", pero luego de analizarla un poco mejor, me dí cuenta de que algo triste también puede ser muy lindo y dejarte pensando un buen rato.

    un beso grande!
    Lopi
    Emmanuel Frezzotti said...
    Camila: Espero que te tomes tu tiempo.

    Lopi: Coincido con vos. Saludos!
    Daniel Galatro said...
    Estimado Emmanuel:
    Un día cualquiera, Borges comenzó a crearse un mundo propio. Otro día muy posterior, vio que lo que había hecho era bueno y se fue a vivir en ese mundo propio, dejándonos a los demás en una realidad tan ficticia como la ficción que él había creado.
    Creo que estás logrando hacer algo así, pero nos hemos metido en tu creación junto con vos. Y la podemos disfrutar.
    Gracias por la envidia sana que has hecho nacer en mí.
    Desde cerca, Ensenada, Daniel Galatro.
    Emmanuel Frezzotti said...
    Daniel: Muchísimas gracias por tu comentario. Sin embargo, (aunque no hace falta aclararlo) cualquier mundo que yo pueda crear está a años luz de uno de Borges.
    Él era un genio, yo sólo soy un insistidor.
    Mary Paulino said...
    estoy conociendo tu mundo y estoy feliz leyendo tus historias, que las encuentro geniales, un poco triste si, como dicen tus amigos, pero la tristeza vista asi es linda, con tanta prosa y tardes lluviosas, me ha encantado y ahora que se que eres jovencito mas, y cuando sea grande...? seras un genio como los tantos que hemos tenido en America,
    Mis saludos y admiracion.
    miguelbernale said...
    Escribes muy pesado (frases largas), "clichesudo" ("sollozos del alma", "silencio sepulcral")y efectista (palabras como "dolor", "nostalgia", "soledad", "triste").
    Si quieres tomarte en serio la escritura evita las metáforas gastadas y procura ser más sutil (no digas que algo es triste, doloroso, etc. sino has que a partir de las palabras el lector sienta la tristeza o el dolor).
    Emmanuel Frezzotti said...
    Miguel: Lo único que puedo decir es: Sí, tienes razón en todo lo que dices.
    (Por fin una crítica sincera y con fundamentos).

    Sin embargo, mi falta de talento no implica que no me tome la escritura seriamente. Incluso, como habrás notado, tengo todas las características de un mal best seller ;-)

    Saludos, y gracias por tu sinceridad!
    miguelbernale said...
    No hay de qué. En un país con tan buenos escritores como Argentina no se puede andar con tibiezas.
    Sin embargo, parece que tienes ganas y eso es lo que más se necesita (muchos creen que las tienen pero se engañan).
    mucho aguante y sobretodo mucha suerte.
    Emmanuel Frezzotti said...
    Miguel: Esperar la suerte es de mediocres. Lo mejor es ganarle a cualquier suerte a base de esfuerzo.

    Saludos!

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