El fin de la búsqueda imperfecta.

Anita despierta cada mañana en una gran cama vacía; pero no se queja, de alguna manera, ya a sus cuarenta y tantos, ha aprendido a convivir con el silencio de un hogar que nunca le pregunta cómo anda o qué necesita, que nunca la abraza ofreciéndole consuelo. Hoy alberga en su corazón tan sólo resignación y una docena de nombres de parejas que no funcionaron.
En toda su vida ella ha depositado infinidad de veces muchísimo amor y esperanzas al comienzo de una nueva relación, pero nunca funcionó. Anita sembraba sueños románticos y cosechaba despedidas dolorosas. Podría pensarse de ella que es una mujer complicada, pero no es cierto; posee un corazón y una bondad tan gigante como su anhelo por encontrar felicidad, es una persona íntegra, de esas que nunca fallan. Anita es vulnerable, pero fuerte a la vez, posee un gran carácter; y porque ella jamás traicionaría es que jamás perdona una traición.
Tampoco lo perdonó a Marco, su última pareja, cuando le conoció amante. Estuvieron cuatro años, la pareja funcionaba bien aunque nunca de manera maravillosa. Anita coqueteó durante ese tiempo con un prototipo de felicidad, pero en su interior sabía que algo, no sabía qué, no alcanzaba a llenarla. Igualmente planearon futuro; la boda y los hijos eran proyectos sobre base concreta. Porque ella siempre soñó con ser mamá, y se nota; es de esas mujeres que se desviven al ver a un niño, se las puede ver babear, se puede comprender al instante que sería una buena madre, posiblemente excelente.
Pero Marco, hastiado de rutina hogareña y sexual, encontró compañera de aventuras. Anita se enteró cuando un día, por eso del azar, debió volver antes a casa: los encontró en pleno desenfreno, en su propia cama. Anita no levantó la voz, ni siquiera habló; se acercó a ambos, la tomo del brazo a la susodicha y la acompañó hasta la salida, luego volvió y ante la atenta mirada de un Marco aún desnudo armó una valija, la colocó en la mano de él y lo acompañó hasta la puerta. Anita no le dijo ni adiós, tampoco lo insultó, sólo calló. Sabía que era el fin de una relación y la conclusión de un nuevo fiasco amoroso. Cuando cerró la puerta se sentó en el suelo, así permaneció varias horas, en soledad, sin llorar y sin soñar, como si fuera un preámbulo de su nuevo futuro. A él no lo volvió a ver; de alguna manera lo entiende, ella también era conciente de que cuando estaban juntos a las sábanas le hacía falta un poco de sal, y mucha pimienta. Sabía que, sin saber el motivo, nunca pudo entregarse sexualmente a ninguna pareja. Marco no fue la excepción, pero si fue el último hombre con el que Anita ha estado, hace ya casi seis años.
Desde entonces Anita ha hecho de la soltería una religión, cuyo dios es impío y cruel. Pero no le queda otra. Aunque ya está cansada de asistir a bodas ajenas, de ver a todas sus amigas construir grandes familias, de ser la organizadora indiscutida de cada despedida de soltera, de ser la amiga perfecta, la que siempre atiende el teléfono, la que escucha y no tiene nada que contar. De lo único que no reniega es de sus ahijados; tiene cinco, todos hijos de amigas. Son la luz de sus ojos, se vuelve loca por cada uno de ellos, es la madrina soñada: amante de los niños pero sin hijos propios.
Pero no cabe duda; todos los que la conocen la miran con cierta lástima. Es que Anita se hace querer, y su soledad y tristeza causa empatía. Y por más que le presentan, en el trabajo o en la familia, un candidato nuevo cada semana, Anita ya no hace ni el intento, está gobernada por la experiencia y el miedo. Pero por sobre todo, por una sabiduría aún inculta, que le dice que jamás hallará a un hombre que la haga feliz.
Hay quienes dicen que la vida guarda siempre un as en la manga, una segunda oportunidad. Pero es mentira, en la vida de Anita lo que no hacía falta es una segunda oportunidad, sino una primera. La realidad señala que la vida lo que sí cultiva son aprendizajes, y aunque algunos llevan muchos años, demasiados tal vez, a sus cuarenta y dos, Anita aprendió algo.
Por trabajo debió viajar a ciudad con vista al mar; allí hizo un curso acompañada por compañera de trabajo con la que nunca había entablado conversación. Resultó que Silvi, así le dicen a ella, también es soltera. Y en sus treinta y ocho años tampoco ha encontrado una pareja que le de felicidad. Compartieron habitación y en la segunda noche, tras horas y horas de conversación y risas a carcajadas, descubrieron entre ellas una fuerte química. Luego de entender y aprender que sus búsquedas estaban mal orientadas dieron paso a la física; ambas se entregaron al amor pasional y las estrellas brillaron esa noche más de lo normal. Anita descubrió qué es un orgasmo y el placer verdadero.
Están felices, ambas, y preparadas para dar la noticia en sociedad. Anita siempre soñó con ser mamá, y aunque no va a ser de la manera que pensaba, cree que podrán adoptar. Al fin y al cabo, tal vez la vida sí posea ases en su manga. Y está bien que así sea.

