Las llaves que no se usan.

Miró su mano y encontró un enorme manojo de llaves. Estaba quieto, parado en el pasillo. Tendría entre veinte y treinta y cinco años, y un rostro bastante ordinario. El pasillo, que se prolongaba delante suyo, parecía tener varios kilómetros de largo. Él permanecía estático, observando hacia delante, pero sin poder moverse de su sitio.
Por un momento sintió calor y eso lo llenó de incomodidad. Empezó a caminar, porque no le quedaba otra que hacerlo. El túnel era blanco, aséptico; con una luz cada cinco o seis metros que dibujaba un círculo de claridad en el piso. No había señales de haberse transitado antes. Ni huellas, ni raspones en las paredes, ni ningún tipo de mancha. Parecía virgen, absolutamente nuevo.
Después de caminar durante bastantes horas - o años, ya que no había manera de saberlo- se sintió cansado y se detuvo. Por un instante lo invadió la curiosidad y observó hacia atrás para descubrir, con sorpresa, que todas las luces se habían apagado. La oscuridad y la total penumbra habían invadido su espalda. Entonces se percató de que no podría regresar.
Volvió la mirada al frente y continuó con su marcha. Comenzó a parecerle que adelante había una claridad inusual que rompía con el paisaje monocorde anterior. Empujado por un entusiasmo incipiente, apuró su paso y se llenó de una tímida esperanza. Al cabo de un rato de rápida caminata, era evidente que adelante había algo: parecía que el pasillo desembocaba en un enorme salón.
Llegó al final transpirado y agitado. Notó que había subestimado la distancia que lo alejaba de allí, sin embargo no le importó; estaba demasiado concentrado mirando ese nuevo sitio donde se encontraba. El salón era enorme, increíblemente majestuoso y hasta desproporcionado respecto al tamaño de cualquier persona. Era rectangular, de quinientos metros de ancho aproximadamente y unos dos o tres kilómetros de largo.
Pero lo que más lo sorprendió no fue su tamaño, sino la cantidad de gente que lo transitaba. Miles, tal vez millones de personas salían por pasillos individuales, como el suyo, ubicados en uno de los lados del enorme rectángulo y se dirigían hacia el lado opuesto, que también estaba lleno de puertas. Dedujo que, posiblemente, los pasillos individuales corrían paralelos al suyo y desembocaban todos allí, en el salón majestuoso.
Permaneció varios minutos observando todo a su alrededor. Algunas personas hablaban entre sí, se preguntaban cosas y señalaban rumbos. Pudo notar, incluso, que pese a haber infinidad de puertas en el lado opuesto del salón, todos optaban por la misma, la que estaba en el centro y más iluminada. En esa puerta se había formado una fila porque entraban de a uno: una persona pasaba abriendo con una llave y al pasar cerraba la puerta detrás de sí, luego quién lo seguía en la fila, usaba su propia llave para entrar.
Si antes había notado que en su pasillo todo parecía nuevo y sin marcas de haberse transitado antes, también se percató de las grandes diferencias del salón enorme. Allí sí había señales y carteles apuntando a la puerta central y, además, el piso de mármol blanco estaba marcado por el desgaste que ocasionaban los pasos incesantes de muchedumbres; y todas las marcas llevaban a esa misma puerta.
Caminó por el salón y se sintió diminuto ante la majestuosidad de ese lugar y debió detenerse. En ese momento alguien se le acercó.
- Perdón, ¿Hay que ir hacia allá, verdad?- le preguntó un sujeto señalando la puerta a la que todos se dirigían.
- No lo sé, acabo de llegar.
-Sí, como todos.- Dijo el sujeto un poco malhumorado.
Enseguida otro, que había estado escuchando, se acercó.
- Sí, sí, hay que ir hacia esa puerta. Deben tener la llave.
- Tengo un manojo de llaves enorme -dijo el sujeto malhumorado mirando su mano-, ¿cuál es?
- La única que está pintada.- Le contestó rápidamente este otro, que parecía tener más claro todo. Y ambos se fueron caminando hacia la puerta señalada.
Sacó su propio manojo de llaves y lo observó con atención. Efectivamente había una sola llave pintada, y todas las demás estaban numeradas sobre el bronce desnudo. Caminó, con algo de resignación hacia la extensa fila de personas que se apiñaban para poder ingresar a la tan mentada puerta. El ingreso no era lento, pero la enorme cantidad de personas le anticipaba que la espera iba a ser larga, y eso lo cargó de un fastidio impaciente.
-Una pregunta –le dijo a quién tenía por delante-: ¿Para qué sirven las otras llaves?
- Para las demás puertas.
- ¿Pero se pueden usar? Le pregunto porque nadie las utiliza.
- Sí, creería que sí. Fíjese que cada llave tiene un número y las puertas también. Pero todos usan la que está aquí y los carteles además la señalan.
- Sí, claro –dijo algo contrariado-. Sin embargo tenemos un montón de llaves a nuestra disposición. Deberíamos poder elegir, ¿verdad?
- Eso supongo, pero si todos usan esta por algo será. ¿Para qué arriesgarse?
Pensó que tenía sentido lo que le decía y guardó silencio a la espera de su turno para ingresar. Mientras tanto se detuvo a observar y analizar. Notó que nadie salía por la puerta, lo que indicaba que seguramente era la puerta correcta y nadie se arrepentía de utilizarla. Eso lo tranquilizó.
Mientras las horas se sucedían y la fila de personas avanzaba lentamente, su optimismo cambió. Comenzó a pensar que nadie regresaba porque una vez que se atravesaba la puerta no se podía volver. Por lo tanto, nada le aseguraba que esa fuera la entrada correcta, y lo inundó el temor de arrepentirse luego de utilizarla. Miró el resto de las puertas que seguían sin ser usadas, y le tocó el hombro al sujeto de adelante.
- ¿Le molestaría cuidarme el lugar en la fila mientras voy a investigar un poco?
- Se lo guardo, no se preocupe. Vaya, vaya.
Le hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza y se alejó de la fila para acercarse a las demás puertas. Caminó varios metros. Se acercaba a una e intentaba oír si se escuchaba algo detrás. Pero el silencio era la única respuesta. Miró el manojo de llaves y dudó. Se dijo a sí mismo que no tenía sentido tener múltiples opciones y elegir aquello que todos hacían. Sin embargo, se convenció de que era una estupidez arriesgarse. Todo señalaba que la puerta que debía tomar era aquella a la que se dirigían todos. Si se equivocaba, pensó, por lo menos no estaría solo en la equivocación.
Cuando volvió a su lugar, la fila ya había avanzado bastante y la puerta estaba a pocos metros. Del manojo, tomo la llave pintada y se dispuso a esperar. Estaba conforme, aunque aún dubitativo y no muy feliz. Pero conforme. Y eso era bastante.
Cuando llegó su turno metió la llave en la cerradura y notó que la mano le temblaba. Pensó que aún podía investigar más el resto de las puertas, que no tenía por qué entrar en ese momento. Pero alguien que estaba detrás lo apuró y se resignó. Algo dentro suyo le decía que no, pero volvió a convencerse: aunque no sintiera felicidad, estaba conforme y eso alcanzaba. Giró la llave e ingresó.
Cuando la puerta se cerró detrás suyo supo que no podría volver. En ese momento algo en su interior se hizo añicos. Pero lo ignoró, era demasiado tarde para los arrepentimientos. Miró hacia delante y caminó con la cabeza gacha detrás de todos los demás.