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Entre real y onírico.

La ruta se extiende aparentemente eterna hacia delante, sus manos transpiran mientras sujetan el volante con fuerzas. Tiene miedo, mucho miedo.

Abandonó la ducha sumergido en algún pensamiento banal efímero, y mientras se vestía oyó los pasos y gritos apresurados de una mujer alterada. Luis salió del baño rabioso; al pasar al lado de un armario le llamó la atención un papel entre muchos papeles. Pero siguió su ruta y se encontró en la puerta, casi chocándola, a su ex cuñada; profundamente sacada de sí y soltando gritos que carecían de pudor y ubicación, por encontrarse en casa ajena. Luis la tomó del brazo con fuerzas y le dijo calmadamente pero con autoridad que se marchara, que su hermano no estaba allí.

- Ya lo sé, dile que no quiero que se meta más en mi vida y menos en la de mi novio. – Dijo ella conteniendo su voz para no elevarla, pero guardando en su tono una furia incomprensible.
- Está bien, ¿Por qué no te vas?
Ella le arrojó una mirada asesina a Luis, y luego le tiró en la cara un papel arrugado.

- Y que no le mande más cartitas estúpidas a mi novio.
Luis sintió algo inmediatamente; algo no estaba bien. Su hermano no era así.

- ¿De qué carta hablas?
- De esa –dijo ella señalando el papel que le acababa de arrojar-, se la mandó a mi novio diciéndole cómo supuestamente debe tratarme y no sé cuantas estupideces más.

Ahora, ese papel que sobresalía en el armario, cobraba, por razones aún desconocidas, una trascendencia mayor. Luis pensó muchas cosas de manera veloz, lo primero que hizo fue empujarla del brazo hasta sacarla de la casa y luego corrió hasta el armario. Mientras se acercaba los pensamientos se cruzaban de manera aleatoria y confusa. El hermano se había separado hacía algunos meses de su novia, y Luis lo había encontrado extrañamente afectado, más de lo usual. Llegó al armario oyendo sólo los latidos de su corazón apresurado, el papel seguía sobresaliendo de los demás, casi como contuviera un brillo extraño, un brillo de grito desesperado. Luis lo tomó y todos sus miedos se construyeron sobre las acertadas suposiciones previas. La carta era un escueto adiós, con letra manuscrita, de alguien que está pensando en quitarse la vida.
Los pensamientos se instauraron, esta vez, con mayor orden en la cabeza de Luis. Recordó que anoche su hermano, Ale, se había acostado más temprano que de costumbre, aludiendo un cansancio supremo; también le vino a su mente, no sabe por qué, la pregunta que Ale hizo hace unos días: quería saber exactamente a qué distancia quedaba el lago de la ciudad. Y Luis, ahora que hacía fuerzas para que ningún detalle pasara desapercibido recordó, o creyó recordar, cerca de las seis de la mañana la puerta que se cerraba.
Luis corrió hacia el garaje y encontró el automóvil de su hermano aún estacionado, tal como lo preveía. Así era su hermano, no sabía por qué, pero Luis tenía la certeza que Ale había caminado hasta el lago, y eso lleva un par de horas como mínimo. Sin dudarlo Luis subió al automóvil y aceleró al compás de su corazón alborotado.

La ruta se extiende aparentemente eterna hacia delante, sus manos transpiran mientras sujetan el volante con fuerzas. Tiene miedo, mucho miedo. Y bronca, no entiende como no pudo darse cuenta; como no pudo ayudarlo. La llovizna cae de manera copiosa, de lado por el fuerte viento; el día está muy gris, con nubes muy espesas y oscuras, no parece la hora del día que es, todo el ambiente oculta un espectro algo siniestro, y un olor a desgracia gira en torno a Luis que siente que, a pesar de dejar al motor rugir en las seis mil revoluciones, la ruta pasa en cámara lenta por debajo del automóvil y no importa cuánto acelere, nunca es suficiente. No se imagina la vida sin su hermano, no; no entra en ninguna cabeza, no es posible, no, no sería humano vivir así, no.
Llega al lago que sólo puede reflejar el gris del cielo pero con menos luminosidad, por lo tanto no es más que una mancha negra en el medio de la nada, una mancha que sólo cobra vida por la lluvia que recibe y por el oleaje que el viento forma en su superficie. Luis estaciona el automóvil y corre; vió en el extremo del espigón, que ingresa unos doscientos metros hacia el corazón del lago, una figura, casi inconfundible. Ese lugar, que ahora está desértico, en realidad es un lugar turístico por naturaleza y los fines de semana se puebla de gente, familias enteras con hijos y mascotas. Pero ahora sólo alberga el silencio y la desolación, el miedo y la muerte, el pasado el futuro que se desvanece.
Luis corre tan rápido como puede y la silueta comienza a tomar forma, mientras la lluvia sigue cayendo incesante y todo el entorno cobra cierto aire misterioso, como si las gotas de lluvia fueran arrojadas por el cielo pero como si, también, se desprendieran del agua del lago, y el viento hace un gran remolino alrededor de ellos haciendo danzar al agua.
Sí, es su hermano. Luis se detiene unos cinco metros por detrás, Ale está de espalda, sosteniéndose de la barandilla pero del lado del agua, apoyando medio pie en el cemento del espigón y el restante en el aire gris. Como si hubiera podido sentirlo, Ale se da vuelta y lo mira a Luis. No hablan, ninguno de los dos lo hace, pero con sus miradas se leen los pensamientos. Luis adivina lágrimas en los ojos de Ale, disimuladas por la lluvia, pero están ahí, él lo sabe.

- Vine en cuanto pude- Piensa Luis; le piensa, sin decirle.
- Te necesitaba- Piensa esta vez Ale.
- Lo sé, lo sé.
- Casi hago…
- Vamos a casa.

Ambos bajan la vista. Luis se acerca lentamente mientras la lluvia cesa y el día se hace más oscuro aún. Ale pasa por sobre la barandilla, de su muñeca sale sangre, pero aún posee fuerzas para rendirse en los brazos de Luis: que lo cobijan, que lo sostienen con fuerzas. Como siempre.
Ambos caminan lentamente, abrazados. Algo detrás de todo eso parece un sueño cruel, pero sea como sea, es el fin de una tragedia que no pasó, es el fin de una pesadilla, el fin de lo onírico.
//Próximo post: Jueves 30 de noviembre//


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Pequeños inocentes.

Lo he visto, parado como un gran hombre, en ese pequeño cuerpecito, abstraído, maravillándose con un pájaro levantando vuelo, o sorprendiéndose al sentir su primer escalofrío. Sí, juro haberlo visto hacer de cada día un gran descubrimiento, un mapamundi de secretos revelados, de misterios por resolver. Pude verlo, también, concentrado por extensos minutos en extraer pequeños trozos de piel de los costados de sus uñas minúsculas, en esos deditos traviesos y exploradores.
Pude observarlo por horas, extensas horas, y aún no logro comprender la vida tan bien como él, continúo sin explicarme como esos ojos pueden albergar tanta inocencia, tanta paz. Parece rodeado por un aura que aniquila cualquier retazo de maldad que intente acercarse, que lo protege y es alimentado por esa voz rebalsada de dulzura.