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7 Comments:

  1. kurtosis said...
    De qué sirve encontrar la puerta si no se tiene la llave para abrirla. El dueño enseguida se da cuenta de cuál es la puerta que esta llave debe abrir.

    Atte.
    Kurtosis.
    Anónimo said...
    Te das cuenta?... del otro lado las cosas funcionan igual que de este lado. Tal vez si hubiese probado otra llave, ahora estaría nuevamente de este lado.El que no arriesga no gana, y él pobre no tuvo el valor de arriesgarse.
    Como siempre, fascinante.

    liliana
    Patricia said...
    Realmente sublime... una vez mas sin palabras
    Angel.de.aMur said...
    esa es una realidad que se vive , pues muchas personas elegin seguir a otras , y les da miedo seguir su corazón o sus pensamientos y ser alguien propio , en cambio se opta por seguir lo conocido que no tanto miedo , pero porque no arriesgarse hacia otra puerta y descubrir que ahi en ella ??


    espectacular el escrito .

    saluditos a todos :)
    fer said...
    yo pruebo muchas veces. Es preferible arrepentirse de las cosas que hiciste que de las cosas que no hiciste.
    Anitaa said...
    Me decidí.

    Voy a estudiar la carrera que amo y no la que los otros quieran o la que más beneficio económico me de.

    Gracias Emmanuel por este texto, gracias.
    mauricio said...
    Esta lectura me pareció algo misteriosa que me mantenía en suspenso pues pensaba que es lo que pasara a donde lo llevara ese pasadizo, hasta que leí que debían escoger una puerta y abrirla con una de sus llaves.
    esta lectura es buena ya que haces uso de un lenguaje literario que embellece la lectura y hace imaginarnos más o menos como es ese lugar en el que se encuentra el personaje, aparte haces uso de figuras literarias como la hipérbole, paradoja y epíteto en varias ocasiones el género literario de la lectura era épico pero pienso que falto un poco mas de desenlace ya que termino muy simple para eso creo que debías haber mantenido un poco más el clímax para que así el desenlace fuera más interesante pues la historia que estabas contando tenía una buena idea principal y con esto una buena historia.

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