- Vení tiíto.

Y el mundo se derrumba, automáticamente los problemas se hacen trizas, cualquier pesimismo desaparece. Y allí está él, ofreciendo todas sus fuerzas a un solo objetivo; hacer girar la calesita. Y me acerco mientras me observa y se sonríe; él sabe lo que está a punto de pedirme y yo también. Nos entendemos, una picardía es dueña de todo el ambiente.

- Subí tiíto.

Otra vez esa voz, ternura por doquier. Obedezco, y ya estoy sumergido en su mundo; en un mundo donde no hay temores estúpidos, donde el concepto del ridículo no se comprende, y está bien que así sea. Estoy, entonces, parado en una calesita en medio de la plaza, dando vueltas como un niño en un cuerpo adulto, siendo impulsado por él. Tiene inocente poder, lo sabe y le gusta; cambió los roles, ahora es él el que manda, el que decide la velocidad, el que decide todo.

- ¿Querés que te haga girar yo ahora? – Le pregunto un poco inundado por mi incomprensible incomodidad de racionalidad adulta.
- No, tiíto, vos reíte.

Claro, que estúpido fui; está enseñándome a vivir, está mostrándome nuevas sensaciones. Me abrió la puerta de su universo y me empujó por el umbral. Y entonces me percato que no somos distintos, que no todo lo sé. Quiere gritarme que aún queda mil cosas por explorar, que el valor de todo está en el descubrimiento, en la exploración de las nuevas sensaciones.
Y entonces caigo rendido; y no puedo detener una carcajada mientas sigo dando vueltas de pie en una calesita, en medio de una plaza llena de gente que me mira, y me envidia. Y una mirada cómplice nos une, y nada más importa, nada más existe.

(Una tarde con Alain; mi sobrino)

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Ecos solitarios.

Noches sobre cenizas.


Merodea por las calles oscuras desde hace años; ocultándose rabiosamente de las multitudes; evitando el ruido excesivo, las palabras sin sentido de los huéspedes de la urbanidad. Noctámbulo por naturaleza, él es habitué de antros capaces de dar cobijo a cualquiera que quiera divorciarse de la soledad y el desamparo por un rato. Conoce estrictamente como la noche se mueve, a qué lugar ir cada día, para así terminar en un bar con dos o tres desconocidos más que, como él, hallarán en el oído anónimo al mejor amigo se sus vidas, con la virtud de que esa amistad caduca, inevitablemente, con el amanecer.
Así es como, entre gris y negro, Gaspar construye sus días, habitando mesas en recovecos, arrinconadas al desprecio, envueltas en un cono decrépito de luz amarga y pálida; luz que baila coqueteando con el humo que se escabulle por entre los labios de Gaspar, una y otra vez, logrando hacer de su atmósfera un basural intangible de tabaco nauseabundo. Allí, con movimientos cuya lentitud es su principal fuente de vida, observa, callado, el vacilar de las agujas del reloj, con su gesto maltrecho de odio indefenso, mientras los cubos de hielo se empequeñecen hasta terminar siendo parte del whisky aguachento de origen dudoso; y Gaspar le da otra pitada a su cigarro, y luego separa en cámara lenta sus gruesos labios dejando escapar el pesado y gris humo que se desliza indeciso hasta que, a medio metro, su columna se quiebra y sus rumbos se separan hasta disolverse en viajas pitadas, en antiguas columnas de distintos dueños.
Tiene la habilidad de convertir cada movimiento en un ritual, en una larga ceremonia de rígido protocolo, la habilidad de convertir su vida en una sucesión de días cuya finalidad nunca está del todo clara. Gaspar ha guardado ambiciones para usarlas nunca jamás; creció hace mucho como chico bien de una sociedad elitista, fue abogado, licenciado en letras y pecador asiduo. Luego de la muerte de sus padres se encargó de hacer de la herencia un sueldo modesto cada mes, eternamente. Y entre vida sencilla, siempre noctámbula, creyó poder ensamblar palabras con cierta habilidad en manuscritos que nunca llegaron a ser arte. Sin embargo, en esas confesiones con murciélagos como él, siempre menciona que es escritor, y cuando está de suerte y halla a alguien que comparte gustos literarios su rostro se transforma y un tímido brillo aparece en sus ojos. Allí permanecen, entonces, por horas debatiendo y buscando analogías entre autores de todas las latitudes y épocas.
Pero un sinsabor empalaga su paladar cada amanecer al retornar a casa. Será, por caso, el sinsabor del fracaso; rotundo, atroz. Gaspar pudo, no una, no dos, sino millones de veces lograr algo, dar algún sentido a semejante existencia pasajera; pero siempre se quedó parado en el umbral, temeroso, débil, fabricando excusas. Ha tenido tanto miedo a arriesgar que nunca pudo, ni por poco, acercarse al éxito; convertir en algo que valgan la pena esas letras que se almacenan juntando polvo en infinitos cuadernos manuscritos. Tal vez es por eso que disfruta de la noche, que se siente cómodo entre las sombras; porque en escenario de cadáveres vivientes el fracaso se disimula mejor.
Mientras los años se apiñan en sus hombros y el tabaco en sus pulmones, mientras las noches se suceden inútilmente y los días se marchitan ignorados, mientras Gaspar silencia en mesas pétreas sus anhelos y la vida va dando paso al deterioro; todo comienza a denotar que en su afán de no equivocarse en las apuestas, se ha equivocado enormemente en permanecer con las fichas en las manos, fichas que comienzan a escabullirse por entre los dedos, desintegrándose mientras piensan en lo que pudieron ser y no fueron.
La obviedad señala que a veces sí es demasiado tarde para intentarlo, y sobre los cimientos de ese nuevo aprendizaje, Gaspar construye el principio del fin de una vida sin demasiadas anécdotas, una vida de noche, nublada por el humo, por el silencio, el fracaso y la soledad. Una vida prescindible de quién dejó sueños truncos debajo de un colchón de temores.Technorati Profile


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Simetrías.


Vagabundos reflejos se alojan sutilmente en el borde de la minúscula ventana; algunos se apoyan allí y mueren y otros se reflejan por doquier. Es una habitación hueca, como todas, pero esta carece de vida; lanzas fugaces e inmateriales la atraviesan, producto de los rayos de luz desviados, inquilinos de un afuera lejano, cruelmente partido, difícilmente recuperable. Allí la imaginación flota, por caso lo único que posee vida, lo único que aún crece con libertad. Todo lo demás es nada; vacío, inexistencia, abandono por apatía, presidiario del olvido. Es silencio, rutina, reproches, resignación, desánimo; es todo, y no es nada. Es bronca, muerte en vida. Es Ariel.
Ariel tiene cuarenta y cinco años, tal vez algunos inviernos más; pero tiene, por sobre todo, veinte años de vida y los restantes de condena. Esa celda de dos por tres, oscura, más pequeña cada día, ha sido su hogar más de la mitad de su vida. Fue condenado por un doble homicidio simple agravado por el vínculo, pero resulta inútil a esta altura pensar en eso, como tampoco tiene sentido recordar que Ariel es inocente del asesinato de sus padres. Es tan sólo un detalle ya, que pierde total valor con cada segundo que se vive detrás de las rejas.
Lo que jamás podrá borrar de su mente es la primera noche que pasó en este sitio, sin dudas la noche más eterna en un universo cargado de eternidades. Cuando la puerta de rejas se cerró a sus espaldas y las luces se apagaron, lo único que permaneció respirando fue el eco metálico de una libertad que se moría. Luego Ariel se sentó en la cama y entendió enseguida qué es la soledad. El silencio abrumador, en conjunción con el frío metafórico y literal que se desprende de esas paredes fue la combinación para el llanto más extenso, callado y reprimido que alguien puede tener. Le fue imposible a Ariel cerrar los ojos ese día, permaneció cada segundo de esa noche sentado, llorando, temiendo y rogando por que amanezca pronto.
Lo que no sabía Ariel es que cuando se está preso los amaneceres no existen, acaso porque siempre es un profundo ocaso, o peor; una oscura noche sin luna. Allí adentro se extrañan las cosas más simples, las más cotidianas y prescindibles, en apariencia, para cualquiera que no esté preso. Ariel, en los días que sale al patio, permanece por horas mirando el cielo de un azul hermoso, realmente hermoso. Y el sol. El sol. Fantástica perfección, increíble amo y señor de las alturas.
Ariel no intercambia palabras con nadie, todos lo respetan, él jamás buscó conflictos con otros y nadie piensa crearle problemas. Por un tiempo, los primeros años, algunos amigos lo visitaban; pero en el afuera el tiempo sigue corriendo desfasado con respecto al tiempo cargado de vida y muerte de la cárcel. Ariel no culpa a nadie por no seguir visitándolo, lo entiende, lo comprende y, por sobre todo, lo sufre. Al igual que sufre esos días de invierno, donde el frío penetra por cualquier sitio y lo envuelve, se apropia de todo, incluso de su alma; en esos días los cuerpos se convierten es estatuas bizarras, patética imagen del desamparo.
Pero ya ha pasado tanto tiempo, tantos días y años, que Ariel ha llegado a sentirse seguro dentro de esas paredes. Y esos muros que antes lo privaban de la libertad ahora lo protegen del exterior. Es ridículo incluso para él admitirlo, pero su vida y su libertad ya fueron robadas para siempre; ahora sólo queda ese cuerpo muerto cargado de tristeza. Cuerpo que extrañaría la cárcel si no la tuviera.
Su condena era de treinta años y han pasado poco más de veinticinco; pero por buena conducta, intachable de hecho, fue reducida. Esa es la peor noticia que Ariel podía recibir, sin dudas. Ahora Ariel se siente como un niño desprotegido, que teme salir al mundo, que teme cruzar la calle, y sabe que ya está viejo para aprender.
La noche previa a su liberación, su última noche, vaya metáfora, fue tan larga como aquella primera vez. Eterna entre eternidades. Hubo llantos, también, y demasiada desolación. Cuando era la hora, y aún no había amanecido, como nunca en estos años, tomó su pequeño bolso y acompañado por un guardia atravesó el pabellón. En el camino recogía felicitaciones de sus compañeros, felicitaciones que a Ariel le hacía recordar a esa primera caminata en sentido inverso llena de insultos. Eran distintas e iguales. Al atravesar el patio miró como siempre el azul glorioso del cielo y el sol; lágrimas caían por sus ojos. Atravesó la puerta, el guardia lo saludó y el enrejado se cerró tras sus espaldas, dándole vida sólo a un eco metálico y muerto.
Ariel es libre sólo en un sentido de la palabra, que en este caso semeja a una condena. Porque él sabe que lo que la cárcel te quita, el exterior no lo devuelve. Ahora irá a visitar la tumba de sus padres, el único deseo que lo mantuvo respirando. Luego, habrá tiempo para considerar el suicidio como fin de la agonía. Como el fin de las simetrías.

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El triste escultor de mentiras.


Hernán ha sido un gran jugador de fútbol que por culpa de una lesión severa ha visto el retiro antes que la fama; luego fue empresario, donde hizo fortunas; se ha acostado con las mujeres más bellas y ha recorrido cada rincón del mundo. Dice conocer Europa como la palma de su mano, cuenta que la Torre Eiffel no logró impactarlo tanto como las bellezas naturales de Tailandia. Cuenta que en su viaje de vuelta conoció a un sujeto relacionado con el mundo del arte, que se asociaron y fueron reyes en tierra de reyes. Hernán ha sido todo, pero lo que ha hecho mejor es mentir; mentir cada día de su vida.
Todas las tardes, desde hace veinticinco años, Hernán se sienta en mesa estratégicamente ubicada en el medio de café irlandés céntrico y allí, en soledad, con su café a medio tomar, alza sus orejas y comienza a escuchar atentamente conversaciones ajenas. Cada día recopila datos, historias, anécdotas y sentimientos que no le pertenecen. Luego se junta a jugar al póquer con los amigos y comienza a desparramar su repertorio de nuevas vivencias nunca antes vividas. Y lo hace con pasión; sus amigos lo conocen y saben que tres de cada dos palabras que dice son mentiras, pero nunca se lo dijeron, temen que deje de contarlas; porque sienten placer escuchándolo. Y es así porque Hernán se apropia del personaje de turno, se ubica con maestría en espacio y tiempo y, mientras relata, se zambulle en el escenario de su personaje y siente y sufre con increíble sinceridad sus penurias o desventuras, mientras su imaginación va y viene agregándole adornos barrocos a la anécdota que nunca jamás volverá a repetirse.
Él nunca toma conciencia que está mintiendo, sino que ha aprendido a habitar en vidas prestadas o robadas, cazadas al pasar, adueñadas con imaginación sorprendente. Y la realidad deja de ser absoluta cuando entra en su mente, todo cobra relatividad y los recuerdos se entremezclan con los inventos. No podría diferenciar bien hoy uno de otro, porque además de no querer hacerlo le sería realmente imposible lograrlo.
Hasta sus amigos olvidan, de vez en cuando, la historia real de Hernán. Según recuerdan nació en pueblo chico en el interior del interior del país. Allí donde ni la radio llegaba. Se mudó a la ciudad, creen que por trabajo, o siguiendo a una mujer. Allí se asentó, y trabajó un poco en todo, la mitad de esos trabajos jamás existieron o incluso puede pasar que aún no hayan sido inventados; como el que hizo, según ha contado, rediseñando esculturas públicas para adecuarlas en el tiempo; un día, contó, a una réplica de El David, allá por épocas del proceso, le ordenaron taparle sus partes íntimas; todos esperaban que le colocara la típica hoja que se sostiene por arte de magia, pero el fue más allá, hizo un rediseño general y lo vistió de pies a cabeza, dejando al descubierto su torso, único sector donde la anatomía le salió realmente perfecta al artista; según Hernán.
Hernán superó los cincuenta y tantos años llevándolos muy bien, es una persona sana, bastante apuesto que porta con orgullo su calvicie prolijamente desordenada. No tiene dificultades para ser un buen tipo, y lo que mejor le sale es levantarle el ánimo hasta al suicida más decidido. Ha sabido sembrar y cultivar enorme cultura en historia y geografía, materias que le permiten cosechar datos para convertir sus mentiras en verosímiles narraciones en primera persona. Tal vez nunca haya sido amado, pero nunca pareció importarle; Hernán es de las personas que están dispuestos a dar todo sin recibir nada a cambio. Sus amigos se han beneficiado enormemente con su infinita generosidad. Y Hernán, siempre con una sonrisa en su cara, se ha sentido muy feliz por eso.
Todos sabían que Hernán mentía, todos menos él mismo. La semana pasada al despertar por la mañana no encontró el castillo que con los años había construido, ni las sábanas de algodón egipcio; en vez de eso se encontró solo, en una cama de una plaza, de hierro y sin restauración, acostado sobre sábanas de algodón, ordinarias y gastadas. Se encontró en habitación claustrofóbica, con manchas de humedad, pintura resquebrajada y realidad abominable. Ese día no apareció en el café irlandés, tampoco fue a jugar póquer a la noche. Algunos, que se hacen llamar amigos, lo imaginaron muerto, suicidado, colgado de un árbol, y continuaron jugando cartas como si nada hubiera pasado.
Hernán, porque no era su estilo, no buscó la muerte. Tomó una valija, recogió sus pocas ropas y con una sonrisa emprendió viaje al interior del interior del país. Allí donde aún no llega la Internet. Esta vez construye una vida sin soledad y sin mentiras. El año próximo va a casarse, aunque están grandes para ser papás, piensan adoptar.

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